(Tomado de Courrier International. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Cuando los vegetales se lanzaron a la conquista de nuestro planeta, hace 450 millones de años, elevarse por encima del suelo era una verdadera hazaña para organismos que, hasta entonces, habían evolucionado bajo el agua. Y las primeras plantas que colonizaron la tierra firme eran minúsculas. Sin embargo, se han encontrado fósiles gigantes, que parecen enormes troncos, en rocas de entre 375 y 420 millones de años de antigüedad. El más grande de estos vestigios mide más de ocho metros de largo por un metro de diámetro, y presenta marcas semejantes a los anillos de los árboles modernos.
Pero, ¿de qué se trata exactamente? La primera persona que estudió los fósiles, el geólogo canadiense William Dawson, los consideraba como los vestigios de las primeras coníferas –de donde se deriva el nombre que les dio en 1859, de Prototaxitas. Error, pretendió, diez años más tarde, el botánico inglés William Carruthers, quien subrayó que los tejidos constitutivos de esos fósiles no tenían nada que ver con los de los árboles. Haciendo caso omiso de todas las pruebas en favor de su existencia terrestre, Carruthers proclamó entonces que esos organismos eran enormes algas –algas marinas en alguna forma. Después, durante más de un siglo, se conservó ese statu quo.
Sin nada nuevo que se haya presentado para aclarar la naturaleza de esos fósiles, “nos obsesionan desde hace más de cien años”, constata Patricia Gensel, paleobotánica de la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill. Empero, desde hace algunas décadas, dichos fósiles han sido objeto de numerosos estudios en los que se expresan ideas innovadoras.
Los investigadores no se ponen de acuerdo
En la década de 1960, Francis M. Hueber, paleobotánico del Instituto Smithsoniano en Washington, retomó el desafío. Fascinado por las Prototaxitas, empezó a recorrer el globo para analizarlas. “Yo estaba decidido a tratar de comprender de qué se trataba”, reporta ahora, ya retirado.
Como los fósiles constaban de tres clases de tubos, semejantes a los de los moderrnos champiñones, Hueber llegó a la conclusión de que las estructuras en forma de registro eran organimos esporóforos. Dicho de otra manera, eran champiñones gigantes. Terminó por publicar sus descubrimientos en 2001.
En apoyo de su teoría, se ha comprobado la existencia de champiñones gigantes. De hecho, el más grande organismo viviente hoy en día sería un champiñon (uno solo y el mismo hongo gigante que se extiende sobre una superficie de casi 900 hectáreas en un bosque de Oregon, y que ataca las raíces de los árboles. Y aunque los organismos esporóforos son a menudo efímeros y de talla pequeña, hay también algunos que no dejan de crecer año tras año. En cuanto al agarikon (también llamado en español políporo medicinal), crece en los troncos de los árboles), forma conchas que tienen la dureza de la madera y pueden alcanzar un metro de longitud. Pese a todo, los biólogos se han preguntado cómo es posible que un champiñón tan grande como la Prototaxitas haya podido encontrar suficientes nutrimentos para vivir, siendo como es más grande que ningún otro vegetal terrestre. Hay otra dificultad: Hueber no ha llegado a identificar esporas o estructuras reproductivas bien definidas.
Ahora bien, ¿por qúe un champiñón habría de alcanzar tales dimensiones?, se pregunta Marc-André Selosse, micólogo de la Universidad Montpellier 2, en Francia. En 2002, sugirió que la Prototaxitas era más bien un liquen, un champiñón que daba abrigo a determinadas algas simbióticas, las cuales habrían alcanzado enorme crecimiento por causa de los vegetales primitivos, pero habrían sido eliminadas por el crecimiento de los árboles.
LINDA GRAHAM
El año pasado, Linda Graham, botánica de la Universidad de Wisconsin-Madison lanzó una idea todavía más radical. Ella sabe que los marchantiales (plantas primitivas, parientes del musgo), son capaces de formar inmensas capas dotadas de estructuras tubulares, los rizodesles rizoides, filamentos que aseguran la fijación y la cohesión del conjunto. Puede ser, se ha dicho ella, que estos tapetes de marchantiales hayan sido, en ocasiones, arrancados al suelo o a la roca y se hayan enrollado por la acción del viento, del agua o de la gravedad.
Pero protesta Kevin Boyce, paleontóloga de la Universidad de Chicago: “Ningún medio que se pueda uno imaginar podría formar tales rollos. Cuando el viento se lleva una tienda o un mantel, no forma un bonito tubo, sino un feo montón”.
Para poner a prueba su idea, Linda Graham ha dejado tapices de marchantiales secarse y descomponerse; después los ha enrollado en cilindros, algunos del tamaño de un cigarro, otros del tamaño de rollos de papel secante. Y –dice ella- los rizoides de los marchantiales acaban por parecerse a los tubos encontrados en los fósiles de Prototaxitas. Pero el enrollamiento genera espirales –reclama Boyce- en tanto que los fósiles de Prototaxitas presentan círculos concéntricos. Y ciertos especímenes están dotados de estructuras radiales que difícilmente se explicarían por la teoría del enrollamiento.
A manera de respuesta, Graham y sus colegas recuerdan la existencia de un espécimen de Prototaxitas que no parece concéntrico y que presenta estructuras que parecen círculos superpuestos, lo que podría ser un vestigio de espiral desigual.
Sin embargo, Boyce y sus colegas no se lo tragan. Para ellos, la firma isotópica (las tasas de carbono 14 y 13, presentes en la composición química de los fósiles, habla en favor de los champiñones. En 2007, Boyce y sus colegas escribieron que los especímenes de Prototaxitas de un mismo lugar mostraron grandes variaciones en sus firmas isotópicas, contrariamente a lo que se produce en las plantas; y, a principio de año, Boyce mostró que un champiñón moderno (que se nutre especialmente de microbios) presentaba variaciones igualmente importantes.
Sin embargo, Linda Graham estima que estos resultados no nulifican su hipótesis, ya que los marchantiales pueden procurarse sus azúcares en el medio ambiente, así como por medio de la fotosíntesis, y porque los champiñones y las cianobacterias se pueden mezclar con los marchantiales. Estos dos factores podrían acarrear variaciones en las cantidades de isótopos medidos.
Y si Graham no ha podido convencer a sus pares, la teoría de los champiñones tampoco carece de fallas. “En mi opinión, ninguna de las hipótesis es totalmente convincente”, reconoce la paleobotánica Patricia Gensel. Tal vez habrá necesidad de otros descubrimientos para resolver el enigma.
La investigación continúa
En 2008, la paleobotánica Dianne Edwards y sus colegas de la Universidad de Cardiff, en el Reino Unido, anunciaron haber obtenido moldes de estructuras de gran tamaño, parecidas a raíces, que se remontan al mismo período que las prototaxitas. Si se llegara a demostrar que pertenecen a estas últimas, se vería reforzada la hipótesis del champiñón, asegura Edwards. Desgraciadamente, hasta la fecha no se ha descubierto ningún fósil con una corona y un pie claramente identificables, y casi todos han sido transportados fuera de su hábitat original.
Según Hueber, algunos podrían haber sido preservados in situ por una erupción volcánica que habría sepultado todo bajo las cenizas, tal vez en algún lugar de Nuevo Brunswick, en Canadá. Gensel prevé analizar otros especímenes en Maine y en Canadá, en los próximos años, pero se muestra paesimista en cuanto a la posibilidad de encontrarlos en la posición de su presumido crecimiento.
Graham, por su parte, tiene la esperanza de encontrar tapices de marchantiales modernos, en regiones aisladas y barridas por los vientos.
Una cosa es segura: nadie tiene la intención de bajar los brazos. “Ese fósil realmente existe, concluye Boyce, y debe corresponder a alguna cosa”.
