Sin autor conocido
El primer día de clase en la universidad el maestro que nos dio la bienvenida, se presentó y nos pidió que procuráramos caminar por los patios, los corredores o la cafetería y tratásemos de conocer a alguien y hacer una nueva amistad.
Apenas iba a salir del salón, estaba recogiendo una libreta y todavía no me incorporaba del todo, cuando sentí una mano que me tocó suavemente el hombro.
Me di la vuelta y me encontré con una viejecita arrugada cuya sonrisa le alumbraba todo su ser.
-¡Hola buen mozo, me llamo Rosa. Tengo casi ochenta! ¿Te puedo dar un abrazo?
-Me reí y le contesté con entusiasmo: ¡Claro, claro que puede!, -ella me dio un abrazo muy fuerte.
Repuesto de la sorpresa decidí seguirle el juego, así que le dije: Oiga doña Rosa, ¿Por qué está usted en la universidad a una edad tan temprana, tan inocente?
Riéndose, contestó: “Estoy aquí para encontrar un marido rico, tener unos dos hijos,… luego jubilarme y viajar”.
-“Se lo digo en serio”, -le dije. Quería saber que le había motivado a enfrentar este desafío a su edad.
– “Siempre soñé con tener una educación universitaria y ahora la voy a tener”, -me dijo.
Después de clases caminamos hacia la cafetería de la Facultad y compartimos un refresco y unas donas de chocolate. Nos hicimos amigos enseguida. Todos los días durante los tres meses siguientes salíamos juntos de la clase y hablábamos sin parar. Me fascinaba escuchar a esa “máquina del tiempo”. Ella compartía su sabiduría y experiencia conmigo.
Durante ese año, Rosa se hizo muy popular en la universidad; hacía amistades a donde iba. Le encantaba vestirse juvenil, sin caer en exageraciones y se deleitaba con la atención que recibía de los demás estudiantes. Se la estaba pasando de maravilla. Al terminar el semestre invitamos a Rosa para que hablara en el banquete que ofrecíamos al flamante equipo de fútbol americano que recién había conquistado el campeonato interior de la universidad.
No olvidaré nunca lo que ella nos enseñó en esa ocasión. Luego de ser presentada, subió al podio. Cuando comenzó a pronunciar su discurso, se le cayeron al suelo las tarjetas de sus apuntes. Pero ni crean que se inmutó, ni se frustró ni se avergonzó. Sólo se inclinó sobre el micrófono y dijo con su simpatía natural: “Disculpen que esté nerviosa. Dejé de tomar cerveza por cuaresma y ¡este whisky me está matando!” “Además desde que me hice novia de ese alemán degenerado Alzheimer, francamente ando como loca”. “No voy a poder poner de nuevo mi discurso en orden, así que permítanme simplemente decirles lo que sé”.
Mientras nos reíamos, ella se aclaró la garganta y comenzó:
-“No dejamos de jugar porque estemos viejos; nos ponemos viejos porque dejamos de jugar.”
-Hay sólo dos secretos para mantenerse joven, ser feliz y triunfar: 1) Tenemos que reír y encontrar el buen humor todos los días. 2) Debemos tener un ideal. Cuando perdemos de vista nuestro ideal comenzamos a morir. ¡Hay tantas personas caminando por ahí, que están muertas y ni siquiera lo saben! Hay una gran diferencia entre ponerse viejo y madurar.
Si ustedes tienen diecinueve años y se quedan en la cama un año entero sin hacer nada productivo se convertirán en personas de veinte años. Si yo tengo casi ochenta años y me quedo en la cama por un año sin hacer nada, tendré un año más. Todos podemos envejecer. No se requiere talento ni habilidad para ello. ¡Lo importante es madurar!
Yo no me arrepiento de nada. Los viejos generalmente no nos arrepentimos de lo que hicimos sino de lo que no hicimos. Los únicos que temen la muerte son los que tienen remordimientos y Yo no tengo ninguno.
Terminó su discurso cantando. Nos pidió que estudiáramos la letra de la canción y la pusiéramos en práctica en nuestra vida diaria.
Rosa terminó sus estudios. Una semana después de la graduación Rosa murió tranquilamente mientras dormía. Más de dos mil estudiantes universitarios asistieron a su funeral para rendir tributo a la maravillosa mujer que les enseñó con su ejemplo que nunca es demasiado tarde para llegar a ser todo lo que se puede ser. Aprendimos claramente que “Envejecer es obligatorio; madurar es opcional”
