Marisela Pando Moreno (mapando@fcf.uanl.mx),
Enrique Jurado Ybarra (ejurado@fcf.uanl.mx)
El crecimiento de la población humana, el aumento de sus necesidades y la evolución de las actividades realizadas, han desencadenado un aumento en la presión sobre los recursos naturales. El creciente cambio de uso de suelo -ya sea para el desarrollo de actividades agrícolas o ganaderas- el empleo de agroquímicos en la producción de alimentos, la tala de la vegetación natural, la contaminación de los cuerpos de agua y muchas otras son, hoy en día, prácticas comunes. Muchas veces, esta situación trae consigo la degradación de los ecosistemas, los cuales se ven fragmentados y su existencia amenazada.
Si bien cualquier actividad humana genera cambios en el ambiente, es difícil decidir en qué situaciones sería más apropiado hablar de “modificaciones” y en cuáles de “degradación”, ya que es indispensable reconocer los beneficios resultantes de la transformación de los ecosistemas para las sociedades humanas. Sin embargo, cuando estas modificaciones van asociadas a modelos de producción no sustentables, terminan por generar desertificación.
El tema de la desertificación ha estado entre los principales puntos en la agenda internacional sobre asuntos ambientales desde los años setenta. Aún cuando el término desertificación había sido utilizado desde 1949, no fue sino hasta después de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desertificación, realizada en 1977, que su uso se extendió ampliamente y entró a formar parte del discurso de científicos y políticos, especialmente en países donde las consecuencias de este proceso de degradación han sido más funestas.
A pesar de la historia controversial que el término “desertificación” ha tenido, existe consenso en que éste incluye una serie de procesos que conducen al empobrecimiento de los suelos y la vegetación, tales como la erosión o la pérdida de fertilidad del suelo. La mayoría de los autores consideran el término “desertificación” como un sinónimo de “degradación de tierras” y lo definen como la destrucción del potencial biológico de los recursos naturales, debido a su uso inadecuado, lo cual trae como consecuencia procesos degenerativos de las condiciones físicas, biológicas, económicas y sociales de los habitantes del área y sus alrededores; o bien cuando existe una reducción, pérdida o cambio en las características o en los organismos, los cuales ya no pueden ser reemplazados.
La desertificación no es la conversión de ecosistemas en desiertos, los cuales son generalmente muy diversos y poseen su propia y compleja dinámica ecológica. La desertificación es la transformación de un ecosistema en un sistema menos productivo, donde las propiedades del suelo se ven afectadas negativamente y la vegetación se ve empobrecida.
Generalmente, los periodos de sequía actúan como detonantes de la desertificación y atraen la atención internacional, pero son las actividades humanas las causas de origen. El sobrepastoreo, producto de una ganadería mal planificada, ocasiona la compactación del suelo debido al constante pisoteo de los animales; esto, aunado a la disminución de la vegetación por el ramoneo excesivo, reduce la capacidad de infiltración del agua en el suelo y favorecen la erosión. La agricultura intensiva que extrae los nutrientes del suelo y, en muchas ocasiones, se realiza en terrenos con drenaje deficiente o con aguas de mala calidad, conduce no sólo a la pérdida de la fertilidad de las tierras, sino también a su salinización. La tala de árboles sin un manejo apropiado, deja el suelo desnudo y expuesto a la erosión del viento y las lluvias. Detrás de estas actividades, existen causas de índole social y económica, como la incertidumbre en el usufructo de las tierras, la migración y políticas gubernamentales, que propician el aprovechamiento no-sustentable de los recursos, en la búsqueda de utilidades en el corto plazo.
Los efectos de la desertificación han alcanzado el 70% de todas las tierras secas, equivalente a 3,600 millones de hectáreas, y a la cuarta parte de la superficie total de tierras del mundo. El nivel de vida de más de mil millones de personas, en más de 100 países, se encuentra afectado por este fenómeno, toda vez que las tierras agrícolas y de pastoreo se vuelven menos productivas.
Las cifras presentadas en el Plan de Acción para combatir la desertificación en México (CONAZA-SEDESOL, 1994) ubican al estado de Nuevo León entre los diez estados más afectados por la erosión hídrica, la cual es considerada el principal proceso de deterioro en México, afectando el 85% de la superficie terrestre del país. Sin embargo, la erosión hídrica no es el único tipo de desertificación que enfrenta el estado de Nuevo León; en él se presentan áreas con procesos acelerados de salinización, reducción en la fertilidad de los suelos, compactación y, en menor escala, procesos de erosión eólica.
La presencia y magnitud de estos procesos debe ser preocupación de todos, ya que nadie escapamos, en mayor o menor medida, de las consecuencias de esta degradación. La desertificación no es un problema exclusivo de las áreas rurales; en muchas ocasiones, el origen de ésta es precisamente en las grandes ciudades que deben encontrar satisfactores a sus crecientes necesidades. Así, la construcción de una presa para satisfacer la demanda de agua de una ciudad, puede originar procesos de desertificación a cientos de kilómetros de distancia del área urbana.
En México, entre los años de 1973-1993 las áreas dedicadas a actividades agropecuarias tuvieron un incremento de 6’281,000 hectáreas, haciendo evidente la necesidad de frenar el cambio de uso de suelo por expansión de la agricultura y ganadería.
Los pastizales del noreste de México enfrentan una rápida transformación a terrenos de agricultura de riego, lo que constituye una gran amenaza a estos ecosistemas. Este tipo de aprovechamiento resulta ecológica y económicamente insostenible a mediano o largo plazo, debido, parcialmente, a que las áreas agrícolas son irrigadas con aguas altamente mineralizadas, lo que conlleva a la salinización o sodificación del suelo después de unos pocos años de producción. La degradación del suelo tras varios años de agricultura es tan severa que hace casi imposible la restauración de estas áreas como hábitat de pastizal saludable.
Ante la problemática de escasez de agua, es cada vez más frecuente su extracción de los mantos freáticos a mayor profundidad para uso agrícola, incrementando los gastos operacionales de extracción, además de aumentar la incidencia de sales y otros elementos contaminantes que la clasifican como de baja calidad para la actividad agrícola.
La sobreexplotación de los mantos acuíferos es un serio problema en México, ya que de los 653 acuíferos en que está dividido el país, 104 estaban sobreexplotados en el 2006, lo que ha traído implicaciones, no sólo en la disponibilidad, sino en la calidad del agua, debido al aumento en la concentración de sales.
Una de las regiones de Nuevo León, que ha sufrido intensas modificaciones en sus ecosistemas, es la Región del Tokio, en el municipio de Galeana. Esta región que se caracteriza por albergar diversas especies de fauna endémicas y en peligro de extinción, también se utiliza para la producción de cultivos de alto valor económico. Desafortunadamente, esta producción intensiva, ha implicado el desmonte y, por lo tanto, la pérdida de extensas superficies de pastizales que eran el hábitat para muchas especies de plantas y animales únicas de la región.
Los pastizales de estas áreas son considerados como un corredor importante para aves migratorias que se encuentran catalogadas en estatus de conservación, tales como el Águila Real (Aquila chrysaetos) y el Aguililla Real (Buteo regalis), además de ser un área de descanso para la Mariposa Monarca (Danaus plexipus) y el hábitat de una especie endémica clave de estos pastizales, que es el perrito llanero mexicano (Cynomys mexicanus).
De acuerdo con la CONABIO, la Región Terrestre Prioritaria (RTP) “El Tokio” es considerada como un área de alto valor de conservación, debido a la concentración de especies en riesgo (zorra del desierto, tlalcoyote y algunas plantas) y a la presión sobre especies clave (perritos de las praderas).
Entre las amenazas que enfrentan los ecosistemas de dicha región están: la conversión a agricultura, la explotación de los mantos subterráneos de agua y el uso intensivo de agroquímicos, siendo la primera, la principal amenaza para la biodiversidad del sitio, ya que cuando un área ha sido convertida a la agricultura, la recuperación de la misma es lenta. Aunado a lo anterior, el cultivo de papa, que es el más intensivo en la región, presenta la necesidad de rotación, promoviendo los desmontes y el cambio a nuevas tierras después de cuatro a cinco años de uso, dejando las áreas abandonadas con efectos residuales duraderos de plaguicidas, plagas resistentes y con problemas de salinidad y acumulación de sodio.
El cultivo de papa se introdujo en el ejido “El Tokio” en el año de 1973, con el posterior incremento de la superficie dedicada a este cultivo desde principios de los 80’s. Poco a poco la agricultura tecnificada y de grandes dimensiones se abrió paso sobre el cultivo diversificado de grano (maíz, frijol, trigo, avena, etc.) y de alfalfa para forraje. Se considera que la agricultura practicada en esta área pudiera ser uno de los factores principales de deterioro del altiplano mexicano, debido no solo a la extensa superficie abierta cada año a la agricultura, sino a la gran cantidad de agroquímicos que se utiliza en la región para el cultivo de la papa.
Si bien existen algunos agroquímicos que son relativamente inertes e inofensivos, otros son biológicamente dañinos aún en pequeñas concentraciones. Cuando estos se encuentran dentro del suelo inhiben o matan a organismos del suelo, afectando negativamente el balance de la comunidad. Otras sustancias químicas son transportadas del suelo al aire, agua o vegetación, donde pueden entrar en contacto, ser inhaladas o ingeridas por muchos organismos, incluyendo al ser humano.
Así, los efectos acumulados en el uso del suelo han provocado su degradación. Debido a la falta de cambios en las estrategias de conservación que debieran dirigirse hacia un manejo sustentable, se promueve la pérdida de un ecosistema único en el norte de México y las especies que de él dependen. Es necesario detener y revertir estos procesos. La conservación requiere de alianzas entre conservacionistas, dueños de las tierras y manejadores de los recursos naturales. En coordinación estrecha con los propietarios de las tierras, se deberá definir la manera de realizar una agricultura sustentable, así como llevar a cabo la conservación de los ecosistemas y restaurar áreas degradadas e improductivas.
