Indira Kempis
Hay días en que la seguridad de la ciudad se pierde en la percepción que tiene la ciudadanía respecto al tema. En ocasiones, como consecuencia de la información que se transmite en los medios de comunicación. Parece que la influencia de la “nota roja” es capaz de incidir estados de ánimo o reacciones frente a la violencia y la delincuencia. De tal forma que cuando hay noticias escandalosas la gente se percibe más vulnerable frente al crimen, en caso contrario, disminuye su atención ante los sucesos violentos.
Lo anterior trae a la par otros estados de ánimo que permean en las actitudes de las personas frente al problema de inseguridad que enfrentamos. Entonces nos encontramos diferentes tipos de reacciones sociales. Desde aquellos que ante el panorama se cuestionan sobre la vida pública, los que desde sus trabajos o familias comienzan a involucrarse cada vez más, hasta los que son indiferentes o, incluso, afirman que la situación no está tan delimitada por estas cuestiones delictivas.
Cada percepción es única y, como vivimos en sociedad, se comparte con los que viven en vecindad con nosotros u otros grupos de interés. Es interesante descubrir en esas percepciones compartidas cierto grado de hartazgo, confrontación o evasión, pero hartazgo. Quizá en cierta medida también porque nos vemos a nosotros mismos en desventaja ante el abuso de poder de las autoridades, la ineficacia de las instituciones públicas, la violencia exacerbada demostrada por la delincuencia organizada y otros factores de riesgo más.
Es altamente probable que coincidamos con un vacío emocional en el que se nos escapa la esperanza, la confianza, la credibilidad en que una ciudad diferente o que solucione estos problemas es, prácticamente, imposible. El desánimo se ha convertido en argumento para tomar casi cualquier decisión de nuestro involucramiento como ciudadanos en los asuntos públicos.
Cuestionarnos con precisión sobre estas sensaciones será indispensable para entender los diversos procesos en los que hemos entrado como ciudad. Saber hacer las conexiones que permitan visualizar que no vamos solos desde cada lugar para comprender esta dinámica o saber qué hacer. Tenemos que hacer un esfuerzo (quizá sobreesfuerzo) para asimilar los eventos que han fracturado la cohesión social, pero que al menos nos ponen sobre la mesa una pregunta: ¿es posible?
