- Hundida entre fascinantes relieves
- Después de la Conferencia de Durbán, un SOS para preservar el planeta
Por Marc Sich. (Tomado de París Match, traducción de Félix Ramos Gamiño).
Al noreste de la Cerdeña, el Sec des papes, esta pirámide tiene su base a 48 metros de profundidad. Su cima se encuentra diez metros por debajo de la superficie del mar. Colocado a 15 metros del titán de granito, Laurent ha tomado 21 fotos, que después ha integrado. Es el mismo buzo que se desplaza para adaptar la iluminación, arrastrando un cable de 25 metros. Este trabajo, en la reserva marina de Tavolara, se ha realizado en el marco del programa “Pequeñas islas del Mediterráneo”, puesto en marcha por el Conservatorio del litoral, con el apoyo de la Agencia del Agua. Foto de Laurent Ballesta.
La terraza da a la playa. Desde su salón, él puede ver el Mediterráneo. Desde su cocina, también. Laurent Ballesta lo puede contemplar incluso desde su cama, y cuando duerme… “Por lo menos una vez a la semana sueño en zambullidas”. A fuerza de bañarse en él. Este detalle indica que no se trata de un sueño cualquiera. De una palmada, sus fantasmas lo envían a chapotear más allá de la realidad. “Yo vuelo por arriba de los fondos submarinos, y no tengo necesidad de ningún equipo, como si hubiera yo vaciado el mar. Pero conservo todos mis sentidos. Yo toco, yo hablo, yo percibo los olores, yo escucho y, sobre todo, yo veo. Todo. Mi mirada abarca el golfo de Lion en su totalidad, con sus montañas, sus herbarios, sus cañones y sus llanuras. Los vegetales ondulan en el vacío. Los animales flotan por arriba de mí. De hecho, yo creo que detesto el agua”.
Es el colmo para este biólogo marino, el mejor dotado entre los fotógrafos de las profundidades marinas, y uno de los mejores buzos del planeta. Sin embargo, es en los escenarios resecos de sus películas mentales de donde ha sacado la idea de esos alucinantes paisajes ocultos.
Ni esas pirámides de los abismo, ni esos instrumentos neptunianos, ni esos tronos titánicos asentados sobre el lecho de arena son visibles tras el lente de una máscara. En tierra, para fotografiar una montaña, uno espera el paso de un avión, o bien coloca un tripié en la montaña de enfrente. En el peor de los casos, uno recula para cuadrar la figura completa del Everest. En el agua, ninguna de estas tres soluciones es posible. Resulta inútil pescarse de una parte : desde el momento en que uno se aleja demasiado de un mastodonte, se pierde. Se presentan problemas complejos y combinados de luminosidad, de visibilidad, de turbiedad.
“A cinco metros bajo la superficie –explica Ballesta-, el rojo desaparece. El resultado es el mismo a cinco metros de distancia en el plano horizontal. A medida que la distancia aumenta, el colorido festival de la decoración se metamorfosea en una masa verde y azul, negra y azul; después, de repente, toda negra”, lo que explica por qué la mayor parte de las obras de arte submarinas sean retratos llenos de plantas o de criaturas, unas más locas que otras. Desde luego, desde hace tiempo, la acústica permite hacer aparecer los relieves graciosos; y, lo que es más, sexis. La imagen así obtenida es igual de emocionante que una ecografía a los seis meses de embarazo. Los futuros padres son los únicos que se extasían. Por lo tanto, hasta la fecha, nada de imágenes de esas catedrales minerales de 200 metros de altura por cien metros de base. La realidad se resiste ante los más bellos sueños.
Fue Félix Nadar quien, en 1858, a bordo de un globo cautivo, realizó, por encima de Bièvres, la primera fotografía aérea, La primera foto de la Tierra, desde el spacio, fue tomada el 23 de agosto de 1966, por la la sonda Lunar Orbiter 1, en las carcanías de la Luna, en una misión Apolo. En poco mesno de un siglo hemos pasado de una placa de Petit-Clamart, al negativo de la Tierra entera. Louis Boutan logró la primera foto submarina en 1893, gracias a que logró introducir su aparato en su escafandra. Ciento diecisiete años más tarde, los “grandes planos” disponibles no cubren más de una superficie de 25 metros cuadrados, el equivalente al costado de una camioneta grande. Del plato a la boca…Sólo que Laurent Ballesta corre tras el Grial. Mientras mayores son los problemas más medita él. A medida en que las cosas se presenten más confusas más lo vuelven loco. “Me gusta el agua turbia –dice- porque, sumergido en esta bruma líquida, imagino las formas y los relieves que oculta, y con más placer que si me fueran obsequiados”. El agua turbia es el papel brillante que envuelve los regalos de Navidad; es el tul bajo el cual se disimulan las caderas de su bien amada. “Mi motor es la imaginación, más que la contemplación. Amo la idea del velo que se va a levantar, la emoción de la sorpresa…” Nuestra visión del mundo, pues, acaba de ser cambiada por un filósofo erotizado, no por un aventurero de las profundidades.
La condición primaria para vencer la reticencia de este medio impenetrable, que cubre el 70 por ciento de la superficie del planeta y ocupa el 95 por ciento de su volumen, ha sido ya solucionada por la revolución numérica. Los sensores de las Nikon de Laurent alcanzan sensibilidades récord, que Nadar, en su globo, no hubiera podido imaginar. Se han ganado, con dificultad, lgunos metros, pero no son suficientes. La computadora y el software, que pueden componer imágenes, han hecho posible la creación de una especie de mosaico, a partir de diferentes tomas. Todavía falta alimentar la computadora con buena comida. El poeta se transforma en el jefe de la expedición. El pionero Louis Boutan, a fines del siglo XIX, llevaba, se dice, un material tan pesado, que se necesitaban tres hombres fuertes en la superficie, para sacarlo del agua. Ballesta, por su parte, no anda muy ligero que digamos. Tiene que armar un navío, acumular un material impresionante y reunir a un equipo de especialistas del buceo con reciclador. La mezcla contiene helio, que no hace burbujas durante la inmersión, y puede durar varias horas. Pero el ejercicio no se improvisa. Las operaciones se desarrollan de manera oficial, con mucha seriedad, en ocasión de misiones de cartografía de las poblaciones marinas, y de análisis ecológicos encomendados a Laurent y a todos los científicos de Andromède océanologie, por numerosas instituciones francesas…
¿Pero para fotografiar qué, puesto que los colosos sumergidos no son visibles en su totalidad? “A veces –explica Ballesta-, existe ya un diseño más o menos preciso de la parte submarina, pero es raro. Era el caso de la isla ‘molaire’ en Túnez, con sus torres, como raíces de un diente de 60 metros de altura. En la mayor parte de las ocasiones, un buen buzo concibe una imagen mental del lugar. A fuerza de explorar un sitio, termina uno por poder calcular sus dimensiones, su forma, su volumen. Yo, por mi parte, trato de visualizarlo en su totalidad”.
Ya bajo la superficie, comienza la marathón: tirar de los cables, instalar los flashes, colocar a los buzos en buenos lugares a lo largo de las paredes –a veces sólo uno, que se desplaza después de cada imagen- y encontrar el punto fijo desde el cual se tomarán todas las fotos; de otra forma, más tarde, los sensores mezclarán los pixeles. Y no moverse, a pesar de las corrientes.
Enseguida, en tierra, la operación se sigue ante la pantalla del ordenador. El artista retoma la mano, el paisaje se reconstruye a partir de ocho, diez o veinte trozos que se sobreponen. Y se produce el milagro.
Cuando está triste, lee a Víctor Hugo, según él, uno de los primeros ecologistas
Cuando Laurent observa la reacción de los buzos autóctonos, todos estupefactos por ver aparecer al fin la decoración que les pertenece desde hace decenios, queda plenamente convencido de no haberse equivocado al involucrarse en este proyecto. Jean-Marie Dominici, director de la Reserva Natural de Scandola, en Córcega, inscrita en la lista del patrimonio mundial de la Unesco, experimentó una de las maayores impresiones de su vida al descubrir finalmente, en su globalidad, los fenomenales instrumentos basálticos, sobre los cuales vela con ferocidad. Jean Marie es un duro; aquéllos a quienes ha sorprendido haciendo pesca furtiva en este sitio archiprotegido, tienen de él un amargo recuerdo ; pero es un duro de sensible corazón. Un testigo indiscreto jura que, ante una foto, ha visto brillar una lágrima en sus ojos.
Estos cuadros de lo real, que jamás realizará un robot, abren campos de exploración y de investigación sin límites. Las maravillas octava, novena y décima del mundo se encuentran en las profundidades. Si tuviera la esperanza de que un caldo atómico le hiciera brotar branquias, Laurent Ballesta sería capaz de bañarse en el agua más contaminada, pero esto no es suficiente.
“El satélite europeo Planck acaba de proporcionar la primera imagen completa del cielo, en la cual es perceptible la radiación residual del big bang, ¡la imagen de un acontecimiento que se produjo a una ‘distancia’ de alrededor de billones de años! Yo, por mi parte, cuando tengo ante mí dos colinas submarinas, no logro, por el momento, fotografiar más que una”. ¿Frustrado? ¡De ninguna manera! Sus sueños siempre lo acompañan. Y cuando está triste, lee a Víctor Hugo, según él, uno de los primeros ecologistas, o ese viejo compendio de la caza submarina de fines de los años 30, cuando lunáticos con lentes flechaban todavía -¡sacrilegio!- a grandes delfines. “En esa època –dice Laurent- eran muy raros aquéllos que sabían ‘compensar’ para no hacer sufrir a sus tìmpanos. Entonces no se sumergían a grandes profundidades. Un día, el autor no experimentó dolor alguno, y continuó su zambullida. En su libro escribe: ‘He logrado descender a 12 metros: ¡la puerta de los abismos ha sido abierta!’ Optimista, ¿no?”
Y es que no son los timoratos los que cambian el mundo.
