Ases de la agricultura sustentable… en el papel

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Un bloguero norteamericano descubre que Francia quiere reducir su utilización de pesticidas, en detrimento de los intereses de la industria agroquímica. Un ejemplo que se debe seguir, según él

Tom Philpott |  Mother Jones

(Tomado de Courrier International. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

wake up world

Un agricultor francés acaba de obtener un triunfo legal sobre Monsanto, por envenenamiento con pesticidas. El interesado afirma que sufre toda una serie de problemas neurológicos después de haber inhalado el herbicida Lasso, mientras lavaba el tinaco de su casa. Reuters estima que la decisión del tribunal podría hacer que se inclinara la balanza de la justicia en otros asuntos judiciales que involucran a los pesticidas. Todo esto es muy interesante, pero lo que más me ha llamado la atención es lo que se explica al fin del comunicado: “Francia, el principal productor agrícola de la Unión Europea, contempla una reducción  del 50 por ciento en la utilización de pesticidas entre 2008 y 2018”.

Espere un momento. ¿Tiene Francia una política para hacer caer el uso de pesticidas en menos de una década? Primera noticia. He husmeado un poco, y descubrí que, en 2008, el gobierno francés había dado a conocer un plan, bautizado como Ecophyto 2018, conforme a una directiva adoptada por la Unión Europea en 2006, que hacía un llamado a los países de la región para elaborar políticas nacionales tendientes a reducir el uso de pesticidas. Ecophyto fijaba un programa ambicioso a la agricultura francesa: reducir el uso de pesticidas; pero, al mismo tiempo, mantener estables los niveles de producción.

Y eso no es todo. Después de haber lanzado el Ecophyto en 2008, lo modificó en 2009, para agregar objetivos más ambiciosos todavía: de aquí en adelante, Francia tiene como política oficial hacer que la superficie certificada como bio, pase del dos por ciento de las tierras laborables en 2009, al 20 por ciento en 2020; lograr que por lo menos la mitad de las explotaciones del país obtengan la certificación  de “Elevado Valor Ambiental”, –que exige cierto nivel de biodiversidad y una reducción en la utilización fertilizantes-, y retirar del mercado 40 pesticidas tóxicos.

Estos objetivos no tienen carácter obligatorio, y es necesario que yo investigue un poco más para conocer la forma en que el gobierno francés pretende alcanzarlos. Pero, al fijar tales metas, crea las condiciones necesarias para innovaciones agrícolas que no pasen por los productos químicos. Los vendedores franceses de semillas buscan producir variedades que resistan bien la invasións de las malas hierbas, a fin de reducir las necesidades de herbicidas. Durante este tiempo, las empresas trasnacionales que dominan la agricultura norteamericana buscan, ante todo, producir semillas resistentes a los cocteles de herbicidas.

Como norteamericano de principios del siglo XXI, me parece importante destacar el hecho de que un gobierno intervenga explícitamente contra los intereses de la industria química. Nuestra ley quinquenal sobre la agricultura, que debe seer renovada este año, invita a los agricultores a cultivar un pequeño número de productos (maíz, soya, algodón) en gran cantidad (lo más posible) –¡al diablo el medio ambiente! Nuestro Ministerio de Agricultura, todavía bajo la presidencia de Barack Obama, homologa en general, sin discutir los proyectos del mercado de herbicidas inventados por Monsanto y sus raros socios.

Al mismo tiempo, considera la agricultura bio como un simple nicho de mercado. Nuestros tomadores de decisiones norteamericanos jamás se harán a la idea de invitar a una expansión espectacular de la agricultura bio.

Evidentemente, las cosas en Europa se hacen de otra manera. Vea usted: el herbicida acusado de haber envenenado al agricultor francés en 2004, y que ha sido causa de este juicio a Monsanto, tiene el nombre químico de alachlor; la Pesticide Action Network [red de organizaciones no gubernamentales ecológicas] lo considera un “mal actor” y sospecha de ser causante de cáncer y de alterar el sistema encocrino. La Unión Europea lo prohibió en 2007. Entre nosotros, en los Estados Unidos, Monsanto lo sigue vendiendo sin el menor rubor.

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