Doctora Victoria Eugenia Arango Lopera
Doctor Luis Miguel Gutiérrez Robledo
Doctor Mario Ulises Pérez Zepeda
En los últimos años se ha reconocido la pérdida de masa muscular como una entidad que se asocia con desenlaces adversos (mortalidad, pérdida de la funcionalidad, hospitalizaciones), pero que se puede detectar y, en su momento, tratar, para mejorar las condiciones de los adultos mayores. Es en la alimentación y con la actividad física donde se pueden tener resultados en esta entidad y contribuir a la calidad de vida de los adultos mayores.
EL ESCENARIO
Es posible que algún domingo por la mañana, al despertar y prender la televisión, nos encontremos con un personaje muy familiar para todos, que promueve jugos elaborados por medio de una máquina maravillosa, y que atribuye a las propiedades de los mismos el hecho de conservarse tan sano, a sus más de 90 años de edad.
Sin embargo, si somos curiosos y averiguamos de quién se trata, corroboramos que, efectivamente, se trata de un hombre que fue muy musculoso, que presumía, y con razón, la firmeza y volumen de sus bíceps, principalmente los de hace más de treinta años. La disminución en esos músculos, que le permitieron estar en competencia, obedece a un fenómeno recientemente reconocido, de origen multifactorial, asociado a la edad, al que se le ha dado por nombre sarcopenia.
Hablemos de los fisicoculturistas: mantener sus músculos es fundamental para continuar con lo que han hecho toda la vida: promover una vida saludable a través del mantenimiento de la función muscular óptima y, de paso, para algunos de ellos, seguir vendiendo sus productos o trabajando como modelos.
Ahora bien, para todos los seres humanos es indispensable contar con músculos de adecuado volumen y que funcionen sin ningún problema, para mantener la independencia en la ejecución de las actividades del diario vivir.
EL PROBLEMA
El sistema músculo esquelético (huesos, tendones, articulaciones, músculos, etcétera), es el responsable de trasladarnos de un lugar a otro, de realizar nuestro trabajo (ahora mismo no podría estar usando el computador si mis músculos no funcionaran), en general; es el encargado de todo lo que realizamos en nuestra vida cotidiana.
Aunado a lo anterior, se ha encontrado que tiene una participación fundamental en el metabolismo, tanto de las grasas como de los carbohidratos, lo que quiere decir que tener músculos sanos no sólo permite el movimiento adecuado, sino que también influye positivamente en el metabolismo energético, y contribuye a mantener el bienestar total del individuo.
La formación de los músculos, tanto en su tamaño como en su función, se encuentra íntimamente relacionada con el estilo de vida, particularmente con dos componentes: la nutrición y la actividad física. La primera tiene que ver fundamentalmente con un suficiente aporte de proteínas (especialmente de las llamadas de alto valor biológico, las llamadas de buena calidad), en la dieta cotidiana. Un ejemplo es la carne, pero existe un sinnúmero de alimentos, además de ésta, que constituyen también un excelente aporte, tales como el huevo, los lácteos (queso, leche y crema) y las oleaginosas (cacahuates, nueces, almendras), entre otros.
En el caso de la actividad física, la llamada de resistencia (por ejemplo, el levantamiento de pesas) es la que más promueve la formación de masa muscular. Para mantener la masa y la capacidad funcional del músculo, es necesario un aporte suficiente de proteínas, que para su óptimo aprovechamiento ha de ser uniformemente distribuido en las diferentes comidas, y un buen nivel de actividad física, que promueva su aprovechamiento en el músculo.
LOS COMPONENTES
Con base en lo anterior, se debe reconocer que, como parte de la alimentación tradicional en el país, la combinación de cereales (maíz), leguminosas (frijol) y oleaginosas (cacahuate), puede ser suficiente para obtener estas proteínas a lo largo de nuestra vida, aunque ciertamente las proteínas de origen animal en los productos lácteos, el huevo y la carne, indudablemente también son apropiadas.
Es interesante mencionar que uno de los alimentos tradicionales en nuestra gastronomía, el amaranto, tiene alto contenido y calidad apropiada de proteínas, aparte de ser muy rico y barato. La presencia de estos nutrientes en la dieta hace poco común la necesidad de recurrir a suplementos nutricionales comerciales.
Para mantener o acrecentar la masa muscular, es mejor comenzar por revisar lo que comemos, porque una de las razones por las que dejamos de comer proteínas es por la alta ingesta de carbohidratos, que tienen alto contenido calórico, y son suficientes para darnos energía, pero no para formar músculo.
También existen algunas sustancias que han sido utilizadas a lo largo del tiempo para mejorar artificialmente la formación de músculo; por ejemplo, los esteroides, cuya principal virtud es la de fomentar la adhesión de las proteínas al músculo y frenar, en un momento dado, su remoción. Sin embargo, su utilización durante un período de tiempo prolongado conlleva importantes riesgos para la salud, además de que, si bien aumentan el volumen muscular, no contribuyen a mejorar su capacidad funcional.
LA SOLUCIÓN
En el caso de la actividad física, no necesariamente hay que hacer pesas para poder tener unos músculos sanos. Muchas de las actividades que hacemos cotidianamente son ejercicios de resistencia; por ejemplo, cargar las bolsas de las compras. Algo que tener en cuenta es que los periodos de inactividad muscular predisponen a la pérdida de masa muscular acelerada, que resulta en ocasiones difícil de recuperar.
Este fenómeno forma parte del llamado desacondicionamiento físico, que se puede llegar a sufrir después de periodos prolongados de reposo y, sobre todo, cuando éstos son determinados por enfermedad, en cuyo caso los procesos inflamatorios contribuyen al desgaste. En el caso particular de los adultos mayores, esto sucede a menudo cuando son hospitalizados, y desde su ingreso permanecen en una cama, y pocas veces se fomenta que tengan movimiento durante toda su estancia hospitalaria (si es que su condición se los permite).
Esto también puede suceder, sin que llame mucho la atención, cuando un adulto mayor restringe paulatinamente su “espacio vital”, al pasar de ser alguien completamente activo, al sedentarismo, y termina por casi no salir de casa; múltiples circunstancias convergen así para reducir la actividad física, lo que provoca una pérdida leve, pero sostenida, de masa muscular.
IMPACTO EN LAS ACTIVIDADES DIARIAS
La principal repercusión de lo anterior se puede observar en la realización de las actividades cotidianas. Imaginemos por un instante sentir los brazos tan cansados (como después de una sesión muy enérgica de ejercicio), que ni siquiera podemos levantar los cubiertos para llevarnos el alimento a la boca, o que las piernas no nos sostienen porque las sentimos débiles; realmente quedaría muy poco por hacer si estuviéramos en esa situación.
Lo anterior refleja, hoy por hoy, uno de los principales problemas de salud que impactan directamente en la calidad de vida de los ancianos: la limitación en la función, que conduce a la incapacidad de hacer algunas actividades cotidianas, por presentar sarcopenia.
Estudios en nuestro país han encontrado que más del 30 por ciento de los adultos mayores podrían padecer este problema, lo cual se agrava por el hecho de que quienes lo padecen, podrían tener mayor mortalidad que aquéllos con masa muscular en cantidad, y calidad, adecuadas.
Una forma sencilla de identificar quién está en riesgo de padecer sarcopenia es la observación de acciones tan elementales como el levantarse de una silla sin ayuda y sin apoyar los brazos. Aquellos sujetos con dificultades para levantarse o que no lo logran sino luego de varios intentos o que tienen que ser auxiliados para levantarse de la misma, tendrían que ser evaluados.
En la actualidad, la sarcopenia se puede detectar, de forma indirecta, de una manera sencilla y rápida, en el consultorio, mediante tres pruebas: marcha cronometrada, fuerza de prensión y medición de la masa muscular. En la primera, se pone a caminar al adulto mayor a lo largo de cuatro metros y se toma el tiempo que esto le lleva. Para la fuerza de prensión se mide, en kilogramos, la fuerza usada para oprimir un dispositivo manual, denominado dinamómetro. Finalmente, para evaluar la masa muscular, se puede usar la circunferencia de la pantorrilla, medida con una cinta métrica regular. Todos los procedimientos se han estandarizado en muchas partes del mundo y particularmente en nuestro país, en el Instituto de Geriatría.
FRAGILIDAD Y OBESIDAD
La sarcopenia se ha asociado a otras condiciones igualmente frecuentes, como la fragilidad y la obesidad. La primera corresponde a la incapacidad del organismo para responder eficientemente al estrés, entre cuyos componentes se cuenta la sarcopenia.
En segundo término, en el ámbito de la geriatría, es común observar la coexistencia de obesidad con pérdida concomitante de masa muscular. A esto se le ha dado en llamar obesidad sarcopénica. Éste es un grave problema que enfrenta comúnmente el adulto mayor sedentario, y es más que la concurrencia de los dos problemas, pues las personas que adolecen de esta condición tienen mayor probabilidad de desarrollar problemas de salud y tornarse dependientes por discapacidad progresiva, que quienes sólo son obesos o sólo tienen sarcopenia.
Cuando la sarcopenia se da en el contexto de la fragilidad, al igual que en el caso de la obesidad sarcopénica, esto conlleva un peor pronóstico funcional y vital que la sarcopenia por sí sola. Las personas frágiles y sarcopénicas tienden a presentar rápidamente la pérdida de la capacidad para la realización de actividades cotidianas; se tornan dependientes de una tercera persona para la compensación de esta pérdida, y sufren de una disminución importante en la calidad de vida.
Por todo lo anterior, aquel adulto mayor que se presenta con un lento caminar, que tiene poca fuerza para efectuar sus actividades del diario vivir o que casi no sale de casa, ha de ser valorado por un geriatra. La evaluación geriátrica permitirá determinar qué es lo que está provocando su condición, y hará posible el formular una serie de estrategias para mejorar su capacidad funcional y, sobre todo, su calidad de vida. Esto puede ser a través de la modificación de la dieta; por ejemplo, adecuando la diversidad de proteínas que existen en los alimentos al gusto del adulto mayor o bien con el uso de suplementos alimenticios.
A este respecto, vale aclarar que, aunque estén disponibles para el público en general, deben ser prescritos como cualquier otra medida terapéutica. En el caso particular de la sarcopenia, no cualquier suplemento es apropiado, y su indicación ha de ser validada por un profesional médico o de la nutrición.
En conclusión, algunos necesitan sus músculos para hacer anuncios y vender productos, a cualquier edad, pero todos necesitamos nuestros músculos sanos para poder realizar lo que nos gusta hacer, para lo cual, según se ha demostrado, requerimos la combinación de actividad física (principalmente ejercicios de resistencia) y un consumo adecuado de proteínas.

