Arq. Abiel Treviño Aldape

Les comparto la síntesis del más reciente trabajo de investigación. El Área Metropolitana de Monterrey, se ha visto inmersa en profundas transformaciones socio-urbanas, siendo una de gran impacto, el aumento desmedido de violencia en sus diferentes manifestaciones.
La proliferación de fraccionamientos cerrados, es tan sólo una consecuencia de estos síntomas coetáneos; este ostracismo a ultranza, va mellando los ya de por sí débiles lazos societales. El vivir en un fraccionamiento cerrado, o más grave aún, el querer cerrar la “ciudad abierta”, es la completa negación de la realidad actual.
Somos testigos de fenómenos urbanos sui generis, como el caso de colonias que pretenden paliar la inseguridad instalado vallas, rejas, barandales, mallas, e incluso cámaras de video en las calles de acceso a sus barrios, para resguardarse de las colonias vecinas e incluso, de colonias allende su frontera municipal.
Los que quieren atrincherarse del resto de la ciudad contemplan acciones disuasivas y de incremento de vigilancia, así como en medidas que dilaten la seguridad mediante mayor vigilancia e instalación de cámaras de vigilancia; podría pensarse que estas acciones tendrían demanda en la ciudad abierta, como mecanismo de protección autodefensiva, sin embargo, en colonias privadas, a pesar de estar actualmente resguardadas por sendos muros defensivos, sorpresivamente hablan del mismo tema, de incrementar la seguridad, de mayor vigilancia. La anomia social asoma en el imaginario urbano, mientras que el pensar en un policía (físico o tecnológico) en cada esquina parece tener mayor raigambre cultural.
Para Lidia Girola, el conducirse de cierta manera resulta natural, recordando la introyección planteada por Freud, o la internalización de Parsons, considerando ciertas conductas sociales como validas, cuando son tomadas como propias y asertivas por un grupo de personas.
Muros dispuestos a discreción, circunspección comprometida.
