Una luz que sonríe: Murakami

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Gabriel Contreras

Haruki Murakami es un escritor japonés de gran éxito. Es una de las figuras más llamativas del escenario mundial de las letras. Su obra narrativa se acerca lo mismo al cuento como a la novela. “El pájaro que da cuerda al mundo”, “Norwegian Wood” y “Kafka en la orilla” son algunas de sus obras más prestigiosas.

Sin embargo, Murakami posee una visión quizás excepcional en relación con el ejercicio de las artes, la salud física y el desarrollo corporal. Una visión que hoy, cuando cuenta ya con 63 años, sale a relucir plenamente y se halla registrada en buena parte en su libro “De que hablo cuando hablo de correr” (Tusquets).

En este libro, Murakami traza una especie de diario personal a lo largo de un trayecto de más o menos diez años, y en dichas paginas se da la oportunidad de establecer un vinculo entre el acto espiritual de correr y el acto físico de escribir. O sea que ofrece, como pocos pensadores lo han hecho, una instantánea del puente que une al cuerpo en acción atlética (deportiva en este caso) con la mente creativa.

A diferencia de otros escritores japoneses, firmemente apegados al pensamiento tradicional oriental, como es el caso de Yukio Mishima, Murakami ha enfocado su práctica con cierto apego a los moldes occidentales, cultivando por ejemplo una cierta pasión por autores rebeldes y desparpajados del escenario norteamericano, como es el caso de Kurt Vonnegut. Además de ello, supo desarrollar una trayectoria internacional como corredor de maratones y triatlones, que le permitió conservar no solo una salud envidiable, sino una condición física superior a la de la mayoría de los escritores conocidos.

Murakami se mira a sí mismo como un escritor que corre, aunque para muchos es  un corredor que escribe. Y es el reverso exacto del retrato estereotipado del escritor desaliñado, sucio, maloliente y borracho. Murakami se levanta muy temprano, corre con devoción, ejerce su cuerpo de una manera plena, y estudia con sistema, llevando sus trabajos escritos siempre a una especie de top creativo.

Junto a todo lo anterior, hay una vereda de musicalidad que surca la narrativa de Murakami, y al mismo tiempo ha contaminado su vida entera de una especie de alegría, de entusiasmo sonoro irreprimible.

Tal vez sería decir demasiado, o exagerar, pero el hecho es que Murakami nos ofrece la imagen de un nuevo tipo de escritor, al que jamás esperamos encontrarnos tirado bajo la mesa de un bar, o dando lastima en los callejones. Es, pues, una inteligencia excepcional, pero no una inteligencia que sufre, sino una luz que sonríe.

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