De qué moría uno antes, y de qué muere ahora

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Por Pierre Barthélémy (@PasseurSciences. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Se trata de una pequeña institución en el mundo de la investigación médica. El New England Journal of Medicine (NEJM), influyente revista norteamericana, aparecida en 1812, festeja, desde principios del año, su aniversario número 200. Con motivo de esta celebración, el 21 de junio anterior se publicó un artículo que describe, a partir de archivos de la revista (que, de trimestral en un principio, se ha vuelto semanaria), la evoluión de las enfermedades y de las causas de la mortalidad a lo largo de dos siglos. Y aun cuando la Catrina (la Chata le dicen en Francia) está siempre al final del camino, hoy en día no se muere uno por las mismas razones que antes. También puede pasar que los males inciertos o poco comprendidos de antes tengan ahora explicaciones y nombres más precisos…

Así, cuando uno consulta el documento relativo a las causas de la mortalidad del año 1811 en Boston, ciudad en que se creó la NEJM, se encuentra ciertos datos de enfermedades bien conocidas, como el cáncer (cinco muertes entre 942), la diarrea (15), la sífilis (12), la varicela (2)o el cólera (6). 

Sin embargo, las más importantes causas de los decesos, por el número de las personas implicadas, quedan más bien en la penumbra, como es el caso de la famosa «consomption» (221 muertos), de la cual es posible encontrar numerosas víctimas en las novelas del siglo XIX, y que se refiere esencialmente a la tuberculosis pulmonar, o las diversas fiebres (116 casos), entre las cuales se cuenta el tifo.

Los partos y sus secuelas resultaban peligrosos porque, aparte de los niños nacidos muertos, a las fiebres puerperales que portaban las madres, las diversas infecciones a las que no sobrevivían los bebés, y las «denticiones» fatales, les son imputables 135 decesos. Es posible identificar los accidentes cerebrovasculares bajo el vocablo de apoplejía (13), pero resulta más difícil adivinar lo que se oculta bajo los términos «convulsiones» (36), «debilidad» (28), «décaimiento» (20), o «muerte súbita» (25).

En esta lista se encuentran también  algunas curiosidades, como un fulminado, dos muertos como consecuencia de «calambres en el estómago» y dos personas que perecieron por haber bebido… agua fría. Aun cuando uno quiera ser lo más serio posible, el NEJM es el reflejo de su época y de sus creencias.

Asimismo es posible leer, en 1912, el informe de un artículo publicado por un competidor (el Edinburgh Medical and Surgical Journal), en que se describen los devastadores efectos causados por el aire de una bala de cañón. Citemos: «los vestidos cuyos botones y charreteras son arrancados, lo que produce una lividez que se extiende por la parte del cuerpo cerca de la cual ha pasado la bala, una pérdida repentina o gradual de la visión, y la fractura de huesos en mil pedazos, sin que ni siquiera se produzca un desgarramiento de la carne».

En su primer año de existencia, el New England habla del fenómeno de las combustiones espontáneas, que son fundamentalmente, explosiones de polvos o incendios debidos a productos inflamables. Sin embargo, para terminar, el artículo cita el ejemplo de las «combustiones espontáneas entre los bebedores de brandy y más especialmente entre las mujeres».

Empero, en la frase siguiente se apela a la prudencia científica, ya que la revista invita a sus lectores a «antes de dar crédito a esos informes, aun cuando provengan de sociedades de sabios, esperar mejores pruebas de las que tenemos hasta ahora»…

Numerosas enfermedades que eran mortales en 1812, no lo son más en nuestros días. Uno se cuida más, tiene más larga vida, y esto ha permitido encontrar, en la clasificación de las causas de mortalidad, patologías que se arrastran en último lugar. Así, si tomamos como base las dos enfermedades que ocupaban el primer lugar en un país como Francia, a saber el cáncer y las enfermedades cariovasculares, ésta eran prácticamente inexistentes en el Boston de 1811.

Por otra parte, resulta impactante notar que las enfermedades infecciosas, otrora las que más cuerpos enviaban a los cementerios, vienen ahora en sexto lugar –la gripa y las neumonías vienen detrás del cáncer, las enfermedades cardiovasulares, los accidentes, la enfermedad de Alzhaimer y las diabetes.

Sin embargo, hay que precisar que, según la Organización Mundial de la Salud, en los países más pobres del planeta, bacterias y virus siguen aún a la cabeza, como en la Nueva Inglaterra de principios del siglo XIX.

En ese país los tres primeros lugares del podium son ocupados por enfermedades infecciosas: infecciones pulmonares, diarreas, sida.

En dos siglos, la medicina  ha registrado enormes progresos. Todavía falta tener acceso a ella.

 

 

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