Gabriel Contreras
Acumular libros es una tentación que suele acrecentarse a lo largo de los años, siempre y que se le identifique con términos como cultura, inteligencia, pensamiento, u otras palabras tan difusas como prestigiosas.
Así, contar con lo que suele llamarse una “biblioteca personal” dota a su dueño de una especie de sello de clase, que lo distingue del proletariado, de los asalariados, de lo que muchos en estos días conocen como “La prole”.
Tener a la mano siempre libros, citarlos, y vivir incluso entre ellos gracias a una “biblioteca personal” es hoy algo que nos hace pensar en los esplendores del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, además de que nos recuerda la palabra obsoleto… salvo algunas excepciones. Mencionaré aquí solamente una de ellas.
Tengo conmigo algunos libros que poseen un valor incomparable, y no me refiero al dinero porque no me dedico a vender tiliches. Hablo de un valor histórico y simbólico con el que resultaría imposible traficar.
Tengo en mi mesa un libro llamado “Anotaciones de Historia de México”. Su autor es Joaquín Márquez Montiel y fue editado en los años cincuentas.
Algo importantísimo de este libro es que se gestó en los años treintas, justo en los días en los que su autor daba clases en una escuela secundaria, en Puebla.
En esos momentos, Márquez encontró algunas dificultades para la enseñanza de la Historia y el Civismo, y decidió escribir unos apuntes, que habría de copiar a través del mimeógrafo, para acabar repartiendo esas copias, un tanto imperfectas pero esencialmente buenas, a sus estudiantes.
Muchos años después, el mismo Márquez tuvo la posibilidad de darle un nuevo tratamiento a aquellos apuntes de “Historia genética” (así le llamaba Márquez a esta Historia remontada a los orígenes del Continente), y de ahí se derivaría esta edición que hoy leo con singular entusiasmo.
Muy pronto, en 1952, Marquez complementaria su esfuerzo con unos “Apuntes de Educación Cívica”, que se destinarían a las escuelas secundarias de todo México.
Si observamos esos acontecimientos en perspectiva, podremos observar que entre los años treintas y los cincuentas, nuestro país se encaminaba decididamente en una ruta de desarrollo económico, que lo ligaban a un horizonte de productividad e industrialización. Al mismo tiempo, sus instituciones políticas y la industria en plena ebullición sellaban pactos no escritos, a través de los cuales se ponía en marcha una hegemonía del corporativisimo, que bien podríamos identificar como la abuela del priismo actual.
Sin embargo, en medio de esa “fiebre de progreso”, de esa renovación extrema para la modernidad, existía en nuestro país una inquietud por la filosofía, el civismo y la Historia. Y eso se hace visible en los proyectos educativos y las disciplinas escolares entonces en boga a nivel oficial. Este libro, maltratado por los años y olvidado por nuestros actuales sistemas educativos, nos habla de ese otro México, de un México en el que el pensamiento humanista formaba parte de la educación elemental, y cuya nostalgia sería, por cierto, hoy, algo muy recomendable de tomar en cuenta.
