Recientemente se dieron a conocer los resultados de una investigación realizada durante el año 2013 por la Universidad Iberoamericana, que confirma lo que hemos venido diciendo desde hace varios años: que sólo el 51 por ciento de los recién egresados de las universidades públicas y privadas tienen un empleo de tiempo completo relacionado con su área de estudio.
A esto se suma, de acuerdo con el estudio, un 17 por ciento que tienen empleos de medio tiempo; lo que nos habla de las dificultades, y en algunos casos frustraciones, que tienen los jóvenes profesionistas de nuestro país, para lograr su inserción en el mercado laboral y con ello obtener ingresos para sostenerse a sí mismos y a su familias.
Esto, a pesar del estudio, el esfuerzo, la perseverancia, las aspiraciones de desarrollo profesional y de mostradas competencias, que son los conocimientos, destrezas, actitudes y valores.
Por eso muchos de ellos, al no encontrar posibilidad de colocación acorde a sus estudios o por lo menos en empleos afines, aceptan desempeñarse como vendedores, dependientes en almacenes, taxistas y aún choferes en empresas o casas particulares; que aunque son actividades dignas, no son para lo que se prepararon.
Como nuestro sistema económico no ha sabido aprovechar este valioso recurso humano, se ofrecen diversas explicaciones, como que no hay una correcta diversificación de carreras, con lo que saturan las existentes; que la tecnificación suprime empleos o que las vocaciones no siempre corresponden a los estudios.
Por eso urge concretar las leyes secundarias en materia de energía, lo que aunado a la reforma laboral, y a la fiscal, recientemente aprobada, así como una mayor diversificación de nuestro comercio exterior, permitirán el crecimiento económico, y con ello empleos productivos con salarios dignos y prestaciones sociales.

