Horacio Salazar / Notas de Ciencia
Cuando mi espíritu cínico y amarguetas anda con la guardia baja, de pronto lo sorprenden cosas de lo más sencillo como un atardecer o una flor, y como que se descongela un poquitín el viejo corazón para respirar un hálito de belleza. Algo así me pasó cuando me encontré la historia de cómo le hacen algunas plantas para saber cuándo echar sus flores.
El asunto no es menor. Si a una planta se le ocurre florear en pleno invierno, los soplos del norte la dejarán helada. Y si se le ocurre florear hasta el verano, llegará tarde a la fiesta de las abejas. El chiste es, como en muchas cosas, la oportunidad, y en esta apuesta juega el clima pero también los genes.
Dicho en pocas palabras, así como los niños suspiran contando cuánto falta para las vacaciones de verano, así los agricultores esperan la primavera… y también algunas plantas. Richard Amasino, de la Universidad de Wisconsin en Madison, estudió plantas bianuales que florean en primavera.
Como indica su nombre, estas plantas tienen ciclos de dos años: en el primero germinan y crecen, y luego se guarecen durante el invierno, porque de lo que se trata es de echar flores en primavera, cuando ya pasó el frío pero antes que otras plantas competidoras. Esto plantea una duda profunda: ¿cómo cuernos saben las plantas cuándo llegó la hora de echar flores?
Es evidente que las plantas de alguna manera “registran” el frío invernal para darse cuenta de que éste termina y florecer. ¿Cómo? Las plantas tienen una región llamada meristemo en el punto de crecimiento. Ahí las células se diferencian para convertirse en brotes, en raíces, en flores.
Estudiando con la plantita llamada Arabidopsis, Amasino y sus compañeros encontraron que existen genes vegetales supresores del florecimiento. Y estos genes se expresan justamente en el meristemo. Mientras los genes estén activos, lo que ocurre la mayor parte del año, la planta no puede florecer, porque estos genes dicen “¡No!”.
Para poder echar flores, la planta tiene que ser capaz de neutralizar la expresión de estos genes, algo a lo que algunos filósofos llamarían la negación de la negación.
Amasino y su equipo encontraron, tras mucho buscar, que la exposición a un frío prolongado activa un proceso de nivel molecular que tiene un efecto singular: silencia a los genes que se oponen al florecimiento. Hay mucho por aprender, pero lo anterior basta para derretir a este corazón escéptico.
Foto: BlueRidgeKitties.

