El fiel cochero de Juárez

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Jorge Pedraza Salinas

Hasta ahora, los historiadores no se han detenido en la callada pero significativa presencia del cochero de Juárez; el hombre que recorrió varios Estados del país al lado del señor Presidente; fue su fiel servidor y ¿por qué no? su amigo.

Se trata de Juan Idueta, quien estaba empleado en el Palacio de Gobierno, cuando llegó Juárez a Monterrey. Idueta permaneció al servicio de Juárez hasta la muerte del Benemérito. Incluso fue el propio Idueta quien condujo el coche fúnebre que trasladó los restos de Juárez desde el Palacio Nacional hasta el Panteón de San Fernando.

Fue abnegado y leal y le prestó grandes servicios cuando peligraba su vida.

Idueta se encontraba trabajando en el antiguo Palacio de Gobierno ubicado en Monterrey, en la esquina de las actuales calles de Morelos y Escobedo, cuando Juárez llegó a la ciudad en aquel año de 1864.

Este año se conmemora el 150 aniversario de la presencia de Juárez en Monterrey. El Benemérito estuvo en dos ocasiones en Monterrey: la primera el 11 y 12 de febrero del año en cuestión y la segunda, del tres de abril al 15 de agosto del mismo año. Sobre este tema –la presencia de Juárez en Nuevo León y Coahuila– hablaremos el próximo viernes en el Archivo Municipal de Saltillo. La plática será a las 11 horas y forma parte de las Octavas Jornadas de Historia.

Durante su estancia en la región, el Presidente convivió con los regiomontanos, fue padre y abuelo a los 58 años de edad, conoció la deslealtad y traición del Gobernador Santiago Vidaurri y al mismo tiempo la lealtad de personas como Juan Idueta y don Manuel Z. Gómez.

EL FALLO DE LA HISTORIA

Estando en Monterrey, se enteró de la llegada a México de Maximiliano y Carlota. En algunos periódicos de la época se publicó una carta del Presidente Juárez, fechada en Monterrey el 28 de mayo de l864 y dirigida a Maximiliano. He aquí parte de su texto:

«Es dado al hombre, señor, atacar los derechos ajenos, apoderarse de sus bienes, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de los vicios propios una virtud; pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia. Ella nos juzgará».

Pero volvamos a Idueta. Es el momento de la salida de Juárez de Monterrey el 15 de agosto de 1864. Ese día amaneció densamente nublado. Las nubes no se abrieron. Una lluvia pertinaz se desató. Esto obligó a la gente a permanecer en sus casas. Desde temprana hora, se escucharon balazos en las afueras de la ciudad.

Esa mañana, don Manuel Z. Gómez y algunas otras personas se entrevistaron con el presidente. Le explicaron el peligro que corría su vida y le pidieron que se pusiera en camino. Si Juárez y sus ministros hubieran caído en poder del enemigo, se hubiera malogrado la defensa nacional.

Ante el asombro de quienes le rodeaban, pacientemente Juárez los escuchó, tomó el reloj, que señalaba las nueve de la mañana y les recordó a todos que la salida había sido fijada con anterioridad para las tres de la tarde.
Para la una de la tarde, en la ciudad reinaba la confusión. La gente miraba por las ventanas. Había jinetes recorriendo las calles. Los oficiales dictaban disposiciones. Una hora después, en las afueras del Palacio de Gobierno, había una multitud. Aparecieron los coches, entre ellos uno en el que viajaría Juárez, conducido por su cochero, Juan Idueta, a quien conoció en Monterrey.

El coronel Guccione llegó hasta el palacio gobierno y le hizo saber a Juárez el peligro que corría si no se retiraba en ese momento. El Presidente tomó su coche y salió de la población.

Quiroga, que llegaba a la ciudad, persiguió a Juárez. Una bala se incrustó en el coche que conducía Idueta y en el que viajaba el Presidente. Ese carruaje se encuentra ahora en el Museo de Chapultepec. Esa noche, la del 15 de agosto, don Benito durmió en Santa Catarina. Al día siguiente, cuando todavía no aparecía el sol, se escucharon balazos. Se hizo necesario que salieran los de la escolta a combatir al enemigo.

Después, Juárez continuó su camino por Coahuila y Chihuahua, hasta que el día 15 de mayo de 1867, un nuevoleonés, el general Mariano Escobedo, venció a Maximiliano en Querétaro y Juárez regresó a México. La República había triunfado.

UN EPISODIO BRILLANTE

Con la salida de Juárez de Monterrey terminó para Nuevo León uno de sus más brillantes episodios.
Sin embargo, no fue ésta la única ocasión en que Idueta salvó la vida del Presidente. Lo condujo a través del desierto y lo llevó por Nuevo León, Coahuila, Chihuahua Y Zacatecas. Pablo Prida Santacilia, nos cuenta un hecho que sucedió en Zacatecas y que pone de manifiesto el importante papel que jugó Idueta:

“El 27 de enero (habla del año 1867), muy de mañana se oyen tiros en la Bufa. Miramón, con su rapidez característica, había sorprendido a los pocos defensores que había allí. El Presidente, serenamente recoge sus papeles, mientras todos corren precipitadamente. A unas pocas cuadras había unos caballos, entre ellos “El Relámpago” que monta el Sr. Juárez.

“Don Sebastián (se refiere a Lerdo de Tejada) monta “El Monarca”, El Sr. Iglesias (es José María) “El Vapor”. La escolta presidencial tiene que cubrir la bocacalle inmediata al Palacio para dar paso al Sr. Juárez A pesar de la inminencia de peligro Don Benito atravesó la Ciudad al tranco de su cabalgadura y la puso al galope corto cuando entró en la carretera de Fresnillo.

IDUETA SALVA AL BENEMÉRITO

“Idueta, con el carruaje vacío, emprende veloz la carrera por el camino de Jerez, sobre quien se desprende la caballería de Miramón suponiendo que en el coche iba el Presidente y cuando sale de su error, ya el Coronel Corella con su acostumbrado denuedo logra rechazarla con ayuda de muchos zacatecanos.

“Así terminó ese episodio en que el Patricio y sus leales estuvieron a dos dedos de la muerte. Miramón decía en su parte oficial:

“Hoy he atacado y tomado la plaza de Zacatecas. Las fuerzas de Durango y Zacatecas han sido perseguidas tres leguas de la ciudad; la artillería, armas, carruajes y prisioneros han quedado en mí poder. Juárez se ha salvado por la velocidad de su carruaje”.

Juan Idueta permaneció al lado del Presidente hasta el final.

José Joaquín Fernández de Lizardi en el retrato caligrafiado con la biografía de Don Benito Juárez, sobre los acontecimientos que tuvieron lugar aquel día 18 de julio de 1872 de la muerte del Benemérito y el siguiente de su sepelio, nos dice:

«Un espléndido carro fúnebre, tirado por seis hermosos caballos tordillos cubiertos de negras gualdrapas, conducía el ataúd, en que iban los restos mortales del señor Juárez. Empuñaba las riendas Juan Idueta, el mismo cochero. Entre alumnos, empleados, funcionarios, convidados y soldados, acompañaban al cuerpo del Presidente cerca de cinco mil individuos. En cuanto a los espectadores, pueden calcularse las tres cuartas partes de la población de la ciudad. Nunca se habían visto en México exequias tan concurridas”.

Ahí junto al cadáver de Juárez, estaba –leal como siempre–, su fiel cochero: Juan Idueta.

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