¿Cuándo dejó el maestro de ser intelectual?

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Ismael Vidales Delgado

Comencemos por ponernos de acuerdo en lo que es un “intelectual” porque hay cierta confusión en este asunto.

Algunos piensan que un intelectual es una persona con barba en forma de candado, con anteojos como los de Savater o los de John Lenon y vestimenta aparentemente despreocupada, pero si se lo observa bien, la camisa, el saco y la corbata son de marca. Otros creen que el intelectual es una persona que habla en términos difíciles de entender que cita como agua de uso a Heidegger, Kierkegaard, Habermas; o habla de semiótica y del pensamiento complejo. Los más, asumen que un intelectual es un comentarista de prensa o televisión que siempre encuentra transgresiones a la moral donde los políticos sólo ven “una buena salida política” para mantener el equilibrio del Estado de Derecho. 

Hoy, nadie imagina que un maestro de escuela encarne, ni en lo más mínimo, la figura de un intelectual.

Yo les quiero recordar a esas mayorías, que hasta la mitad del siglo XX, los maestros, con todo y su atuendo de miserables apóstoles, gozaban de excelente reputación entre la “clase pensante”. Si bien muy pocos alcanzaron nunca la categoría de sabios los maestros eran reconocidos como los expertos en cuestiones vitales, eran los custodios por excelencia de los valores cívicos y éticos, eran el aval de la sociedad para arreglar con justicia las disputas más difíciles entre particulares, eran los mentores por excelencia[1].

Bertrand Russel dijo en abono de esta percepción del maestro: ¡Una generación de maestros valientes y osados bastaría para cambiar al mundo, erradicando la injusticia y el sufrimiento para siempre! (On Education, 1926).

John Dewey afirmaba que le maestro era el único capaz de dar vigencia al precepto “Educar es enseñar a pensar, no qué pensar” y Noam Chomsky dijo en 1967 “Es responsabilidad de los intelectuales, decir la verdad y exponer las mentiras y eso, es tarea de los maestros.»

El maestro -por alguna causa que desconozco- dejó de ser un personaje intelectual, hoy en la prensa, la radio, la televisión y hasta en la misma Secretaría de Educación los que hablan de educación provienen de profesiones diversas que nada tienen que ver con la educación, y esto es un asunto que no entiendo. Me parece lógico que si se va a construir un puente se consulte a los ingenieros, o si alguien va a ser operado del riñón se consulte a un nefrólogo, y si se quiere montar una campaña de publicidad se consulte a un publicista, y de ninguna manera se tendría que consultar en estos casos a un maestro, esos temas no son materia de su especialidad; por eso, no acabo de entender, en qué cabeza cabe, que los ingenieros, biólogos, comerciantes, abogados y más, sean los que opinen y decidan las políticas y las acciones educativas sin ningún recato. Estoy seguro que si a un maestro usted le pregunta qué opina sobre la mejor forma de construir un puente, modestamente le dirá que lo ignora, o si le pregunta su opinión sobre un asunto jurídico, le diría con honestidad que no tiene opinión; en cambio, si usted le pregunta a un ingeniero o a un abogado su opinión sobre el tema más intrincado de educación, sin ningún pudor le dicta una cátedra como si tuviera una larga preparación y experiencia en el tema. Por eso la educación pública desde hace muchos años es dirigida por personas que ni egresaron de una escuela pública ni tienen familiares en ella, simplemente, como se dice en el argot popular «se avientan como El Borras«.

Es cierto que el nivel escolar de los maestros ha decrecido notablemente en las décadas recientes, pero también es cierto que muchos ingenieros escriben cebolla con “z” y muchos conductores de noticieros y programas diversos de televisión sostienen diariamente encarnizadas luchas contra la sintaxis y la ortografía y «salen victoriosos», y aún más, le agregan nuevos vocablos y expresiones del más novísimo cuño personal.

Una de las causas que más ha influido para que el maestro se repliegue y adopte una modesta presencia reducida al salón de clases es que la educación ha dejado de ser un derecho humano y ha pasado a ser una mercadería que la compra en la mejor calidad el que más dinero tiene, este es un asunto sumamente complejo donde lo político y lo económico han desplazado a lo ético y lo pedagógico que era su sustancia. ¡No lo entiendo!

Hoy en idea es inútil que el maestro tenga ideas sobre su materia de trabajo y los actores de la misma, porque no será escuchado. Sus ideas serán acalladas por un enjambre de “conferenciantes” y “especialistas” que recién han descubierto que hablar de la educación, sus fines y sus problemas da prestigio y aire de “intelectual”. De pronto este enjambre de “charlistas” escribe en los medios o publica libros como poseedor de una experiencia que le viene tal vez por revelación divina, ya que no hay trabajo de aula que avale sus dichos. También los hay, que nacieron en alguna normal pero temprano abandonaron las filas del magisterio activo, el “frente a grupo”, y se colaron hasta los cargos de “asesores técnicos pedagógicos” y dictan desde ese pedestal, las disposiciones y reglas que deben regir en las escuelas. Pareciera un sarcasmo, pero es una realidad: los que han fracasado en la enseñanza son los que con vehemencia se dedican a opinar sobre ella.

Hace ya algunos años la escuela y los maestros constituían un binomio indisociable encargado de formar hombres y mujeres armónicamente insertados en una sociedad sólida y en vías de perfeccionamiento permanente. Hoy, dentro de la crisis que vive la familia, el maestro y la escuela son la única alternativa razonablemente confiable, ordenada y moral que queda; pero por alguna razón, se multiplican los factores que atentan en su contra, al grado de que se la considera una especie de guardería con «intelectuales de tercera» que cuidan bien a los niños.

Si mis sueños se volvieran realidades  los maestros serían los amos y señores de las reformas educativas, serían consultados, dejarían de ser invisibles y no hibernarían en el salón de clases, la lógica así lo indica. Pero semejante situación sería un atentado contra los “intelectuales” que detentan hoy por hoy la hegemonía del conocimiento, en un espacio segmentado a gusto de los socios, donde los maestros ya no tienen cabida.

Y es que los maestros tenemos el problema de ser difusores de valores cívicos y éticos y no congeniamos con el darwinismo social y la feroz competencia del mercado. Los nuevos intelectuales ya han instalados sus fábricas de valores exprés para lo cual se han creado los corporativos apropiados.

Recuperar el lugar que le corresponde al maestro entre la “clase pensante” es muy difícil, no estamos en igualdad de condiciones, pero si nos apartamos de la avaricia y el egoísmo que caracteriza a los nuevos intelectuales y sustentamos nuestros actos en el servicio generoso que reivindica los fines y metas de la educación, si nos asumimos como portadores de un mensaje genético de clase y esa clase no es sectaria, sino la misma especie humana, podremos caer vencidos en el hoy, pero en el tiempo por venir, nuestra obra será irreversible y será una buena obra.

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[1] Mentor, fue el dador de consejos apropiados y de buena fe a Telémaco, hijo de Ulises, para que salvara a su madre de tanto pretendiente y a su padre en la recuperación del reino de Itaca, de ahí que el término se aplicara como sinónimo de maestro.

 

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