Pepe Resortera / Noticias Vox
se día, aprovechando una entrevista que me concedería una Fundación, había decidido explorar el barrio “La Corona” en Queens, la zona más densamente poblada de hispanos en Nueva York, por lo que me puse unos pantalones raídos y dejé colgado mi traje en un hotel de Manhattan.
En la estación Junction pregunté la dirección a un hombre que atendía un puesto de revistas. El individuo, un poco mayor y regordete, me orientó con paciencia y luego sacó una pequeña tarjeta en la que escribió otras dos direcciones diferentes.
“Mira: aquí puedes alimentarte. Te escribí la dirección y la forma de llegar en metro, aquí al lado te puse los datos de un lugar donde puedes dormir”, me dijo.
Yo me quedé impactado por el golpe de tres certezas que vinieron a mi mente, la primera: que realmente iba muy mal vestido, que el raquítico desayuno americano lo deja a uno con cara de hambriento y que estaba frente a un miembro del “Subterráneo para hispanos en Nueva York”.
Dada mi vestimenta; al hecho de que preguntaba por un lugar de asistencia; y mis rasgos hispanos; esta buena persona asumió que requería ayuda y en seguida me brindó lo que me podía dar. Asumió que era un inmigrante ilegal, pero no desconfió de mí, antes bien buscó prestarme ayuda.
“Toma, necesitaras un ticket de metro”, me dijo tendiéndome un boleto.
Estoy convencido de que parte de los males de nuestro mundo se deben a la ingratitud. A que muchos seres humanos no somos capaces de agradecer las bondades que recibimos de los demás.
Los buenos samaritanos escasean, es cierto, pero existen y muchas veces llegan en los momentos más oportunos y el mundo debe agradecer esto.
“Gracias, el boleto me servirá. Tenga”, le dije mientras ponía en sus manos un billete de 50 dólares.
“No es necesario, además el ticket no cuesta más de 5 dólares”, me dijo.
“Bueno es que así podrás tener en tu bolsillo otros nueve por si alguien más los necesita”, le dije.
El me miró desconcertado, y seguramente pensó que además de ilegal y de tener cara de hambriento, también estaba un poco deschavetado; pero no por eso dejó de sonreír mientras me alejaba.
Después de mi entrevista y de un largo recorrido entrevistando hispanos, de regreso a Manhattan, mi pensamiento se desvió por un momento a la comodidad del hotel en el que me hospedaba; con su lujoso bar; sus mullidas almohadas, con chocolates debajo; sus jabones y champú de cítricos y frutas; y sobre todo la hermosa vista de Nueva York desde mi habitación.
Recordé entonces la extraña historia de este hotel que inició una noche tormentosa en Filadelfia cuando un matrimonio entrado en años no encontraba donde hospedarse, porque había tres convenciones simultáneas en la ciudad.
El empleado de un hotel se preocupó cuando vio a los ancianos horrorizados por no tener un lugar donde pasar una noche tormentosa como aquella.
“Miren, no puedo dejarles ir sabiendo que no encontrarán ninguna habitación en ningún otro lado, si aceptan la incomodidad les puedo ofrecer mi propia habitación, yo me arreglaré en el sillón de la oficina”, les dijo.
Al principio los ancianos rechazaron el ofrecimiento, para no incomodar al joven, pero ante su insistencia accedieron.
A la mañana siguiente al despedirse, el hombre mayor le dijo:
– “Usted es el tipo de persona que yo quisiera para dirigir mi hotel, si lo tuviera. Tal vez algún día construya uno y entonces lo buscaré”, dijo.
Pasaron los años y un día, en el momento más inesperado, el empleado hotelero recibió una carta de aquel hombre en la que le informaba que había construido un hotel y su puesto lo estaba esperando. La misiva incluía un pasaje a Nueva York.
El anciano, cuyo nombre era William Waldorf Astor lo llevó a la Quinta Avenida y la calle 34 y le entregó el hotel que dirigiría. Fue así como George Boldt se convirtió en el primer gerente del hotel más lujoso de Manhatann. El hotel en el que me hospedaba en ese momento.
Al entrar, un botones, con una enorme sonrisa, me preguntó en un pésimo español, y en evidente alusión a los lugares que habría visitado vistiendo como lo hacía.
-“¿Le fue bien al señor en su excursión?”
“Me fue estupendo, muchas gracias por preguntar”, le respondí y subí apresuradamente para recibir la recompensa de un agradable baño y una mullida almohada.
Ya en mi habitación, y viendo brillar Nueva York, recordé con gratitud al señor Waldorf por haber sido un hombre agradecido y di gracias a la vida por tratarme tan bien mientras levantaba la almohada para descubrir un delicioso chocolate amargo dejado por la mucama.
“Mmmm, mañana yo le dejaré uno a ella por lo reluciente que está la habitación”, pensé mientras me sumergía en las albas sábanas.

