Jorge Pedraza Salinas
Vida, amor, triunfo. Bastan estas palabras para identificar al personaje al cual habremos de referirnos este día. Se trata, como ya lo habrán advertido los lectores, de don Jesús Garza Hernández «Don Chucho», un hombre que vivió muchos años sin llegar a ser viejo nunca.
En efecto, Jesús Garza Hernández nació en 1914 –tendría ahora 100 años–, pero era difícil adivinar su edad. Se conservó siempre joven, física y espiritualmente.
Don Chucho acostumbraba despedir a diario su programa de televisión «Codazos» con estas tres palabras de un gran significado: vida, amor, triunfo. Que más se puede desear a los demás que una buena vida plena de amor y triunfos.
Por espacio de tres décadas, Don Chucho mantuvo vigente su programa de televisión «Codazos», lo cual hizo que este programa fuese candidato a ingresar al récord de los Guinness. Y lo hizo siempre de buen humor, respaldando siempre sus dichos, dando la cara.
Es importante recalcar lo anterior. Algunos periodistas que abordan los temas políticos acostumbran el uso del seudónimo, tal vez por modestia o tal vez por no arriesgarse. En el caso de Don Chucho, debe señalarse que siempre supo dar la cara y también supo dar la mano en señal de amistad, esa amistad que él supo cultivar.
Una vida es mucho más vida cuando se comparte. Garza Hernández supo compartir lo que él sabía, sus experiencias y sus inquietudes, salpicadas siempre con una dosis de buen humor.
«Codazos» es un ejemplo que debe continuarse. Sin embargo aquí se aplica una vez más la frase: Don Jesús ha dejado un hueco difícil de llenar. El era el alma del programa. Elaboraba desde el guión diariamente, leía, improvisaba, entrevistaba. En fin, hacía de todo y lo hacía muy bien.
DEJA CAER LA SEMILLA
Era originario de Linares, Nuevo León, de donde salió a recorrer los caminos del mundo, como el personaje de su poema «Juan Camino»:
Juan Camino, Juan Camino,
cuando vuelvas a pasar
por estos viejos caminos,
deja caer la semilla
para volver a sembrar.
Era hijo de José Garza Alanís, un conocido tenedor de libros de la Hacienda de Guadalupe y de María Hernández Cervera, quien fuera hija del Presidente Municipal de Gómez Palacio, Durango, en los tiempos de don Francisco I. Madero como Presidente de México.
Hizo sus estudios primarios en el Colegio San José de la ciudad de Monterrey y posteriormente ingresó a las aulas del Colegio Civil. Desde temprana edad –tenía apenas 12 años– empezó a trabajar en una cadena de cines y teatros de esta ciudad: el Circuito Rodríguez. Ahí conoció a un hombre que se recuerda con mucho afecto: al periodista, músico e historiador don Manuel Neira Barragán.
Es la época del cine mudo en Monterrey. Garza Hernández se inicia luego en el periodismo, cuando todavía no cumple los 20 años. El periódico «El Tiempo», ya desaparecido, le abre sus puertas. Ahí conoce a personas que le ayudan como el profesor Oscar F. Castillón, el autor de aquella columna que llevaba por título «Balaustrada».
El joven Jesús recorre las calles de Monterrey y encuentra a los jóvenes en actitud de lucha.
¡Y yo buscaba amor!
¿Serán los estudiantes de nuevo cuño
o será que en mi vida se está haciendo de noche?
En sus ojos no había amor, ni paz ¡había odio!
y la ciudad entera era su podio…
Más yo sentía amor
y ese era mi dolor…
Mi mundo era mi amor por ti…
Y acaso sin saberlo siempre lo presentí!
A los 23 años se casa con Elsie Rapport Galindo, quien habría de ser su compañera de toda la vida. De su matrimonio nacen cuatro hijos: Jesús, Elsie, Sonya y Lilyann.
Entre los papeles que dejó al morir, Don Chucho nos legó una «Pequeña autobiografía»:
…Y que te asombra de mí
si he logrado conjugar
en una hermosa mixtura
tres razas,
tres sangres,
tres ríos…
tres corrientes impetuosas,
tres pigmentos que en la piel,
serán signos de firmeza…
Incursiona durante algún tiempo en el periodismo escrito. Se encarga de la página deportiva de «El Tiempo». Después es editorialista en «El Porvenir», en donde mantiene la columna «Sinfonía matinal».
EN BUSCA DE HORIZONTES
Posteriormente viaja a la Capital de la República, en busca de horizontes más amplios. Allá se relaciona con destacadas personalidades. Es el iniciador del primer programa en vivo de la televisión mexicana: las luchas en Televicentro. Conoce a María Félix, Pedro Infante, Dolores del Río, Miroslava y muchos artistas más.
En el año de 1953, está de vuelta en Monterrey. Se incorpora al antiguo Canal 3 de televisión (ahora Canal 2), en donde inicia el programa «Aceptaciones». Su buena voz, su presencia grata, su respeto hacia el público, le abrieron las puertas de los hogares regiomontanos. Al mismo tiempo, colabora en las páginas del diario «El Norte». Posteriormente trabajó en el periódico «Tribuna de Monterrey», en donde publicaba una página dominical con la colaboración gráfica del maestro Alfonso Reyes Aurrecoechea, también de grata memoria.
En otro de sus poemas, Garza Hernández nos cuenta:
Yo llené los espacios de mi vida vacía…
Locutor, periodista,
promotor, humorista,
quizá nunca fui nadie
pero nadie me impuso su razón o su ley…
Formé, estructuré la vida de muchas gentes…
Los tomé, les di forma
les di mi tiempo y mi espacio
y jugué después con ellos…
¿Por qué lo hice?
Ese era mi juego…
Esa era la regla de mi vida…
Ese era mi destino…
Poseía un gran sentido del humor. Era jovial, dicharachero, bromista. Cuando en el poema anterior dice: «ese era mi juego», nos recuerda que su vida parecía ser un juego, un divertido juego donde siempre estaba presente su sentido del humor.
AL FINAL, YO TE SONREIRÉ
En su vida se relacionó con artistas y luchadores. También conoció a escritores como Alfonso Reyes, Pedro Garfias y León Felipe, entre otros.
Escribió poemas y canciones.
Hemos de concluir en esta ocasión, con el poema que tituló «Al final»:
¡Allí está mi cadáver!…
Y ese es el hombre que cargo este bagaje.
Ese rostro, esa nariz, esa presencia.
Cabalgó sobre los 7 pecados capitales
y de pronto sus ojos se apagaron
para volver de nuevo hacia la nada.
¡Allí está mi cadáver!…
Si recuerdas algún favor que te hice,
si dejé para ti una palabra noble,
si algún día, temeroso, te besé…
Si viste en mí algún soplo de ternura,
Si olvidas lo malo y lo bueno quedó
y logras perdonar tantos errores…
Entonces, desde arriba yo te sonreiré…

