Jorge Pedraza Salinas
En un texto titulado «La muralla y los libros» (1950), el gran escritor Jorge Luis Borges nos relata como el Emperador Huang Ti, el hombre que ordenó la edificación de la muralla de China, dispuso también que se quemaran todos los libros anteriores a él.
«Cercar un huerto o un jardín es común; no, cercar un imperio. Tampoco es baladí pretender que la más tradicional de las razas renuncie a la memoria de su pasado, mítico o verdadero. Tres mil años de cronología tenían los chinos (y en esos años, el Emperador Amarillo y ChuangTzu y Confucio y Lao Tzu), cuando Huang Ti ordenó que la historia empezará con él».
Esto que nos relata Borges, lo habíamos leído ya con anterioridad en las obras de un gran amigo suyo, el mexicano universal don Alfonso Reyes. En efecto, en «La moraleja de un libro», texto publicado nueve años antes (1941), Reyes afirma:
«El año 221 a.c., el emperador chino Che-Wang-Ti, no contento con levantar la Gran Muralla, destruyó la mayoría de los libros existentes y, de paso, mandó cortar la cabeza a más de cuatrocientos sabios que amenazaban con seguir escribiendo. Más tarde, los eruditos chinos se vieron en la necesidad de reconstruir los sagrados textos ¡de memoria! Sería preferible, por lo que pueda suceder, que nuestros hijos no se vean en trance semejante. Dejémosles la tarea preparada».
Lo dicho por Borges y Reyes se ha venido repitiendo a través del tiempo. Gobernantes y conquistadores llegan al poder y echan abajo lo realizado por sus antecesores, en lugar de aprovechar los avances anteriores. Es lamentable que en ocasiones no se tome en cuenta el pasado y se pretenda que la historia se inicie cada vez que hay un cambio de gobierno. Eso sería partir de cero. Es entonces cuando se corre el riesgo de caer en los mismos errores en que se ha incurrido con anterioridad.
EL TIEMPO Y LA ETERNIDAD
Otro de los temas en los libros de ambos, es el de los laberintos como símbolo del espacio complejo y cerrado que contiene la vida misma. También el tiempo y la eternidad adquieren una gran importancia en sus obras.
Cuando alguien le hablaba de las amenazas de muerte, Borges comentaba: ¿de qué otra forma se puede amenazar que no sea de muerte? Lo interesante, lo original, sería que alguien lo amenace a uno con la inmortalidad.
A Borges le gustaban las tardes de oro de junio. Un día de junio se nos fue. Tiempo atrás había escrito su poema «Junio, l968», en el cual nos habla –una vez más– del regiomontano Alfonso Reyes:
«Y a Reyes –dice en ese texto– no le desagradará ciertamente/ la cercanía de Virgilio». He aquí otra parte del poema: El hombre, que está ciego,/ sabe que ya no podrá descifrar/ los hermosos volúmenes que maneja/ y que no le ayudarán a escribir/ el libro que lo justificará ante los otros,/ pero en la tarde que es acaso de oro/ sonríe ante el curioso destino/ y siente esa felicidad peculiar/ de las viejas cosas queridas.
Lamentablemente, a Borges le sucede lo que a Reyes y a muchos otros escritores: la gran mayoría no los lee, a pesar de la grandeza de sus trabajos.
A propósito de las obras de Borges que le envió a don Alfonso Reyes y que se localizan en la Capilla Alfonsina, hemos de comentar una anécdota. Se refiere a «El tamaño de mi esperanza».
La anécdota prometida es ésta:
En 1971, cuando recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Oxford, durante una tertulia que se ofreció en su honor, alguien recordó la existencia de «El tamaño de mi esperanza» y Borges intentó negarlo. Al día siguiente alguien le llamó por teléfono para informarle que a unas cuantas cuadras podía encontrar el libro en la Biblioteca Bodleiana.
–«Estoy perdido –le dijo a María Kodama–, ¿qué vamos a hacer?»
Ahí estaba esa obra de juventud recordándole su existencia.
A propósito de María Kodama, la viuda de Borges, estará en Monterrey antes de que concluya el presente año, para participar en la Cátedra «Alfonso Reyes»
UN LIBRO DE 50 MIL DÓLARES
En noviembre del año 2003 apareció en la prensa nacional e internacional la noticia relativa a la venta de un libro de Jorge Luis Borges, considerado sumamente raro, ya que sólo se editaron 300 ejemplares del mismo. Según la nota publicada en «El Universal» (19 de noviembre de 2003), el libro era «Fervor de Buenos Aires» y su precio de subasta en Londres era de 50 mil dólares.
Este libro, como muchos otros del escritor argentino, se encuentra en la Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Fue editado en el año de 1923 y tiene la siguiente dedicatoria:
«A Alfonso Reyes, hombre de docta perspicacia. Jorge Luis Borges».
Hay otros libros de Borges en la Capilla Alfonsina de la UANL, que también son verdaderas joyas.
Están, por ejemplo, «Evaristo Carriego», «Historia Universal de la Infamia», «Luna de Enfrente», «Otras Inquisiciones», «Historia de la Eternidad», «Discusión», «El Idioma de los Argentinos», «El Tamaño de mi Esperanza» y otros, así como las Revistas Sur y El Hogar, en donde se pueden encontrar numerosos textos.
Por ejemplo, en «Discusión», obra editada en Buenos Aires en 1932, escribe:
«A Alfonso Reyes, cuya doctrina, cuyo nombre, cuya alusión, son justificación de estas páginas. Jorge Luis Borges».
En «El tamaño de mi esperanza», de 1926, anotó:
«A Alfonso Reyes, agradeciéndole el envío de Pausa y el haberlo escrito. Su lector Jorge Luis Borges».
En «Historia de la eternidad», de 1936, se encuentra esta dedicatoria:
«A Alfonso Reyes, con la gratitud de su repetido lector. Jorge Luis Borges».
En «Luna de enfrente», de 1925, Borges escribió estas palabras:
«A Alfonso Reyes, con justiciera admiración y entera amistad. Jorge Luis Borges.»
En «Otras inquisiciones», de 1952, le dice:
«A Alfonso Reyes, con la nostalgia y la amistad de JORGE LUIS BORGES».
EL MEJOR PROSISTA
Lo cierto es que ese gran escritor sentía una gran admiración por nuestro Alfonso Reyes. Aunque había una diferencia de diez años de edad (Reyes había nacido en 1889 y Borges en 1899), hubo entre ellos una amistad que se prolongó a través del tiempo y la distancia. De ello ha quedado constancia también en la correspondencia que guarda celosamente Alicia Reyes, nieta del ilustre humanista regiomontano.
En innumerables textos y entrevistas, Borges reconoció en Alfonso Reyes al maestro. Uno de los mayores elogios, lo hizo cuando dijo:
«Para mí el mejor prosista de la lengua española de este y del otro lado del Atlántico sigue siendo el mexicano Alfonso Reyes. Tengo recuerdos muy gratos de su amistad, de su bondad… Para mí fue un escritor ejemplar, y su obra, una gran obra. Si tuviera que decir quien ha manejado mejor la prosa española, en cualquier época, sin excluir a los clásicos, yo dría inmediatamente: Alfonso Reyes».

