La suspicacia estéril

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broken mind
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Por Martín Bonfil Olivera
Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM

Una de las piedras angulares del método científico, responsable en gran parte de su poder explicativo y predictivo, es el pensamiento crítico.

Como dicen los especialistas norteamericanos en enseñanza de la ciencia James Rutherford y Andrew Ahlgren (Science for all americans, Oxford University Press, 1990, traducido como Ciencia, conocimiento para todos, SEP, México, 1997), “La ciencia se caracteriza tanto por su escepticismo como por su apertura. Aunque una nueva teoría puede recibir atención seria, en ciencia rara vez ganará una aceptación generalizada hasta que sus promotores puedan mostrar que hay evidencia que la apoya, que es lógicamente consistente con otros principios que no están en duda, que explica más cosas que las teorías rivales y que tiene el potencial de llevar hacia nuevos conocimientos. La educación científica puede ayudar a los estudiantes a apreciar el valor social del escepticismo sistemático y a desarrollar en sus mentes un saludable balance entre apertura y escepticismo”.

Desgraciadamente, en México la educación en general, no sólo la científica, pasa por una crisis severísima, y lo que en nuestra población debiera ser un pensamiento crítico basado, antes que nada, en un sentido común educado y nutrido por conocimientos, y apoyado en unescepticismo informado (no irreflexivo) se ha convertido en lo que podríamos llamar una suspicacia estéril, un sospechosismo pernicioso: una inteligencia estúpida.

Dos botones recientes de muestra: en 2009, cuando la pandemia de influenza que comenzó en nuestro país se extendía por todo el mundo, surgieron voces que hablaban de una supuesta conspiración para lanzar el virus, que habría sido traído por el presidente Obama en una visita que coincidió con el brote. Al mismo tiempo, se habló de un complot del gobierno de Felipe Calderón para crear alarma con una epidemia inexistente. (“Qué influenza ni qué ocho cuartos”, recordará usted que declaró en esos días su eterno contrincante, Andrés Manuel López Obrador).

¿La realidad? Como se discutió en su momento en este espacio, se trató de una epidemia real, con un riesgo potencial alto, ante la que se reaccionó de manera adecuada conforme a las normas internacionales, y que finalmente resultó, por suerte, ser menos mortífera de lo que se temía.

Caso dos: el reciente huracán “Patricia”. Se trata del fenómeno que más rápidamente ha crecido, en la historia conocida, de ser una tormenta tropical a huracán categoría 5. Nuevamente, se actuó conforme a las normas internacionales de prevención de desastres, informando ampliamente a la población y tomando medidas de protección. Al final, el huracán resultó mucho menos dañino de lo temido, pues fue igualmente el que más rápidamente ha bajado de categoría 5 a 1 y a tormenta, para luego desvanecerse. (Aunque no dejó de haber graves daños: el pueblo de Chamela, en Jalisco, entre Manzanillo y Puerto Vallarta, fue gravemente castigado, y la Estación de Estudios Biológicos que la UNAM tiene ahí quedó casi destruida. Actualmente se está estudiando en qué medida el comportamiento atípico de Patricia puede ser consecuencia del cambio climático global.)

Y nuevamente, los rumores y comentarios sobre un supuesto complot o cortina de humo por parte del gobierno mexicano para distraer a la opinión pública de temas más importantes, de “un experimento masivo de manipulación de masas” y demás despropósitos se apoderaron de las redes sociales. (Dejemos de lado, por el momento, las declaraciones de Peña Nieto sobre la “energía positiva” de las cadenas de oración como herramienta para combatir huracanes.)

Podríamos mencionar otros casos. El punto es que una proporción importante de los ciudadanos mexicanos, sobre todos los que tienen acceso a internet y redes sociales, está cayendo en el fenómeno conocido como “conspiranoia”: la tendencia a desconfiar de todainformación oficial, independientemente de su intención y de la evidencia que la soporte, para adoptar teorías de complot que suponen que los gobiernos –u otros poderes más oscuros– conspiran haciendo planes secretos para engañar a la población.

Sí: el pensamiento crítico –del que el método científico es un refinamiento– exige no aceptar a ciegas las afirmaciones, sino ponerlas en duda y exigir evidencia. Pero no todas las afirmaciones merecen ser puestas en duda, si no hay razones para ello. Y la evidencia que nos lleve a aceptarlas o descartarlas debe ser confiable: haber sido verificada directamente o provenir de fuentes dignas de crédito. Además de que los razonamientos que nos lleven a aceptar o rechazar una idea deben ser lógicamente coherentes, no sólo “sonar bien”.

El rechazo a la información fidedigna sobre epidemias (influenza, VIH, chikunguña), desastres naturales (huracanes, temblores, cambio climático), vacunas y otros temas es más bien de tipo ideológico: rechazamos las ideas que no nos gustan o que vienen de fuentes con las que no comulgamos (como el gobierno), y luego hallamos maneras de racionalizar ese rechazo.

Tristemente, ésta es la receta para ser un país cada vez más atrasado. La manera de resolver nuestros problemas no es desechar por sistema toda la información que provenga de la autoridad, sino someterla a un examen crítico, sí, pero sensato e informado, y tratando de evitar sesgos ideológicos. De otro modo, seguiremos enriqueciendo a los charlatanes que nos venden remedios milagro o “fenómenos ovni”, mientras rechazamos la información que nos puede permitir protegernos y mejorar nuestro nivel de vida.

http://lacienciaporgusto.blogspot.mx/2015/11/la-suspicacia-esteril.html

 

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