Gabriel Contreras
Dentro del campo de los procesos artísticos, el trabajo de creación escénica es una de las actividades que nos imponen mayor riesgo, mayor esfuerzo y más grandes sorpresas y exigencias.
Y eso lo digo no porque considere que las otras artes son fáciles o leves, sino precisamente porque muchas de ellas son unidireccionales, o digamos… enfocables.
La creación escénica implica pensar muchas rutas de producción al mismo tiempo.
O sea que tú, como director o como escritor o como ambas cosas, tienes que pensar en asuntos de coreografía, de música, en temas de vestuario, de escenografía, etcétera, y no porque tú lo vayas o lo tengas que resolver, sino porque tu trabajo será crear los “pretextos” para todos esos asuntos.
Obvio, al menos para mí, no se trata sólo de escribir, sino de plantear atmósferas, visiones, incluso melodías o ritmos, que a la hora de la hora otros van a resolver, pero que si yo no los imagino claramente, pues prefiero no plantearlos.
Por eso, para mí, crear un espectáculo implica tomar fotos, tocar la guitarra, dibujar, improvisar, actuar a tu manera, y por supuesto escribir y discutir.
Por eso es que jamás entenderé cómo le hacen los directores que no saben escribir, o los dramaturgos que no son capaces de actuar o de dirigir.
Lo esencial de crear un espectáculo es, precisamente, al menos para mí, aprender a aprender.
Así pues, no entiendo cómo hacen para soportar la tentación de ir más allá de los límites convencionales de su oficio. No entiendo, la verdad, pero, como dice Serrat, cada cual muere a su modo, y qué se va a hacer si ha de haber gente pa todo.

