Gabriel Contreras
Cada comunidad se esmera en crear sus sistemas de registro e información. Así, acumulando narraciones, se establece un grupo de historias a las que, en algún momento se clasifica como “la verdad” y, tiempo después, esa “verdad” sufre otra cierta metamorfosis y se pavonea como la “historia” en sí misma.
La Historia, con mayúsculas, no es en el fondo sino un producto standard, una convención proveniente de un licuado de versiones más o menos verosímiles, más o menos creíbles.
A partir del uso de diversas tecnologías de la información, la narración de nuestras tragedias, hoy en día, ha adquirido una prontitud y una potencia expansiva inusitada y extraordinaria.
Hoy, resulta difícil ocultar la fotografía de un montón de cadáveres, y es difícil también disimular el gesto dudoso, asustado o complacido de un gobernante o una víctima.
Sin embargo, existe una manera paradójica de ocultar esas estampas informativas: el exceso.
La dinámica de las redes sociales colabora muy eficazmente a la ocultación de la información peligrosa o subversiva a través del exceso.
La foto de una periodista o de un niño asesinado, llega a compartirse tantas veces, que el objetivo inicial de informar o cuestionar, acaba por borrarse, y la imagen documental se convierte, en el paso de un muro a otro, en un objeto visual X, un recipiente vacío.
Así, el periodista y el niño, y la gorda y el enano, y el perro y el negrito, se convierten en estereotipos, o bien en historias “graciosas”, tiras cómicas de un solo cuadro, cuyo objetivo fundamental es distraer, divertir, y generar la risa.
Esos objetos, que intercambiamos a cada minuto, es lo que nos gusta llamar memes, y su sentido es, precisamente, secar la memoria. Son todo, menos una huella mnémica, los “memes”, hoy, son precisamente amnesia, vendas para los ojos, y más, son vendas para el cerebro entero.
Quizás, de alguna manera, hoy, los memes hacen lo que en otro tiempo hacía la televisión, naturalizar la violencia, y vacunarnos contra ella, convirtiéndola en “algo divertido”, ajeno, y terriblemente disfrutable.

