Gabriel Contreras
Ser creativo es lo de hoy.
Hay más creativos que ciudadanos.
Está de moda parecer creativo. No tanto ser como parecer. Es algo que tiene que hacerse notar en el peinado, los zapatos, la camiseta, la selfie. Tiene que verse en los anteojos, el sombrerito, la manera de llevarse el café a la boca…
La creatividad como avatar, como arma de seducción, la creatividad como tarjeta de presentación. Soy un empresario creativo, un músico creativo, un elotero creativo, un dibujante creativo, un taxista creativo, un escritor creativo, una pared creativa, un hígado creativo, un obrero creativo, un mesero creativo, una prostituta creativa, soy, soy soy…
Ok.
Las palabras creatividad e innovación se han ido cargando de cierto prestigio internacional a lo largo de los últimos treinta o cuarenta años. Hoy, más que palabras son contraseñas. Así, podríamos hablar hoy de algunos “héroes” o símbolos vivientes (Gates, Jobs, Catmull, Wozniak), quienes se han paseado por la vida con las palabras CREATIVO e INNOVADOR estampadas en la frente. No está mal, eso es bonito.
Sin embargo, ni son los únicos ni son las suyas aventuras solitarias o independientes. En realidad, cada uno de estos casos ha sido cocinado en una sartén con ingredientes básicos y plenamente identificables, como una coyuntura histórico-social, una red familiar, un momento económico, un esfuerzo de generaciones, cierta inteligencia un tanto anormal (tan anormal es un idiota como un genio) y una pizca de suerte y casualidad.
Ahora bien, leer las historias personales de Jobs, Wozniak y Catmull no solo es divertido e interesante. En muchos sentidos es incluso ilustrativo. El problema está en quedarse ahí, de veras. El hecho es que podemos llenar los anaqueles de nuestra biblioteca y un par de discos duros con películas, audios, clips, libros, fotos y bosquejos de la vida de cada uno de ellos, y eso en realidad jamás nos volverá creativos ni innovadores, mucho menos inteligentes. La imaginación, desgraciadamente, no se contagia. Si alguien supone que la imaginación se contagia, pobre de él, porque de eso simplemente no hay manera. Avancemos: esas lecturas y esa colección, simplemente, nos llenarán la cabeza de DATOS. Eso es todo.
O sea que en realidad al leer una y otra vez el famoso libro de Isaacson, puede que estemos, sencillamente, perdiendo el tiempo.
¿Cómo convertir nuestra admiración por los creativos en algo útil? ¿Cómo hacer de esta colección de libros y reliquias algo más que un tesoro personal?
Es una cuestión de método. Veamos.
Jobs, Gates, todos ellos trascienden y siguen trascendiendo en nuestro escenario de conocimiento, no tanto por su arrojo en materia de creación de software o interconexiones digitales, como por lo inesperado de sus métodos de organización, indagación y elaboración.
Quiero decir que lo esencial de ellos realmente no está en su aventura, en sus biografías, en sus fracasos escolares y sus triunfos empresariales, sino en sus ópticas, en su estilo de preguntarse cosas, de generar respuestas, y de desechar hipótesis o herencias de conocimiento.
Lo que estoy planteando es muy sencillo y estrictamente básico. Ser admiradores de Jobs no le sirve de nada a nadie, ni siquiera a los herederos de Jobs como marca. Ser fan de las películas de Pixar o de los diseños de la Mac no sirve de nada, excepto si se averigua, se desentierra, o se deduce cuáles son, han sido o serán las metodologías creativas que han dado lugar a esos logros tecnológicos en términos de investigación, invención, administración, profundización y marketing.
Esas preguntas metodológicas, desgraciadamente, habrán de remitirnos a cosas tan intrincadas como escasamente divertidas. Cosas como dinámicas de grupo, tormentas de ideas, juegos matemáticos, manejo del azar, localización de tendencias, etcétera, es decir cuestiones eminentemente prácticas, que no están relacionadas con el estilo de unos shorts, una playera o unos tenis.
Así entonces, pensamos en la palabra método. Ok. ¿y entonces qué pasa?

