Violín a bordo

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Gabriel Contreras

Es junio, son las dos de la tarde y Alejandro toca “Morir por tu amor”. Poco a poco, el camión se va llenando, la mayor parte de los usuarios son estudiantes, gente que va desde el sur de Monterrey hasta Ciudad Universitaria.

“Poco a poco se va juntando”, esa es la idea con la que Alejandro sale de su casa todas las mañanas. Nació el 9 de agosto, hace 29 años. Su muro de Facebook lo muestra risueño, y siempre en friega: vestido de mariachi, con cuerera de la huasteca, con un acordeón o con el violín en la mano.

Estudió en el CEDART pero no terminó: “estaba chavillo, decidí buscarle por mi lado”.

Una nota de Televisa muestra como algo extraordinario al “violinista del camión”, pero Alejandro no ve eso como algo raro, es simplemente un trabajo. “Yo soy una persona rara y no me gusta tener problemas con la gente, así que trabajo solo”.

Trabajó con un grupo y en un bar, pero nada de eso le gustó, así que volvió a lo suyo. Todos los días, va del 214 al 209, y de ahí al 222. No tiene problemas, excepto que alguien no le dé permiso de tocar, pero no pasa nada.

¿Qué sueña Alejandro Hernández? Imposible saberlo, pero podría ser que en ese sueño un inmenso público se ponga de pie y aplauda como ningún otro, y la palabra Alejandro corra en boca de todos. Podría ser. O podría ser que duerma tan cansado, que no le queden fuerzas ni para soñar.

Al llegar, de noche, hace cuentas, y no puede quejarse. “Muchas veces me preguntan que por qué toco en el camión. Es muy simple: la gente me ve y me da dinero. No se puede vivir del amor al arte”.

-¿Escuchabas Opus?

-Cuando quería oír algo tranquilo, sí.

-¿Has visto las notas que se publican sobre ti?

-No.

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