
Ismael Vidales Delgado
Era un hombre de baja estatura, obeso, desaliñado y calvo. Su fealdad no le causó ningún problema, sus amigos la hacían notar y él mismo la festejó de vez en vez.
Fue pobre y no muy adicto al trabajo físico. Se entretenía como cantero, pero trabajaba sólo lo estrictamente necesario para mantener a su mujer y a sus tres hijos. Lo suyo era charlar con la gente. Su madre ayudaba a las mujeres a parir niños, él ayudaba a los hombres a “parir ideas” mediante su método, la mayéutica. Por supuesto que estoy hablando de Sócrates.
Vivió en Atenas donde era de sobra conocido, se cuenta que una vez, uno de sus amigos preguntó al oráculo de Delfos ¿quién es el hombre más sabio de Atenas? Y el oráculo contestó ¡Sócrates! quien explicó esta respuesta del oráculo diciendo: ciertamente soy el más sabio entre todos los atenienses porque yo soy el único que declara que lo único que sé es que no sé nada.
Sócrates iba por las calles de Atenas predicando filosofía y lógica, se acercaba sin titubeos a los más eminentes ciudadanos, a un gran orador, o a cualquier ciudadano, y le preguntaba lo que le venía a la mente, Hombres ricos de países tan distantes como Sicilia enviaban a sus hijos a seguir a Sócrates en sus paseos y asistir a sus peculiares controversias. Sócrates se negaba a cobrar ninguna clase de honorarios.
Platón fue discípulo de Sócrates, y Aristóteles lo fue de Platón. Para los jóvenes, Sócrates parecía el más pacífico de los hombres, pero para sus detractores era un revolucionario. Dos cargos fueron formulados contra Sócrates: el de no creer en los dioses venerados por la ciudad; y el de ser “corruptor de la juventud”. Sócrates fue juzgado ante un jurado formado por 501 ciudadanos y se le condenó a muerte. Le quedaba el recurso legal de apelar y obtener el perdón a cambio de aceptar el ostracismo al que se solía condenar a los perjuros. Pero él se negó a pedir perdón o clemencia, pues nunca aceptó su culpabilidad.
“Una de las cosas en las que yo creo es en el imperio de la ley”, dijo a los discípulos que acudieron a la cárcel para recomendarle que huyera. “El buen ciudadano, como os he predicado tantas veces, es el que obedece las leyes de la ciudad. Las leyes de Atenas me han condenado a muerte, de lo que se deduce lógicamente que, como buen ciudadano, debo morir”.
Platón describe en su diálogo Fedón la última noche de Sócrates: el maestro pasó aquella noche, como había pasado tantas otras, discutiendo sobre filosofía con sus jóvenes amigos. El tema que se discutió versaba sobre si existe o no otra vida después de la muerte. Hasta el fin, Sócrates conservó su serenidad y no dejó que la emoción influyera en su razonamiento. Aunque sabía que iba a morir al cabo de algunas horas, continuó discutiendo, desapasionadamente y con toda lucidez, sobre la posibilidad de una vida futura. Al aproximarse a la hora fatal, los discípulos se congregaron alrededor del amado maestro y prepararon sus corazones para el horror de verle beber la copa del veneno (el sumo de la planta venenosa llamada cicuta).
Cuando se le acercó la copa, Sócrates dijo al sirviente: Tú que estás al tanto de todos los detalles de este asunto, dime lo que tengo que hacer. Bebe la cicuta ─le contestó el sirviente─; a continuación, te levantas y das unas vueltas por la habitación hasta que sientas que las piernas se te entumecen. Entonces te acuestas y el sopor te invadirá hasta llegar al corazón.
Sócrates, deliberada y fríamente, procedió como se le había dicho; tan sólo detenía sus pasos para reprocharles a sus amigos los sollozos y lloriqueos que emitían. Los reprendía diciendo que no había razón para sus lamentos, pues siempre había obrado de forma correcta y razonable.
Su último pensamiento fue para una pequeña deuda que había olvidado. Se quitó el paño con que había cubierto su cabeza y dijo: ─Critón, le debo un gallo a Esculapio; cuídate de que se pague la deuda.
Luego, cerró los ojos, volvió a cubrirse con el paño, y cuando Critón le preguntó si tenía otra cosa que mandarle, ya no obtuvo respuesta.
