A los que hacen guerra

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Ismael Vidales

En aquellos años del 68 al 74 yo era ya maestro de la escuela Normal “Miguel F. Martínez” y Director de los Cursos Intensivos de la Normal Superior, aunque la norma me obligaba a “guardar distancia” de los estudiantes, mi vinculación era evidente, tanto que en su momento vino el despido de la Miguel. De aquellos años, todos guardamos algo, yo atesoro estos textos que compartí profusamente con mis alumnos y que eran material muy apreciado para aquella extraordinaria experiencia de Abigael Bohórquez, la poesía coral. Cierto de su nulo valor poético, quedan como testimonio del compromiso de clase.

¡Destruyan! Destruyan sus conciencias y hagan resurgir de sus cenizas: flores, esperanzas, quimeras… tal vez sueños, locura… placer.

¿Sabes que estás haciendo? Tu que arrancas la vida y perforas un vientre; lanzas la granada, hundes la bayoneta, interrumpes un sueño, pisoteas una almohada…

¿Sabes qué estás haciendo? Estás abriendo un hoyo aquí en el cementerio… para saciar tus ganas.

Deja ya esas armas. Llena tu rostro de la mañana limpia, de la brisa que canta, del sol que reconforta, la risa dibujada en la cara de un niño que sueña en el mañana.

Deja ya esas nupcias de muerte, los ritos de metralla, la nafta impregnada en la calle inundada de voces y de sangre que no verán más nada.

LA NOTICIA DE TODOS LOS DÍAS

(Reflexión sobre la injusta invasión de EU a Viet Nam, puesta en poesía coral por alumnos de la Normal Miguel F. Martínez, con la participación de Laura Estrella Flores y Álvaro Ariel Guadiana)

Hoy de nuevo he visto los diarios manchados de sangre. Como de costumbre, sus tráqueas fueron degolladas.

¡Miento! ¡No fue un Diario lo que tuve entre mis manos! Era un trozo de acero oloroso a reses sacrificadas. Vi cómo de cada uno de sus agujeros salen aún borbotones de sangre. Casi escuché sus gemidos, palpitan todavía, tiemblan todos.

Cada día me levanto esperando noticias más bonitas. ¡No quiero ya más guerras ni degüellos de hermanos! Viet Nam es un pobre cordero cuya abertura no deja de sangrar. Sus ojos empiezan a cubrirse de una tela blanquecina: ¡Señal de muerte!

Parece que los carniceros no han saciado su sed. Han partido en dos, tres, cien pedazos a un pueblo débil. ¡A un hermano!

Las porciones no alcanzan para todos. Nuevamente las navajas de hunden en el cuerpo. Nuevos trozos… más inmundicia en las manos de por siempre rojas.

Hoy los diarios trajeron sangre nuevamente. Los carniceros siguen negociando… troceando; mientras nosotros, tú y yo, todos, civilizadamente…mansamente, damos vuelta a la página… y esperamos el Diario de mañana.

EL POBRE JOE

(Leída por el inolvidable actor “Chemo” Zambrano en una velada literaria en el Instituto Mexicano Norteamericano de Relaciones Culturales, 1969)

…Y allí lo tiene usted: helado y tendido sobre una plancha de hierro.
¿Quién es? ¡Qué importa! Está flaco y apestando a formol, su sangre se quedó en las agujas hipodérmicas… y en cada parte del suelo que su planta pisó. Así terminó ¡solo! Porque solo vivió.

Pero antes de quedarse quieto sobre esa plancha de hierro y con el vientre abierto…
¿Quién era él? ¡Qué importa, nunca se sabrá!
De su boca no salieron palabras y en sus labios sólo pusieron vinagre y sal.
Nunca labios amantes, ni mejillas frescas, ni frentes familiares, ni ojos que consumen, ni manos, ni piel, ni nada… ¡sólo vinagre y sal!

Dicen las voces que el viento lleva, que nació entre las hierbas, de una madre emigrada que en la noche cruzó el río granizado de balas, buscando una vida mejor.

Así nació y así creció y así se hizo delincuente…y soldado, “soldado voluntario”, no faltaba más.
Le llamaremos Joe, su apellido no cuenta, Joe nada más.

Ahora tiene un número bordado en la chaqueta porque estuvo en Viet Nam.
Su pelo apesta a cieno de pantano, porque es el único que con sus centímetros a cuestas traga el agua negra del pantano infestado de nepal.
Sus compañeros de armas, altos y bien alimentados a zancadas lo cruzan, mientras Joe aprende a saludar.

No duró mucho tiempo, una peste maligna lo obligó a regresar… Y ahí está ahora, medido por una plancha de hierro,
vacío hasta el infinito y apestando a formol.

No dejó nada a nadie y nadie lo buscó, nunca esperaba a nadie y nadie fue hacia él…
Nadie sabe su historia, digo, su verdadera historia…
Y si no fuera por el número que trae bordado en la chaqueta… se podría decir que… Joe jamás existió.

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