El hambre emocinal motiva a comer de una forma impulsiva

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MEC Gisela Aguilar Martínez

Comer es uno de los grandes placeres de la vida. El ingerir alimentos es una de las principales fuentes de supervivencia, se come para vivir, ¿no? La pregunta  es ¿por qué comemos, y nos paramos a pensar con detenimiento la respuesta?, seguro que surgen muchas razones que llevan a las personas a comer sin tener hambre.

El hambre emocional es un trastorno alimentario que utiliza la comida como un especie de calmante a los sentimientos, es decir, se utiliza para tener controladas las emociones negativas, obviamente de manera equivocada.

Si una persona se siente emocionalmente vulnerable y pone atención en algo externo, como por ejemplo la comida o cuando se tiene un conflicto laboral, familiar o de pareja, si siente frustración, las personas no piensan en ir a correr o a nadar si no comprar chocolate.

El hambre emocional es una sensación que lleva a comer de una forma injustificada, sin hambre real, sin una situación real. Se trata de un estado de confusión interna, según el cual la persona une la comida a las emociones.

Esto lo desencadena las emociones como el aburrimiento, soledad, estrés, ansiedad, tristeza, ira, enfado, abatimiento, depresión o baja autoestima que llevan con más frecuencia a una persona a comer de forma impulsiva sin medir las consecuencias; aunque también puede ocurrir que la persona asocie estados confortables y placenteros con la comida.

Este tipo de hambre es frecuente también en personas que han probado muchas dietas fracasando ante las mismas o sujetos muy autoexigentes con su forma de comer que llegan a un nivel de frustración. Así como una mala rutina también aumenta las probabilidades de hambre emocional.

Se produce una calma momentánea, pero el problema sigue ahí, y las consecuencias tanto físicas como psicológicas son mayores. A mediano y largo plazo, el dejarse llevar por el hambre emocional se produce un aumento de sentimientos negativos, se recurre a la comida como consuelo y se entra de cierta manera a un círculo vicioso.

Entre las consecuencias físicas, las más importantes son el sobrepeso y la obesidad así como la posibilidad de sufrir otros trastornos alimentarios, como un trastorno por atracón, bulimia o anorexia.

Sentir hambre no es lo mismo que tener hambre. Cuando la persona come de forma organizada, cinco veces al día, sabe que entre una y otra ingesta no puede tener hambre, aunque la sienta o sienta el impulso de comer.

El hambre emocional aparece de repente, al contrario que el hambre real, que aparece de forma paulatina.

Demanda alimentos hipercalóricos, en donde no nos va a pedir 1 kg de brócoli, sino 5 donas probablemente. Con el hambre emocional se tiene el antojo por un alimento concreto.

Con el hambre real la persona se siente bien cuando terminas de comer, en cambio con el hambre emocional sientes culpa, vergüenza e insatisfacción.


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