Doctor William Breen Murray
La celebración en Monterrey de la “Noche de las Estrellas”, bajo el patrocinio de la Alianza Francesa y el Centro Cultural Alfa, nos recuerda que la astronomía y el cielo son aspectos que unen a todo el mundo. En este caso, unía a dos mundos: el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo, Francia y México, separados por geografía e historia, pero unidos bajo un mismo cielo.
Así se ve el cielo en la astronomía moderna, pero la afirmación esconde otra realidad más compleja, cuando examinamos el asunto con detenimiento a más largo plazo. Hace mil años, el cielo del México antiguo no hubiera sido lo mismo que estaban viendo en el París medieval, sino el reflejo de culturas muy distintas.
Entre los pueblos de la antigüedad, el universo y el cielo tomaban muchas formas que nos parecen graciosas hoy en día. Por ejemplo, para los antiguos mesoamericanos, el universo tenía nueve niveles y se apoyaba en el caparazón de una tortuga. Otros pueblos contaron historias aún más fantásticas en sus mitos de la creación, muchos de ellos recogidos hace tiempo por Sir James Fraser en su magna obra La Rama Dorada.
CURIOSIDADES ANTROPOLÓGICAS
Sin embargo, ante las revelaciones del telescopio y el extenso instrumental de la astronomía moderna, estos relatos se perciben ahora como productos propios del desconocimiento sobre la naturaleza en la era pre-científica. Se convierten meramente en curiosidades antropológicas que preservan con mayor o menor grado de tino cierto reconocimiento del verdadero cielo revelado por la astronomía moderna.
Seguramente los antropólogos de la época de Fraser compartían esta perspectiva. Para ellos, el conocimiento del cielo resultó una medida muy concreta y práctica de la evolución cultural humana. Mientras que muchos otros aspectos de la cultura (como la dieta o el vestido) son sujetos a múltiples variables naturales, la constancia del cielo lo convertía en un elemento de cultura universal que permitía comparaciones globales más precisas a través del tiempo, marcando así los pasos evolutivos que culminan en la ciencia de la astronomía moderna.
Dicho en esas palabras, se nota de inmediato el etnocentrismo de esa postura y las limitaciones del concepto de cultura que maneja. Al proclamar un solo cielo universal, perdemos de vista por completo los cielos presentes en cada cultura. A la vez, olvidamos los elementos de nuestra propia visión del cielo, que la ubica plenamente en la tradición de la Cultura Occidental.
Después de todo, las raíces culturales de la astronomía científica son plenamente visibles en su misma nomenclatura. Galaxias, supernovas, auroras, lunas, constelaciones, cometas –entre otras- son todas palabras derivadas del latín o el griego. El lenguaje de la ciencia astronómica actual, igual que los nombres de las estrellas y las constelaciones, tiene antecedentes muy reconocidos en la antigua Grecia y Babilonia, derivada de una visión del cielo, tal como se percibe desde el mundo del Mediterráneo y el Medio Oriente.
NOMENCLATURA ASTRONÓMICA
Claro que los objetos no visibles a los antiguos –asteroides, hoyos negros, pulsares y demás- a menudo llevan etiquetas codificadas, como asteroide 2009 DD45 o el quasar 3C 273. Los cielos del astrónomo son también ampliamente poblados con los nombres de descubridores modernos. De hecho, tal es la competencia, que la Unión Astronómica Internacional tiene reglas muy específicas que otorgan reconocimiento oficial a los nombres designados! No obstante, la columna vertebral de la nomenclatura astronómica sigue siendo una herencia de gran abolengo y firmemente enraizada en las antiguas civilizaciones del Occidente.
Por el otro lado, aunque los griegos viajaron mucho, sus exploraciones quedaron básicamente bajo el cielo de las latitudes subtropicales y templadas del Hemisferio Norte. Nunca conocieron el cielo del Hemisferio Sur, por ejemplo. Por ende, cuando los navegantes y astrónomos de las generaciones posteriores lo descubrieron por primera vez, tuvieron que inventar un nuevo elenco de nombres en griego y latín para identificar los objetos celestes que nunca fueron vistos por los griegos y romanos –un último brote de creatividad cultural en el vocabulario de lenguas ya moribundas.
EL CIELO DEL HEMISFERIO SUR
Visto desde el Hemisferio Sur, nos damos cuenta que, aun cuando es el mismo cielo astronómico, su aspecto cambia de acuerdo a nuestro punto de vista terrestre, generando así un cielo algo diferente en cada latitud.
A pesar de sus elementos compartidos, el cielo del Hemisferio Sur resulta muy diferente en varios aspectos al cielo del Hemisferio Norte. Lo descubrí plenamente en una noche de visita al Observatorio del Hemisferio Sur de la Unión Europea, en la cordillera Andina, arriba de La Serena, Chile a 30º Latitud Sur. Desde este ángulo, desaparecen por completo la mitad del cielo del Hemisferio Norte y todas las constelaciones circumpolares. Aun las constelaciones compartidas se ven distintas, de tal manera que Orión el Cazador camina por el cielo sobre su cabeza y con las piernas hacia arriba. Tampoco hay una estrella polar en el cielo del Sur, y nuestros anfitriones chilenos nos enseñaron cómo se calcula su posición aproximada utilizando los brazos de la Cruz del Sur.
Sin embargo, la mayor diferencia es que en el Hemisferio Sur, una parte de la Vía Láctea es oscurecida por las grandes nebulosas que dominan el cielo. Sus formas se trazan con facilidad en contraluz de las estrellas a trasfondo. Las constelaciones reconocidas en el Hemisferio Sur no son solamente conjuntos de estrellas, sino también las llamadas “constelaciones oscuras”, asociadas con los perfiles de las nebulosas en distintas temporadas.
En el cielo andino, por ejemplo, los incas reconocieron siete animales elevados a la esfera celeste, incluyendo “La Llama” y “La Serpiente” entre otros, una visión que se preserva todavía en muchas comunidades andinas del viejo Tiwantinsuyu (Urton 1981). Otros pueblos sudamericanos en las tierras bajas, como los guaraníes del Gran Chaco (Pereira Quiroga 2004), ven otros animales en la Vía Láctea, conocida entre ellos como el Ñandurape, o camino del ñandú (una especie de ave no voladora).
EL CIELO DE LOS INCAS
Ahora, surge la pregunta: ¿qué astronomía debe aprender un joven chileno? ¿La astronomía de los antiguos griegos, que se refiere a un cielo literalmente invisible desde su lugar en el mundo? ¿O el cielo de los incas que se ve sobre uno? Mi colega David Orellana, de la Universidad de La Serena, ha promovido la segunda opción en las escuelas de Chile, dando así a los escolares chilenos una doble visión del cielo, que reconoce su dimensión cultural. Es un caso práctico en la aplicación de la nueva etnoastronomía, que ha surgido en las últimas décadas y recoge las diversas visiones del cielo por su propio valor como expresiones distintas de la cultura humana.
La astronomía cultural surgió en Europa en las décadas de 1970 y 1980, como una fusión de la etnoastronomía recopilada por los etnólogos y folkloristas en toda Europa, que relata las muchas tradiciones populares relacionadas con el cielo, y la arqueoastronomía, especialmente de los enigmáticos monumentos megalíticos como Stonehenge (Inglaterra), Newgrange (Irlanda), y Carnac (Francia), que remontan a épocas muy anteriores.
A pesar de la distancia temporal y los desplazamientos migratorios de los pueblos, a veces los dos estudios se iluminan mutuamente. La nueva perspectiva se manifiesta en el mismo nombre de la agrupación que reúne anualmente a los especialistas en el tema, la Sociedad Europea para la Astronomía en la Cultura, fundada en Smolyan, Bulgaria en 1994.
Al mismo tiempo, en el Nuevo Mundo, la astronomía cultural surge a raíz del estudio y la medición más precisa de los monumentos arquitectónicos, y en el caso de México, los avances en la traducción de los antiguos sistemas de escritura, especialmente el maya. Ambos esfuerzos plantearon nuevas interrogantes en el estudio de la astronomía mesoamericana ya conocida. A diferencia del Viejo Mundo, en México, la continuidad histórica permite confirmar la identidad de la tradición cultural desde sus inicios hasta hoy en día.
ANTROPÓLOGOS MEXICANOS Y LA ETNOASTRONOMÍA
Los pocos códices y los documentos coloniales forman un enlace valioso, pero los antropólogos mexicanos descubrieron la etnoastronomía a través de su vivencia con todos los pueblos indígenas de la nación. A veces, la asociación de sus tradiciones vivas con los vestigios arqueológicos es muy directa y elocuente, revelando así algo del cielo que brillaba sobre las ciudades y centros ceremoniales del México antiguo: el cielo de Tonatiuh y la Estrella de la Mañana; el planeta Venus, no la diosa del amor, sino el heraldo de la guerra.
La diversidad revelada por la astronomía cultural tampoco se limita a México y el Mediterráneo, y realza las muchas funciones que el cielo puede tener en la vida cotidiana. Si tomamos el caso de los antiguos polinesios, encontramos una tradición que conocía el cielo de ambos hemisferios, y por otros motivos que los augureros mayas y aztecas.
A menudo, olvidamos que, en buena medida, el conocimiento del cielo nace de las necesidades de la navegación marítima. En este aspecto, los antiguos griegos y romanos, igual que los mayas, eran navegantes costeros que raras veces se aventuraban en el mar abierto. En cambio, durante más de un milenio, los polinesios poblaron poco a poco un mundo de miles de islas en el Pacífico, que se extendía desde las Islas Hawaianas (23º Latitud Norte) hasta Nueva Zelanda (35º Latitud Sur) y a lo largo de casi 90 grados de Longitud terrestre. Sus épicos viajes recorrían miles de kilómetros en altamar, y llegaron a islas tan pequeñas y remotas que parecen hazañas increíbles de navegación.
Muy aparte de las embarcaciones que inventaron para dichos viajes, los antropólogos descubrieron que esta tradición marítima depende sobre todo de un conocimiento muy íntimo y detallado del oleaje y corrientes oceánicos y de las estrellas en ambos lados del Ecuador para orientarse en altamar. Los polinesios son los únicos navegantes que regularmente cruzaron el Ecuador, y el poblamiento del Pacífico no hubiera sido posible si no fuera por su conceptualización del cielo.
VIAJE DE HAWAII A TAHITÍ
La verdad de este cielo fue demostrada cuando marineros modernos navegaron por las mismas rutas, utilizando los métodos y los conocimientos tradicionales guiados por un navegador polinesio (Finney 1983/2005). El viaje de Hawaii a Tahití, por ejemplo, cubre más de tres mil kilómetros en mar abierto, que cruza el Ecuador.
Cada día, el navegador polinesio tomó una lectura ocular de la posición del la canoa, utilizando una brújula de treinta y dos estrellas que marcaban los acimuts. Las fuertes corrientes ecuatoriales complicaron la navegación y desviaron la canoa en ciertos tramos de la ruta, pero a la larga el navegador polinesio hizo las correcciones necesarias y llegaron a su destino en aproximadamente un mes.
Al replicar los mismos viajes, los investigadores comprobaron la verdad histórica de muchas leyendas y tradiciones polinesias, y generaron un nuevo orgullo en sus descendientes. Recuperaron una parte de la cultura tradicional, ahora casi olvidada, que no dependía del uso de instrumentos y sistemas de rastreo satelital, sino de la observación ocular del cielo y el conocimiento transmitido a través de las generaciones.
Gracias a los esfuerzos de investigadores en todo el mundo, que han enriquecido a la nueva etnoastronomía, las facetas culturales del cielo se han multiplicado (Fabian 2001). Ilumina no solamente las culturas del pasado, sino nuestro mundo actual también. A diferencia de los astrónomos y su poderoso instrumental, para la gente de hoy, el cielo visible ha quedado cada vez más oculto atrás de la contaminación ambiental y la iluminación urbana. El cielo está poblado más bien de satélites y basura espacial en vez de animales, y ya no guía nuestras vidas.
Es el mundo de la guerra de las galaxias y la descarga masiva de energía, que convierte nuestro planeta en un faro visible desde lejos en el espacio, para guiar a los visitantes extraterrestres que esperamos encontrar. ¿Más, o menos acertado que antes? ¿Señales de Progreso? ¿O escaparate de ilusión?
Tal vez la apocalíptica fecha de 2012 nos dará la indicación final que todos quieren encontrar.
