Aprender de Medellín

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Indira Kempis

Medellín es la segunda ciudad colombiana.  Tiene 2.300.000 habitantes, y con otros 9 municipios conforma un Área Metropolitana de 3.500.000 habitantes. En el año 1991 fue la ciudad más violenta del mundo, con una tasa de 381 muertes violentas por cada 100.000 habitantes, significando esto en casi 20 muertos diarios, todos los días del año.  La mayoría jóvenes, ¿le parece familiar? Sí, pero no es Monterrey.

En 2004, cambió el rumbo de esta ciudad de donde son originarios el escultor Fernando Botero y el cantante Juanes. A pesar de la crisis de violencia y de inseguridad que afectaba a todo Colombia. La incursión a la política de un grupo de no más de 50 ciudadanos que ganaron las elecciones de manera independiente con el impulso de una movilización social llamada “Compromiso Ciudadano”, llegó al poder de la toma de decisiones ganando en las elecciones la alcaldía de Medellín.

Fue la gestión de Sergio Fajardo y su equipo de trabajo que sin ninguna experiencia en la política obtuvo la mayor votación registrada, pero no sólo eso. Estos hombres y mujeres determinados, creativos y disciplinados lograron las transformaciones  en ejes que pusieron las bases para la seguridad en los siguientes años: urbanismo, educación y cultura. El impacto del trabajo arduo de esos años se reflejó en 2007, cuando la tasa de muerte se redujo al punto de ser la más baja en sus últimos 30 años: 26 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Acompañada la estrategia por una nacional que permitió la captura de grandes capos, esto generó la confianza de los habitantes para acompañar en el proceso de construcción de una ciudad segura en los diferentes programas conjuntos entre los gobiernos, la iniciativa privada y las organizaciones de la sociedad civil. Para 2010 bajaron las cifras de muerte violenta en un 7.5% con relación a 2009.

Medellín se ha convertido en un caso de éxito en la prevención social de la violencia y la delincuencia a nivel internacional. Ha dejado de ser no sólo la ciudad más violenta de Colombia, sino también la más violenta de América Latina. Lo cual tampoco significa que esas reducciones deban dejarlos en la comodidad a los “paisa” (como les llaman a sus habitantes), al contrario, con mayor responsabilidad saben que el reto es mayor una vez que han tenido resultados de impacto positivos.

Monterrey, ante su propia crisis, tiene que mirar al sur para poder establecer una lluvia de ideas que haga lazos con Medellín, de tal forma que se comience en nuestra región un lenguaje y frente de organización común ante el crimen organizado, tanto como la impunidad, la desigualdad y la corrupción que lo alimentan. Abrir las claves de Medellín resultará productivo para seguir encontrando respuestas para reinventar nuestra ciudad.

 

 

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