Una invitación a la reflexión sobre el poder de esta expresión plástica en la ciudad y hacia la construcción de una visión que contemple el desarrollo de un programa enérgico y robusto que pueda fomentar la escultura pública integral y una industria cultural local autosustentable.
Fernando Fuentes García
fuentesgarciaf@yahoo.com.mx

Si bien los materiales usados, el proceso formativo, las normas de composición y los temas de la escultura se han transformado a través del tiempo con representantes como Auguste Rodin, Brancusi, Picasso, Marcel Duchamp, Joan Miró, Alberto Giacometti y Jeff Koons entre muchos otros exponentes; una cualidad de orden superior de la escultura clásica permanece, me refiero a su presencia física, que reclama para su ubicación los lugares más significativos, que hoy en día –frente a lo efímero, lo inmaterial y lo novedoso- hace de la materia algo necesario para la permanencia y trascendencia de las ideas, para dotar de significado al sitio y convertirlo en un hito. Es por esto que creo que la definición de la escultura como “el arte de los volúmenes en el espacio” aún es vigente.
Ahora bien, que queremos decir con escultura pública, como su nombre lo dice, es aquella que alude a lo público, a lo que es de todos, su lugar está tanto en el espacio urbano como en el arquitectónico o incluso en el paisaje. Incluye aquellas obras pertenecientes a instituciones privadas que se exhiben públicamente. En la mayoría de los casos, la escala sobrepasa el límite del ser humano, es decir que es monumental, término que hace referencia a su carácter público ya que se sitúa mayormente en el espacio urbano y en el exterior del edificio. En ciertas obras, las cualidades que le confieren su presencia física la convierten en un monumento, término latino “monumentum” que significa recordar o conservar la memoria de algo.
La escultura pública conlleva una fuerte responsabilidad tanto para su creador como para el adquirente. Si bien la escultura puede ser una creación individual y autónoma que se pueda adaptar al entorno, ésta debe de contemplar la integración, es decir, debe reflejar en su forma –conceptual o material- el espíritu del pueblo o de la comunidad que representa, pero también debe de ser congruente con el ambiente en la que se le dispone. Precisamente El Caballo de Botero frente al Palacio de Gobierno es un ejemplo de lo que no debe de hacerse. En entrevista con Walther Boelsterly de Este País en el mes de Febrero del 2011, el artista Manuel Felguérez, habla sobre la integración al ser cuestionado sobre el mural de la Secretaría de Educación Pública y otras piezas escultóricas en las que Boelsterly observa que las obras dialogan con su medio ambiente, dialogan con una arquitectura, dialogan y tratan de explicarle la contemporaneidad a las estructuras antiguas, y viceversa. Felguérez comenta: La idea de que el arte era integración con un espacio arquitectónico la traigo desde siempre… A mi manera, siempre trato de hacer algo que se integre, no que rompa sino que se incorpore a los espacios. En cada nuevo espacio me urge encontrar una nueva idea, y hay que integrarse.
Esta expresión plástica con fuerte carácter simbólico, permite dar a conocer un mensaje reflexivo a la sociedad, es un medio de comunicación que ofrece retos intelectuales al espectador, más allá del placer estético de su contemplación. Aparte de la experiencia emocional que puede generar en los individuos, esta tiene la capacidad de favorecer al desarrollo de actitudes o valores en una comunidad. La escultura pública facilita que la población con carencia cultural o de menor instrucción, aproveche el estímulo visual para iniciar, tal vez, comunicaciones interpersonales, investigación o un cierto interés en visitar espacios culturales ya sea en lo individual o involucrando a la familia. Quizás a algunos espectadores no les diga nada, pero a otros, les puede alegrar, calmar o inspirar. En síntesis, toda obra escultórica atrae la mirada, enriquece el espacio y nutre nuestra cultura.
En la ciudad de Monterrey, N.L. México, tenemos un sin número de esculturas públicas, que incluyen desde La Puerta de Monterrey de Sebastián, La Flama de la Solidaridad de Leonardo Nierman, Homenaje al Sol de Rufino Tamayo, La Paloma de Soriano, La Lagartera de Toledo, El Triunfo de la Cultura, mural del edificio de Rectoría del Tecnológico de Monterrey de Jorge González Camarena, Germinal de Alberto Vargas en el Edificio Avalanz de San Pedro Garza García, El Faro del Comercio de Luis Barragán, el Monumento a La Alianza de Javier Melendez. Hasta las nuevas obras creadas para complementar la Ruta Escultórica del Acero y Concreto, comisionadas en su manufactura al taller de Sebastián (Enrique Carvajal) a excepción de Nube, durante el gobierno de José Natividad Gozález Parás. Estas son Luna del Arquitecto Oscar Niemeyer (Brasil), Serpiente del Eco 1 de Mathiaz Goeritz (Alemania), Desafío de Amhed Nawar (Ejipto), Destino de Bruce Beasley (Estados Unidos), Evanescencia de Albert Paley (Estados Unidos), Mirada de José Ma. Sirvent (España), Torsión de Julio Le Park (Argentina) y Nube de Jorge Elizondo (México).
Referente a esta magna comisión a Sebastián y más allá de la crítica en el proceder de este encargo, que incluye fallas en la selección de los sitios más pertinentes para la disposición de las obras, quisiera destacar la posible intención del Jefe del Ejecutivo al complementar este recorrido para ofrecer a la ciudad tanto una mayor identidad como una imagen que transciende las fronteras del Estado y del territorio nacional con el apoyo de reconocidos artistas internacionales. Pero es meritorio también en esta iniciativa, el hecho de romper con prácticas tan arraigadas del Estado y sus instituciones en el uso tradicional de la escultura como un monumento cargado de intenciones de poder. Algunas veces obras artísticas, creativas e integradas, pero en otras ocasiones, esculturas que irrumpen en la urbanidad ignorando la estética y diseño tridimensional. Piezas que en muchos casos no atraen al espectador y caen en la indiferencia o invisibilidad, ignoradas por los transeúntes, cansados de un Estado que desea imponer su fuerza y que tal vez por ignorancia, sin querer, transgrede a través de estas obras. Como precisamente lo describe Alberto Hijar Serrano en su prólogo para Historia de la Escultura Pública en el Estado de Colima de Juan Carlos Reyes G.
Todo gobierno, institución pública y servidor público, debería de aprovechar este impulso a la escultura generado durante esa administración para mejorar su visión cultural. Es indispensable que tengan una mayor consciencia sobre el poder de este género de expresión artística y una mejor orientación en la adquisición y encargo de cualquier obra pública. Pero también es importante dejar a un lado las preferencias que benefician a unos cuantos y las importaciones extranjeras, evitar los ritos cívicos que buscan homenajear a personajes de culto u organizar entornos adecuados al lucimiento del representante público. Así mismo, aplicar en cada proyecto criterios que permitan la participación democrática y el apoyo a los artistas regionales y locales, claro está, con un alto grado de capacidad, creatividad, profesionalismo y visión de lo que debe de ser la escultura pública, lo que en consecuencia apoyará su promoción y fomentará una industria cultural autosustentable.
Es lamentable que la cultura siempre sea una de las principales áreas sujetas al recorte de presupuestos ante las malas finanzas que aplica el Estado, considerando que la educación y la cultura son trascendentales para que el pueblo mexicano pueda emerger de las profundidades en las que nos mantienen, precisamente gobiernos con falta de interés social y cultural. Cabe mencionar aquí que para una comunidad, la escultura pública es un signo de que el pensamiento innovador es estimulado, que la diversidad es tolerada y que los signos vitales de una ciudad son fuertes. Una ciudad que puede financiar arte, ciertamente puede tener buenos servicios médicos, protección policiaca y buena educación, reflexiona Lynn Basa autor de The Artist´s Gude to Public Art.
Foster + Partners, una prestigiada firma de arquitectos, establece en su filosofía que la calidad de nuestro entorno, tiene una influencia directa en la calidad de nuestras vidas. Estos son precisamente, dos de los grandes beneficios del arte público, en este caso hablando de escultura pública, tiene la capacidad de incrementar la calidad de vida, mejorando nuestro entorno, creando espacios distintivos y ambientes más humanos. Así lo considera Jill Manton, director del Programa de Arte Público de San Francisco Arts Commission. Pero no solo eso, en entrevista con Lynn Basa, Manton agrega que el arte público crea un legado cultural perdurable y demuestra el compromiso de los líderes en construir un ambiente de calidad que refleje orgullo de pertenencia, lo que puede ayudarnos de forma indirecta a bajar los índices de criminalidad y en consecuencia a mejorar los valores de la propiedad.
Sin embargo, lograr los anteriores beneficios de la escultura pública, requiere de una visión sólida que fomente buenas políticas y evite las prácticas que antes hemos mencionado, además de guiar a todo administrador público y tal vez al privado, en la ejecución de cualquier proyecto público. A mi modo de ver, el Estado debería adoptar un manual con criterios y políticas muy definidos, que promueva un proyecto cultural más robusto y enérgico. Para poder guiarnos, tenemos por ejemplo el plan maestro 2004 para las artes públicas de San Diego, Ca. Que establece inmediatamente el beneficio a la comunidad: La investigación ha mostrado que las ciudades con un programa de arte público robusto y enérgico, han sostenido una fortaleza económica y ha atraído a empresas y empresarios, quienes fomentan y facilitan la prosperidad para todos los ciudadanos.[1] Si de alguna manera nuestras instituciones culturales han buscado justificar cada proyecto cultural y hoy en día la generación de empleos es uno de los más importantes aspectos a desarrollar en la comunidad, este es quizás un excelente motivo.
Hago un paréntesis para rescatar algunas visiones marcadas por los arquitectos de Monterrey. Los arquitectos Daniel Arcq y David de la Garza coinciden en visualizar una ciudad autosustentable pero con buenos gobernantes y ciudadanos comprometidos con ella. Mientras que los arquitectos Bernardo Hinojosa y Oziel Contreras consideran que la ciudad se debe parecer a Barcelona y Chicago respectivamente. Para el arquitecto Felipe Martínez el futuro de la ciudad es atractivo, ya que hay más interés por la arquitectura, sin embargo, considera que hay un aspecto triste ya que existe falta de interés por el diseño. Para la firma LOL Arquitectos, es indispensable la participación de escuelas, gobierno, empresarios y arquitectos en educar a la gente con más conocimiento sobre el diseño.[2]
En esta actual visión cultural sin conciencia de nuestros gobiernos, lo público queda sin realizar y en una especie de triunfo de la indiferencia comunitaria, creo que la participación de todos aquellos que intervienen en el desarrollo urbano es indispensable. Uno de los papeles que debe de jugar la institución educativa, es la de crear vínculos entre los escultores profesionales y los estudiantes de las distintas disciplinas que intervienen en el desarrollo urbano. Esto promovería en la industria del diseño, arquitectura y construcción de edificaciones y áreas urbanas una cultura de adopción e integración de la escultura en sus cadenas de valor. Por otro lado, así como cualquier industria, la comunidad artística, en este caso los escultores o creadores de obras de arte tridimensional, deben de formar lazos que permitan trabajar con objetivos enfocados hacia la construcción de una industria local o regional, que fomente el consumo, exija la regulación y mayores estadísticas e investigación. Quiero destacar aquí la visión del Director para la Administración del Arte Público de la Ciudad de Kansas City (Missouri), Porter Arneill, quien reconoce que típicamente el incentivo para generar el arte público, viene de la comunidad. Añade que derivado de este movimiento para embellecer la ciudad, no pasará mucho tiempo para que la gente pueda concientizarse hacia la necesidad de centros urbanos con mayor belleza. Esto nos hace reflexionar precisamente en la importancia de la participación.
Para recuperar el interés de nuestra comunidad por la escultura y reflejar el imaginario colectivo en esta, debemos todos como creadores y administradores de la cultura fomentar proyectos escultóricos más interactivos con la ciudadanía, proyectos que puedan maravillarlos. Más allá de la escala de obras monumentales como las de la Ruta Escultórica, podríamos, tal vez, generar proyectos con una mayor expresión figurativa para hacer más entendible el mensaje a la comunidad o una más rápida significación en las masas. También bajar o eliminar el pedestal que tradicionalmente sustentaba al monumento y alejaba a los contempladores. Quizás podríamos dotar a plazas y jardines de conjuntos de esculturas con una escala humana que puedan mejorar el ambiente, favorezcan la interacción y reten el intelecto de las personas. Tenemos por ejemplo el caso del reciente trabajo de Jorge Marín y sus Alas de la Ciudad, colocadas en distintas entidades federativas, entre muchos otros ejemplos.
El autor es un escultor dedicado profesionalmente a la creación de escultura en bronce, con una trayectoria de más de 12 años. Su obra ha sido representada por distintas galerías de arte y ha sido expuesta de manera individual y colectiva en galerías, museos y centros culturales de varias ciudades de México. Su trabajo se centra principalmente en la transmisión de significados metafóricos que se relacionan con temas de la naturaleza.
[1] Jerry Allen and Associates. “Public Art Master Plan: The Vision and Benefits to San Diego.” March 2004
[2] 25 Arquitectos de Monterrey, Doméstica.
