La otra violencia en las ciudades

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Por Indira Kempis

El taxista de ayer cuidaba una flor con delicadeza. “No quiero que se maltrate con el sol”, aclaró, mientras la acomodaba del lado de su asiento, ¿es para su mamá? Le pregunté. “No, es para mi esposa”. Tranquilidad es lo que siente cuando un hombre o mujer demuestran sus afectos. Sobre todo en nuestra ciudad, donde la violencia familiar en el estado, de acuerdo al Consejo Ciudadano de Seguridad Pública de Nuevo León, es el segundo delito de mayor impacto en nuestra entidad (2009), presentándose con mayor frecuencia en primavera y verano. Aunque la violencia familiar cada vez más afecta también a los hombres, las mujeres están mayormente expuestas en más del 80% de los casos. 

Esa es la otra violencia de las que pocas mujeres se atreven a denunciar. Efectivamente, he escrito el verbo “atrever” que según la Real Academia de la Lengua Española significa: Determinarse a algún hecho o dicho arriesgado, ¿por qué representa un riesgo? El Instituto Estatal de la Mujer asegura que en la mayoría de los casos la relación de la víctima con el agresor es de parentesco familiar (esposo, hij(a), madre, padre), si partimos de estos datos podemos analizar que el temor a las represalias es uno de los factores de riesgo más importantes en la determinación de denunciar o no los hechos. Además, de la dependencia económica que pueda existir, la creencia de que las cosas pueden cambiar en algún momento dado y el prejuicio social que implica verse envuelto en un proceso legal como tal, que normalmente es tardado, tedioso, y que la falta de seguimiento (muchas veces de interés) a las denuncias por parte de las autoridades, hacen vivir un estado de angustia y miedo constante.

La otra violencia no sólo está ligada al maltrato físico, pues de acuerdo con la investigadora Liliana Cerda (UANL), el 20% de los casos representa maltrato psicológico. Mi teoría es, a la que le apuesto constantemente, “el lenguaje se hace cuerpo”. Así que quien asume su postura de atacar con las palabras, es más vulnerable de hacerlo con las manos. O, posteriormente y no necesariamente, las víctimas pueden transformarse en agresores sociales, tal como lo indica el Consejo: cinco de cada diez personas que sufrieron violencia en su infancia se convierten en agresores.

Es esa otra violencia, la que no se da en las calles ni es tan tangible y evidente, a la que en las clases socioeconómicas altas no se acude a los Ministerios Públicos, sino a los consultorios de psicólogos jugando al síndrome de la simulación y la culpa. Y, que en las clases bajas, las represalias son un círculo ciego del que pocos pueden salir. Es esto lo que debemos tomar en cuenta para la construcción de una sociedad segura. La seguridad ciudadana y la denuncia comienzan con cada individuo que elige cómo quiere vivir sus relaciones afectivas/familiares y cómo NO quiere vivirlas, también.

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