Son, para muchos de nosotros, el terror del verano. Estos animales, que se arrastran y se infiltran por sorpresa, ¿son peligrosos?
Nuestra encuestadora ha dominado su miedo, y entrevistado a especialistas
Maryvonne Ollivri – Paris Match
(Tomado de Paris Match. Traducción de Félix Ramos Gamiño)
“Si se trata de escribir las truculentas historias habituales de miedo, más vale detenernos ahora mismo”. Estaba sonriente cuando lo dijo, ahora ya no. Iván Ineich, investigador en el Museo Nacional de Historia Natural, herpetólogo apasionado, acepta describir las especies de serpientes que viven en Francia, pero rehúsa abordar los tópicos que alimentan los terrores. “Cada año se producen en Francia no más de 50 mordeduras de serpientes, unas cinco graves, y si acaso una mortal cada dos años. En pocas palabras, este verano tendremos más peligro de entregar el alma ante las mandíbulas de un pitbull, un alcoholizado al volante o una bala perdida. El enamorado de los reptiles se defiende a priori de nosotros y de nuestras fobias. “Que en lo más remoto de África, niños descalzos, a cientos de kilómetros de cualquier puesto de socorros tengan miedo, pase todavía, pero nosotros casi no tenemos nada que temer de nuestras víboras”.
A unos escritorios de distancia, la dama de ojos verdes sonríe. Acostumbrada, también se deshace en gestos cuando presenta a sus protegidos: velludos, muchos de ellos negros, poco atractivos. Christine Rollard, investigadora aracnóloga, responsables de conferencias del museo, trae sus arañas en el anillo, en los aretes, en el collar. En su escritorio de estilo antiguo, los bichos se entronizan majestuosos –peluches, tazas, tarjetas postales, artilugios diversos- en medio de los verdaderos, en frascos de alcohol de 75 grados, o bien vivos en cajas de cristal. En otoño, ella les dedica una obra y una enorme exposición. Hay tanto que decir para rehabilitarlos. Y, aunque no se les ame, no hay que tenerles miedo y sí respetarlos. Aunque no sea más que para no aplastarlos sin razón. “Cada año no se lamentan más que unas cinco muertes causadas por arañas…en todo el mundo, señala ella, y ninguna en Francia”.
Max Goyffon, investigador y profesor honorario, es uno de los grandes conocedores franceses de los alacranes, y nos muestra unos ejemplares bañados en alcohol, con la cola inerte, inofensivos. Y de entrada advierte: “Desde hace siglos, los alacranes no han provocado muertes en Francia”. ¿Y en otras partes? “Oficialmente se producen cuatro mil muertes al año en todo el mundo. No hay datos estadísticos recientes de las aldeas africanas o asiáticas. Entonces, se multiplica ese balance por cuatro o cinco.
Feliz hexágono que nos previene de males mayores… aunque los alacranes, las arañas y las serpientes que se arrastran bajo nuestros cielos, están todos dotados de veneno. Son, por tanto, venenosos.
Una veintena de arañas en nuestras casas
Si, gracias a los avances médicos, no se muere uno, sí tienen con qué hacernos pasar momentos de angustia. Pero hasta eso, según nuestros expertos, no es más que una exageración. Christine Rolland habla la primera: “Pero, cuidado. No hay que confundir venenoso con peligroso. Las arañas, por ejemplo, tienen veneno, pero no son peligrosas para el hombre por este motivo. La fabricación de este veneno les demanda energía, así que no van a desperdiciarlo atacándonos: tienen demasiada necesidad de él para matar a sus presas. Porque las arañas, que –precisión- no son insectos, sino arácnidos, tienen hábitos carnívoros. Algunas hasta tienen la extraña manía de matar al macho después de aparearse”. Y prosigue Christine Rolland. “Incluso en caso de que una araña sea sorprendida por el hombre, y lo muerda, existe una posibilidad entre dos de que se trate de una ‘mordida blanca’; esto es, sin veneno”.
Pero, ¿y el 50 por ciento restante? “A eso vamos. Para empezar, hay que considerar que, de 42 mil especies de arañas que existen en el mundo, sólo mil 600 se encuentran en Francia. “En nuestras casas se presentan una veintena de ellas a lo largo del año. Con frecuencia no las vemos, pues no miden más de cinco milímetros, y se ocultan en lugares oscuros (radiadores, cortinas…) Las arañas no hibernan, pero se desplazan poco, a la espera de que sus presas futuras caigan en sus redes, o de que llegue la noche. Ocurre que los machos, más corredores, como debe ser, atraviesen una habitación para gozar de una hembra”.
La araña doméstica europea más grande es la tegenaire, de 2.5 centímetros como máximo, y de ocho a diez centímetros incluidas las patas. Una de sus características es que fabrica una tela en forma de mantel, provista de una especie de embudo. Algo común con todas las otras es que está provista de veneno. ¿Y entonces? Si una araña tegenaire tuviera la ocurrencia de confundirnos con una mosca, una cucaracha, un ácaro, sus presas preferidas –comprobación, de paso, de que asegura una parte de nuestros muebles-, llegaríamos a sentir un leve dolor. Puede producirnos o no una leve hinchazón, que deberemos cuidar como si fuera un piquete de mosquito.
Otra araña presente bajo nuestros techos es la pholque (conocida como patona en México), que causa menos miedo todavía, porque es más grácil, con sus patas finas y su cuerpo más pequeño. “No tiene las mandíbulas lo suficientemente grandes como para adherirse a nuestra piel. Lo mismo que el 70 por ciento de las 42 mil especies de arañas de este planeta, está incapacitada mecánicamente para mordernos”.
¿Qué decir entonces de otros hechos, como el de aquel hombre que, en 2009, en Orange, fue mordido de gravedad por un bicho de ocho patas? “Sólo una decena de especies son reconocidas como peligrosas. Entre nosotros hay una, efectivamente, que pertenece al grupo de las viudas negras: la Latrodectus Tredecimguttatus, que los corsos han tenido la ocurrencia de apodar “Malmignata”. Esta Viuda tiene un cuerpo negro, como su nombre lo indica, pero, coquetería, salpicada las más de las veces con 13 puntos rojos. Los machos miden menos de un centímetro (sin las patas) y no pueden morder. Las hembras, de centímetro y medio, pueden morder”. Y el mordido sufre entonces la danza de los síntomas: dolor intenso en el lugar afectado, opresión, sudores, taquicardia, gran cansancio; pero que “por lo general, pasan al término de dos días, sin otra atención que el reposo. Sólo una vez se me dio a conocer un caso que había arrastrado un cansancio de varios meses”. En lo que respecta al hombre cuyo brazo sufrió una severa necrosis, “no sabemos a ciencia cierta de qué animal se trató, aunque es muy posible que hablen de una Loxosceles” (araña de los rincones).
Pero nuestra Loxosceles –en Francia no hay más que una especie de las cien del mundo- es inofensiva. Discreta, nocturna, pequeña, su veneno no parece haber tenido serias consecuencias. En el peor de los casos, los tejidos de alrededor de la mordida se mueren, y dejan con frecuencia una cicatriz de lenta curación. En el caso de Orange, ha sido necesario hacer un injerto de piel. “¿Reacción alérgica? ¿Loxoscelles llegada de América? No se sabe”. Justamente ¿y los viajes? Esas arañas migalas, grandes y peludas, que se refugiarían en la yuca y partirían –hordas sedientas de sangre- a nuestros departamentos… “Fantasía. A propósito aprovecho la oportunidad para desacreditar una idea muy arraigada. Cuando la gente habla de migalas, se imagina siempre un animal tropical, de por lo menos 10 o 15 centímetros. Y no es que no existan, pero, por principio de cuentas, no atacan al hombre; le huyen. Además, de las dos mil 600 especies de migalas en el mundo, más de dos mil son pequeñas. Finalmente, ¿sabía usted que la migala no es necesariamente exótica? En Francia existen unas veinte especies que, discretas, viven en madrigueras, salen de noche y no miden más que uno o dos centímetros, y jamás han atacado a nadie”.
Sin embargo, ahí, a dos pasos de su atiborrado escritorio, hay, en su terrarium, ejemplares grandes y peludos que a nadie le gustaría encontrarse al aire libre. Nueva sonrisa de Christine Rollard: “Hace unos años, se escaparon tres de ellas. Dos semanas después, encontramos una muerta en un rincón; otra, en muy malas condiciones, dos pisos abajo, y la tercera, la cual no tardó en morir, por falta de alimento, en esta habitación. Es cierto que, con el desarrollo de los transportes, puede suceder que una araña se embarque, por inadvertencia, en equipajes, contenedores, etcétera, pero es difícil que sobreviva entre nosotros, por falta de calor, de humedad o de presas. ¿Y por qué imaginar que las migalas son peligrosas para el hombre? ¡Otra idea preconcebida!”
Alacranes inofensivos
Max Goyffon se acuerda de pronto del inquieto hijo de una mujer que acababa de descubrir, en su nueva casa del Sur, una invasión de pequeños alacranes negros. De inmediato, él aseguró: no teniendo qué comer, no sobrevivirían mucho tiempo. “En rigor, si hubiera habido una cava, habrían podido encontrar unas cochinillas; pero, de todas maneras, no las suficientes para pasar el invierno”. Una vez más, más impresionantes que peligrosos. Por lo menos en nuestro país, donde nuestras cinco especies de alacranes, de las mil 500 que hay en el mundo, son inofensivas. Se les encuentra en la “Zona del Olivar”, alrededor de la cuenca del Mediterráneo, en Aquitania y hasta Bordeaux.
Trátese del Flavicaudis (de 4-5 centímetros), o del Italicus (de 6-7 centímetros), nuestros tres Euscorpius, o alacranes negros, no representan peligro alguno. Tienen tan escasa cantidad de veneno, que prefieren utilizarlo para sus presas, y, en el peor de los casos, no nos causaría gran mal. El Belisarius xambeui, llamado ciego (de 3 centímetros), es inofensivo, y el Buthus Occitanus, que se encuentra en el Languedoc y en Provenza, no ha causado más que algunos accidentes que ameritaron una corta hospitalización en España.
África del Norte, Egipto, México
Entre nosotros, nada, afortunadamente. Suerte que no tenemos todos los habitantes de África del Norte, de Egipto, de México… En Marruecos, por ejemplo, se registran unos 30 mil piquetes anualmente. En Túnez, que durante el verano instala puestos de socorro, a los cuales se puede llegar en media hora, oscilan entre cero y diez las muertes anuales (por un centenar en los años 60). Aun cuando algunos cuestionan la eficacia del suero antialacrán, es forzoso reconocer que, desde que se utiliza en este país, la tasa letal ha disminuido. Un piquete de alacrán provoca dolor inmediato. A veces basta con hidratarse bien, aplicarse hielo envuelto en tela (jamás directamente sobre la piel), para ralentizar la difusión del veneno, y permanecer acostado durante 24 horas. “En el 95 por ciento de los casos de un piquete de alacrán, considerado como peligroso, no pasará nada más. En el cinco por ciento de los casos pueden aparecer problemas digestivos y cardio-respiratorios, con, a veces, un edema pulmonar, lo que, en caso de un adulto, se resuelve espontáneamente en 24 horas. En los niños, la evolución, mucho más dramática, puede conducir a un coma, letal en casi la mitad de los casos. Después de un lapso de 24 horas, el diagnóstico vital no está en riesgo.
Coriáceo, el alacrán, que recorre nuestro globo desde hace 450 millones de años –en comparación, la tortuga, que no es ninguna jovencita, no tiene ‘más que’ 200 millones de años- no es una especie protegida (excepción hecha de la especie Pandinus). Hubo un tiempo en que algunos los traían en su equipaje, pero la moda pasará. En cuanto a los pasajeros clandestinos, ¡cuentos de hadas! “En 40 años, tal vez me hayan hablado de diez casos de alacranes llegados en equipajes. Una vez, una mujer que había sacado una chaqueta de su maleta, a su regreso a Francia, sufrió un piquete en el cuello, y me llamó. El piquete era doloroso, y ella se sentía muy cansada. Como el alacrán recuperado era inofensivo, le recomendé reposo. Veinticuatro horas más tarde, el malestar había desaparecido.
Veneno para los lagartos
La cifra es impresionante, pero grandemente subestimada: más de 140 mil muertes al año, en el mundo, por mordeduras de serpiente. ¿Cómo cuantificar todos los casos de África y de Navarra? Aunque en Navarra, ¡suertudos que somos una vez más!, las cifras andan prácticamente en cero. Igual que las arañas, las serpientes no tienen el menor deseo de inocular su veneno en nuestra piel. Las jóvenes lo reservan sobre todo para los lagartos; las adultas, para las ratas. En Francia no hay crótalos ni otras especies exóticas, sino “víboras verdaderas”, y muy pocas: solamente cuatro. En primer lugar está la víbora de Orsini, de 50 centímetros cuando mucho, que vive en los Alpes provenzales, y utiliza su veneno para neutralizar a los saltamontes, sin daño grave para nosotros, en caso de que nos llegara a morder.; está la víbora áspic, de 60 a 70 centímetros, más abundante, aunque en regresión a causa de la urbanización. De nariz respingona y zigzag en el dorso, vive en los tres cuartos del sur de Francia; está asimismo la víbora peliade, en los lugares húmedos y frescos de la región centro y la mitad norte de Francia, que tiene la tendencia a remontar a lo alto, a causa del calentamiento climático. Tenemos, en fi, la víbora de Seoane, de 50 centímetros, que vive en un enclave del suroeste de Francia, cerca de la frontera con España.
Todas son venenosas, y todas, con excepción de la víbora de Orsini, pueden provocar consecuencias excepcionalmente graves, ante la ausencia de seroterapia. Imaginemos lo peor: tienen miedo y, al no poder huir, no tienen otra opción, para defenderse, que atacarnos: “Hay muchas posibilidades de que sea una mordedura seca, sin veneno, explica Iván Ineich. No siente uno, en ese momento, más que la acción mecánica de los dos colmillos, casi nada, dos gotas de sangre que nos salen. Si hay veneno en cantidad, uno lo sabe de inmediato, tan vivo es el dolor. Como un golpe violento de martillo. Los síntomas son impresionantes: necrosis, edema, equimosis violácea, vómitos, malestares. Si alcanza la cara –lo que es rarísimo-, esto puede tener repercusiones terribles”. Olvídese de su bomba antiveneno: ninguna eficacia, ningún interés. Se corre el peligro de retrasar incluso la única cosa que se debe hacer: precipitarse al hospital. Una intervención sencilla, de final feliz en nuestro país, cuando, en otros lugares, las personas no pueden salvarse.
Suero muy caro
“Para numerosos países en vías de desarrollo, el suero antivenenoso es carísimo, interviene Max Goyffon. Han aparecido en el mercado sueros falsificados de bajo costo, que, en el mejor de los casos, no curarán nada; en el peor, serán nocivos. Resulta insoportable saber que, en pleno siglo XXI, miles de personas mueren a causa de mordeduras de serpiente, a pesar de que disponemos de sueros eficaces y bien tolerados. No olvidemos, entonces, que todos estamos echados a perder.
Vaya, antes de terminar, una breve información: también las culebras son venenosas, ¡pero no tienen dispositivos tan eficaces para inocular a los humanos. ¡Uf! Queda esta explicación a la francesa: “La culebra de Monpellier tiene colmillos lo suficientemente grandes en la parte trasera de la boca para operar”. ¿Las consecuencias? Normalmente, llegados a este estadio de la lectura, usted ya las conoce: “Tan sólo sufrir un pequeño edema, anuncia Iván Ineich. Ninguna muerte que lamentar”. Si después de esto no está usted convencido de que de nada nos sirve destruir lo que nos infunde miedo, pregúntese si no lo hace usted a propósito. De hecho, no lo hace usted a propósito. Comprensivo, nuestro herpetólogo comenta: “El miedo a las serpientes está inscrito en nuestro subconsciente. Nuestro cerebro funciona ahora de la misma forma que hace cien mil años, cuando había muchas más serpientes, y su peligro era real. Incluso los monos recién nacidos les tienen un temor innato. Tendrán que transcurrir miles de años para que este instinto arcaico desaparezca. Sería mucho más rápido si recurriéramos a la educación. Sobre todo porque eso resulta urgente. Entre nosotros, las serpientes desaparecen inexorablemente y en silencio. ¿Y si fuera ésa la truculenta historia de miedo?

