Indira Kempis

A veces no nos damos cuenta de todas las facturas que vamos a tener que pagar los habitantes de una ciudad caótica. Pocas veces nos detenemos a tomarnos el pulso de lo que estamos pensando y sintiendo a partir de eventos que violan o trastocan nuestros derechos humanos. Tampoco nos hemos preguntado qué vamos a hacer con lo que resulte para los años futuros. Hay momentos en los que al concluir mis jornadas asumo que en esta ciudad ni siquiera nos alcanza la iniciativa para vivir al día, sino que vivimos días antes.
El “efecto Monterrey” nos hace llevar una carga pesada de incertidumbre, miedo, desconfianza, crisis, desaliento. Para algunos reconocer esto implica un golpe a un orgullo regionalista que se basa en la historia que también se inventó para crear el imaginario de una ciudad-monumento: la del progreso, el desarrollo, la riqueza. Así de estática e incuestionable. La de los apellidos que toman las decisiones de lo público y lo privado, la de la invasión de tierras de los obreros, la de la exacerbación del auge industrial, la de la lejanía con el sur, pero la cercanía con el origen del mayor movimiento social de los últimos años en México: el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
La ciudad-contradicción porque, por un lado, su crecimiento económico (en auge en la época del proteccionismo) ha beneficiado al país, por otro, ha creado sociedades industrializadas enfocadas en la productividad que poco participan en la vida pública de su ciudad. Este diagnóstico es grave, ¿Con qué capital social se puede reinventar las soluciones a las problemáticas que nos enfrentamos? Ahí ha estado el idilio entre la televisión local y sus adeptos; los que no pueden más que ir de la casa al trabajo porque así se imponen las jornadas laborales. Ahí están los que teniendo los recursos cuentan con escasa imaginación para la propuesta, la falta de voluntad y de compromiso. Aquí, la ciudad estática cuando más necesita movilizarse, cuestionar, arriesgar, tomar sus poderes sociales.
El “efecto Monterrey” de la parálisis ante la crisis, la de la rabia contenida para que no crean que perdimos el control y los buenos modales; en donde la ciudadanía sigue aferrándose a las estructuras que, como crítica Zygmun Bauman, actualmente, de esa solidez no queda más que sociedades líquidas donde sus instituciones ya no son lo que son, la realidad no es lo que parece y las dinámicas se transforman de manera constante afectada por distintas variables.
No va a haber ciencia que nos declare competentes sino la ponemos en práctica ni creatividad ni imaginación plena si no hay interés en resolver entre todos los problemas sociales. Necesitamos una ciudad en movimiento de ideas, de cuerpos, de mentes, para contrarrestar el “efecto Monterrey”, ese que nos tiene en el sube y baja de las emociones, ajeno de deseos por cambiar el panaroma, en amnesia de su historia como en la terquedad de recuperar algo que quizá nunca existió. Reinventemos para revertirlo.
