Doctor Enrique Florescano
Miembro investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores. En 1996 obtuvo el más alto reconocimiento que otorga el gobierno mexicano: el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en el área de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía eflorescano@yahoo.com.mx
Si damos un salto de los tiempos remotos a los días actuales, advertimos que los motivos que hoy nos mueven a enseñar la historia no difieren sustancialmente de los fines que animaron a nuestros antepasados. Enseñamos a las nuevas generaciones la historia propia y la de otros pueblos, para hacerles conscientes de que son parte de la gran corriente de la historia, de un proceso que se inició hace miles de años y por el que han transitado pueblos y civilizaciones distintos a los nuestros.
Enseñamos el pasado porque reconocemos que el “pasado fue el modelo para el presente y el futuro”. El conocimiento del pasado, advierte Eric Hobsbawm, es la clave del “código genético por el cual cada generación reproduce sus sucesores y ordena sus relaciones. De ahí la significación de lo viejo, que representa la sabiduría no sólo en términos de una larga experiencia acumulada, sino la memoria de cómo eran las cosas, cómo fueron hechas y, por lo tanto, de cómo deberían hacerse”.[1] Como escribió Edward Carr: “hacer que el hombre pueda comprender la sociedad del pasado e incrementar su dominio de la sociedad del presente, tal es la doble función de la historia”.[2]
CONOCIMIENTO LIBERADOR
Ya lo decía Epicuro: el “conocimiento libera”, es el instrumento indispensable “para eliminar los miedos y los deseos irracionales”. Isaiah Berlin reiteró, con otras palabras, estas ideas: “el conocimiento –decía– al descubrir fuerzas poco reconocidas y, por tanto, incontroladas que afectan a mi comportamiento, me emancipa de las fuerzas despóticas, y más aún cuando han estado ocultas y han sido, por tanto, mal interpretadas”. [3]
Podemos, entonces, decir que la primera lección del conocimiento histórico es hacernos conscientes de nuestra historicidad.[4] Los individuos, así como los grupos y las generaciones, requieren situarse en su tiempo, en el inescapable presente, que irremediablemente forjará su propia perspectiva del pasado y sus expectativas de futuro. El ineludible juego entre presente, pasado y futuro es el ámbito donde los seres humanos adquieren conciencia de la temporalidad y de las distintas formas en que ésta se manifiesta. Así pues, debemos recordar que, como lo escribieron y realizaron los historiadores a lo largo de su prolongado periplo, “lo más importante del quehacer de un historiador, ya sea en el aula, en las monografías académicas o incluso en las intervenciones del primer plano por televisión: [es] enseñar”.[5]
La primera noción de que el ser humano está vinculado con sus antecesores en una suerte de cadena temporal, se adquiere en el seno de la familia. Ahí cobra conciencia de que es el eslabón temporal de un grupo social cuyos orígenes se sitúan en un pasado remoto. Esta percepción individual de la temporalidad se convierte en percepción social, cuando el joven o el adulto entran a formar parte de generaciones, grupos, clases sociales y naciones.
LAZOS SOCIALES
El conocimiento histórico enseña que, desde tiempos remotos, los seres humanos se organizaron en grupos, tribus, pueblos y naciones dotados de un sentimiento de solidaridad. Es el conocimiento que desvela la naturaleza de los seres humanos y nos acerca a los artefactos que contribuyeron a soldar los lazos sociales: la lengua, la etnia, la indumentaria, las relaciones económicas, los patrones alimentarios, el territorio, los vínculos familiares o la organización política. Y a la vez que profundiza el análisis de estos procesos, es un conocimiento liberador, contrario a la “fetichización de la historia”.[6]
De este modo, agrega Antoine Prost, “la historia es una propedéutica de lo social, de su diversidad, de sus estructuras y de su evolución. Enseña a los estudiantes que el cambio es normal, que no se debe temer y les muestra cómo pueden contribuir los ciudadanos a tal fin. Desde una perspectiva progresista y reformista, a medio camino entre la revolución y el inmovilismo, lo que se trata es de hacer de la historia “un instrumento de educación política.”[7]
Por ello, concluye Prost, “no hay proyecto colectivo posible sin educación histórica de los autores y sin análisis histórico de los problemas”. “Lo que se espera de ese aprendizaje ¾agrega John Lewis Gaddis¾ es un presente y un futuro en los que el pasado permanezca con toda su gracia […] Con esto me refiero a una sociedad preparada para respetar el pasado, haciéndolo responsable, una sociedad menos propicia al desarraigo que al reajuste, una sociedad que evalúa el sentido moral por encima de la insensibilidad moral”.[8]
Por las razones anteriores, se puede afirmar que el conocimiento histórico es indispensable para preparar a los jóvenes a vivir en sociedad: proporciona un conocimiento global del desarrollo de los seres humanos y del mundo que los rodea. Si las nuevas generaciones están obligadas a conocer el presente, es conveniente que lo hagan a partir del pasado que ha construido ese presente. Desde fines del siglo XIX el historiador francés Charles Seignobos decía: “La enseñanza histórica es una parte de la cultura general, puesto que permite incluir al alumno en la sociedad en la que vivirá, haciéndolo asimismo capaz de participar en la vida social”.[9]
La historia, al recoger y ordenar el conocimiento del pasado, se convierte en el almacén de la memoria colectiva. Es el saber que da cuenta de las raíces profundas que sostienen a las sociedades, las naciones, las culturas, los basamentos del ser humano. La formación de una conciencia ciudadana está en relación directa con la capacidad del individuo para interiorizar los derechos y deberes que sostienen al conjunto social. Comprender el mundo contemporáneo y actuar sobre él como persona libre y responsable exigen el conocimiento de la diversidad social y de su desarrollo histórico.
INSTRUMENTO DE EDUCACIÓN POLÍTICA
“La historia, al explicar cómo se ha formado la nación, proporciona a los ciudadanos los medios para elaborar su propia opinión sobre la evolución política o social […]. Ésta es la contribución específica de la enseñanza de la historia: por eso la historia –dice Prost- es más adecuada que ninguna otra disciplina para formar ciudadanos”. Es un “instrumento de educación política”.[10] Podría entonces decirse que la lectura de la historia, como lo postula Mario Vargas Llosa para la buena literatura, es “una actividad irreemplazable para la formación del ciudadano en una sociedad moderna y democrática de individuos libres, y que, por lo mismo, debería inculcarse en las familias desde la infancia y formar parte de todos los programas de educación como una disciplina básica”.[11]
Si aceptamos estas consideraciones, tenemos que concluir que el historiador de hoy tiene las mismas tareas y responsabilidades que le heredaron sus antecesores, pero enfrenta otros desafíos.
En primer lugar, hay un cambio en la relación entre la historia y el lector, porque la comunicación por medio del libro ha perdido el cuasi monopolio del que disfrutaba desde la invención de la imprenta. Hoy día, otras formas de comunicación, como la televisión y los medios masivos son más rápidos, baratos y eficientes para transmitir el conocimiento. Además, por efecto de la globalización acelerada que vivimos, hoy predomina una concepción de la realidad y de la vida en sociedad que tiende a borrar las diferencias antropológicas y culturales que caracterizan a los pueblos e individuos que conviven en un mismo país o región.
Esta tendencia a la homogeneidad ha contribuido a convertir a los libros de historia en constructores inadvertidos de la uniformidad de metas que imponen hoy los poderes fácticos y los medios masivos a la condición humana.
Por otra parte, ocurre que en la enseñanza básica, media y superior de nuestros días, en los programas académicos, en las instituciones dedicadas a la investigación y a la formación de las nuevas generaciones y en los medios de información, el pasado ocupa un espacio cada vez más reducido, esquemático y banalizado. El presente, por el contrario, llena la mayor parte de los espacios educativos, científicos, técnicos, informativos y propagandísticos que forman la conciencia ciudadana y la opinión pública. Vivimos un presentismo globalizado con el resultado de que la historia ha perdido su papel como ciencia de la diferencia y como instrumento de comprensión de la diversidad y pluralidad propias de las comunidades humanas.
Junto a estos desafíos no puedo dejar de mencionar una grave distorsión en el ejercicio de la profesión de historiador, que se ha agudizado desde que esta disciplina adquirió rango académico, se institucionalizó en el curriculum universitario y creó su propio mercado: los profesores y estudiantes de historia. Al adquirir este estatuto, casi como reacción pavloviana, los historiadores comenzaron a escribir para ellos mismos y su mercado cautivo, en un lenguaje abstruso que ellos llamaron científico, de manera que desde la segunda mitad del siglo XX los historiadores profesionales se separaron del gran público que habían formado los historiadores clásicos y los ilustrados. En los días actuales el distanciamiento entre los historiadores y la sociedad ha cundido y es un mal universal, un virus que ha penetrado todas las actividades académicas que se realizan en nuestro país, según lo confirma el informe reciente de la Academia Mexicana de la Ciencia, titulado El debate de la Ciencia en México (2010).
[1] Eric Hobsbawm, On History. Weindenfeld and Nicolson, 1997: 28.
[2] Edward Carr, ¿Qué es la historia? Barcelona, Editorial Seix Barral, 1970: 73.
[3] Isaiah Berlin, Sobre la libertad. Edición de Henry Hardy. Madrid, Alianza Editorial, 2009: 227 y 298-299.
[4] “La vida humana se desarrolla en el tiempo, es en el tiempo donde ocurren los acontecimientos y (…) es en el transcurso del tiempo que los hombres escriben la historia”. Charles Samaran (comp.), L’Histoire et ses Méthodes. París, Bibliothèque de la Pléiade, 1961: 37.
[5] John Lewis Gaddis, El paisaje de la historia. Cómo los historiadores representan el pasado. España, Anagrama, 2004.
[6] Jacques Le Goff, Pensar en la historia. Ediciones Paidós, 1991, 141. En esta misma página Le Goff cita las palabras del historiador polaco Witold Kula: “el historiador tiene que luchar paradójicamente contra la fetichización de la historia (…) La deificación de las fuerzas históricas, que lleva a un sentimiento de impotencia e indiferencia, se convierte en un verdadero peligro social; el historiador tiene que reaccionar, mostrando que nunca está íntegramente inscripto por anticipación en la realidad, y que el hombre puede modificar las condiciones que se le han impuesto”.
[7] Antoine Prost, Doce lecciones sobre la historia. Madrid, Cátedra-Universitat de València, (Frónesis), 2001: 38 y 302.
[8] Gaddis: 192-193.
[9] Citado por Antoine Prost, 24.
[10] Ibid., 38 y 292.
[11] Mario Vargas Llosa, La verdad de las mentiras. Madrid, Punto de lectura, 2007.
