Una ciudad que camina

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Indira Kempis

He sobrevivido todos los años de mi vida sin auto. Vivir la infancia en un lugar pequeño donde los autos sólo se usaban para lo indispensable fue algo que marcó mi visión sobre la movilidad. Recuerdo también que entre las enseñanzas familiares están el valorar la capacidad de movimiento que tenemos gracias a nuestro par de piernas. Debo aceptar mi poca tolerancia a estar inmóvil durante horas en el tráfico. Cuando ha sucedido, suelo bajarme del transporte para caminar. Se pregunta si alguna vez he deseado un automóvil… Sólo cuando entro en desesperación por no haber calculado el tiempo suficiente para llegar pronto o en una emergencia.

Cada día que me objetan que la movilidad de una ciudad no puede depender únicamente de la bicicleta o nuestras piernas, les doy la razón. Efectivamente, la propuesta integral de movilidad no plantea mono soluciones simples. Al contrario, invita a incentivar por medio de políticas públicas de ciudad e infraestructura mayores posibilidades de traslado que permitan disminuir el uso excesivo del automóvil que nos está cobrando desde ahora las facturas: contaminación, estrés, parálisis de vida social.

Nuestros pies y la bicicleta son los nodos que permitirían ampliar otra gama de transportes, en la que se incluye al auto, pero que permitiría una movilidad urbana sustentable. Lo cual tendrá efectos positivos en el cuidado del medio ambiente. Pero no sólo eso. Cuando el auto se convierte en parte de nuestras prioridades cotidianas sin que podamos dejar de usarlo por un momento para hacer una caminata o tomar la bicicleta, nos perdemos de esos pequeños detalles que hacen de la ciudad un espacio que va más allá del ser el tránsito de casa al trabajo o viceversa, sino un lugar para la convivencia social, la que justo se genera a partir del contacto con el entorno y otros seres humanos.

¿Por qué es importante lo anterior? Porque nuestra salud social depende en gran medida del contacto que establezcamos con los demás. A partir de esto, se crean conexiones para posteriores relaciones que permiten la organización social. En la medida que dejemos el encierro que representa la movilidad solamente con los automóviles, podemos contribuir a la reconstrucción del tejido social que se hace necesario en estos tiempos de crisis de seguridad. Si no existen estos lazos que se dan a partir de compartir la ciudad, conversar, no perder nuestra capacidad de asombro, encontrarnos con otros en la calle, entonces complicaremos las opciones para reinventar el tejido social y valorar nuestros cuerpos, antes que a los productos que nos hacen movernos.

 

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