Gabriel Contreras
Zacarías Jiménez no es un escritor notable, en efecto, ya que su obra, dispersa y desordenada, no está enmarcada en antologías o revisiones críticas tan en boga en el nuevo siglo.
Tampoco es un escritor famoso, ni llegó a ser un escritor de moda, de cocktail o de tumultos.
Él se conformó con escribir, y mezcló, en sus historias, una imaginación acorde con su vida personal, su radical timidez, su callado entusiasmo, y su visión del mundo, dominada por la lectura, el alcohol y la desmesura.
Cuando lo conocí, él era joven y yo también.
Llegó con unos cuantos textos al taller de Nacho Betancourt, y ahí trabó amistad con Arnulfo Vigil, con Jesús de León y conmigo.
Después, siguió escribiendo y escribiendo, sin sumarse a grupo alguno, dotado acaso de una terrible soledad y de unos fantasmas que lo persiguieron hasta el final.
A veces, en las madrugadas, gritaba, desesperado, o salía a la calle a caminar, en medio de la más temible oscuridad.
Era tímido, pero al mismo tiempo buscaba la oportunidad de vivir historias fuertes, duras, negras.
Y de pronto se murió.
Hoy, Zacarías es una ausencia en nuestra ciudad, una ausencia que muchos no alcanzan a ver, seguramente.
Hoy, eso sí, hoy su única manera de expresarse es a través de sus historias. Sus historias lo sobreviven, y lo abrazan como se abraza a un amigo. Zacarías, que tengas suerte en esta nueva historia que apenas te abre sus puertas, bye, camarada.

