Gabriel Contreras
Tengo conmigo un ejemplar de “Doce cuentos peregrinos” desde 1996. Fue editado en Barcelona, por Altaya. No es una edición de lujo, pero es, evidentemente, resistente al tiempo y sus climas.
Cada vez que lo leo, pienso qué manera tan excepcional de contar tiene este hombre. Es un escritor que, además de famoso, es buen escritor, y eso ocurre pocas veces. Casi siempre, los escritores famosos son todo menos escritores.
Otra cosa. Cuando leo otra vez “Doce cuentos peregrinos”, me maravillo ante la fuerza y el potencial de su prólogo. De modo que este ejemplar ha ido acumulando apuntes y apuntes, hasta convertirse en una especie de agenda sin fechas.
Vaya, es que no se trata solamente de un prólogo. García Márquez siempre dice más de lo que dice, y provoca más de lo que provoca.
En una de esas lecturas, anoté, con un lápiz que seguramente perdí en alguna mudanza, en una orilla de la página:
“Me parece que este prólogo es algo así como una pequeña obra de arte, un breve monstruo de la escritura. Es un ensayo sin serlo, una confesiónsin serlo, y un cuento sin serlo”.
“Doce cuentos peregrinos” tiene el privilegio de albergar 18 años de trabajo ficcional de Gabriel García Márquez.
Mientras lo creaba, la vida se iba acumulando, las cosas cambiaban, y sus palabras maduraban de una manera eficaz, pero lenta.
Y una de las cosas que más ha cambiado desde que García Márquez escribió este libro, es el futuro del cubano Fidel Castro. ¿Por qué digo esto?
Cuando García Márquez escribió el cuento “Buen viaje, señor presidente”, algunos, muchos de sus lectores, imaginamos que el personaje central de ese cuento era Fidel Castro, en ese tiempo amigo de García Márquez y, además, comandante en jefe del gobierno cubano.
En el cuento de García Márquez, el “presidente” vive un difícil exilio tras su derrocamiento, recorre con pasos pobres las calles de Ginebra, y acaba siendo apoyado por un chofer de ambulancia, cuyos propósitos eran menos nobles de lo que parecían.
Así, el “presidente” mira acercarse a la muerte, y decide que un fallecimiento digno es también una forma de la elegancia. De modo que encuentra el modo de vender algunas joyas para pagarle la cuenta a los médicos.
Y de pronto ocurre que el “presidente” nos decepciona a todos, porque no se muere. Al contrario, sigue la vida un poco como si nada.
Y la paradoja va más lejos, porque el que se murió fue García Márquez (el poderoso escritor), en tanto que el anciano en ruinas (Fidel Castro) sigue tan campante como la Torre Eiffel…
En fin, que la vida es así. Todos tenemos un futuro perfectamente prefijado por los astros y el café, hasta que de pronto ese futuro cambia y ya nada sigue igual, aunque todo acabe siendo lo mismo.

