No se me ocurre nada

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Gabriel Contreras

«No se me ocurre nada” es uno de los grandes problemas de la creatividad. ¿Por qué? Porque, si no se te ocurre nada, no harás que nada ocurra. Esto es un juego de palabras, sí, pero tiene algo de real. Veamos.

He oído tantas veces esa frase.  Lo que ha cambiado es, quizás, el tono. La he escuchado en forma de lamento, de pretexto, de reclamo, de queja, de autocompasión, etcétera. Por alguna razón, muchos de mis amigos artistas se pasan días, o meses, o años, rumiando esa frase. “No se me ocurre nada”.

Ok. Es un problema grave, pero también es un problema sencillo, según se le aborde.

Es  un problema grave, y muy grave, si lo que haces es estar sentado frente a una taza de café, y esperas que de pronto “se te ocurra algo”. En ese sentido, la cosa es realmente problemática, porque puede que, en efecto, nunca se te ocurra nada.

Y es un problema sencillo, si buscas la solución más allá de estar sentado frente a una taza de café. O sea, afuera de ti.

Supongamos que quieres escribir, no sé, un poema, un cuento, una fábula, algo divertido, o algo que te exprese, que te muestre. Ok. No se te ocurre nada. Bien. Te daré un ejemplo de cómo puedes abordar esa situación en forma creativa, divertida, y puede que hasta eficaz. Esta técnica, cuando menos, te sacará del puntaje cero de las ideas. Te llevará de “cero” a “algo”. Checa.

Quieres escribir un cuento raro, imaginativo, pero no se te ocurre nada. Bien. Mira la mesa, ¿qué tienes ahí? Un plato, una cucharita, una taza de café. Bien.

Ahora, mira al frente, ¿qué hay? Un poster de un cabaret francés de los tiempos de Toulouse Lautrec. Ok, es una copia horrenda, pero da la idea.

Ahora, voltea al suelo, ¿qué miras?

Cables. Debajo de la mesa hay unos cables.

Bien.

Cierra los ojos. Piensa en una pieza musical.

Ok, supongamos que pensaste en “Snowflakes are dancing” (no sé cómo se dice en francés ni en español, pero no importa), de Debussy.

Veamos. Tienes varios elementos ya. Una taza, una cuchara, una taza, un plato, un poster, unos cables, y una pieza musical.

Cierra los ojos. Piensa en esos elementos, digamos cinco minutos.

Ok. Anótalos en unos papelitos, mézclalos.

Ahora, dales un orden.

Ahora, a partir de cada uno de ellos, crea una frase.

Observa las frases con atención.

Ahora, de cada frase deriva un párrafo.

Lee con atención esos párrafos, imagina una lógica, una línea que los una de alguna manera.

Puede ser que tengas algo así…

Todo giraba y gira…

Aquel cable, sucio y descascarado, era uno de los elementos que permiten que ese antiguo tocadiscos me envuelva la música de Debussy.

Gira, el disco gira…

No sé cómo, pero mi infancia estuvo tocada por la música de Debussy, y yo, la verdad, no lo sabía.

Gira.

Yo ignoraba tantas cosas. Ignoraba, por ejemplo, que el espíritu del arte impresionista estaba presente en los cafés de Paris. No tenía ni idea de eso, claro que no. Para mí, la idea de Paris se reducía a Picasso, la Torre Eiffel, y nada más. O sea, que imaginaba eso por alguna película, no por un auténtico saber…

Gira, todo gira…

Mucho tiempo después, he podido acordarme de unas cucharas y un plato que no sé cómo compré en un bazar, y que eran ingleses, pero para mí, tontamente, eran un símbolo francés…

No supe más de esa cuchara, ni de esas chácharas, ni de… de tantas cosas. Y ahora, en esta mesa, todo comienza a girar, a girar…

Ok, Puede que no sea una gran escena, una magnifica narración. Es más, seguramente no lo es. Pero es ALGO. Y es algo, que se puede construir en cinco o diez minutos si te atreves, si te decides a observar, a percibir lo que hay a tu alrededor.

El asunto es este: las ideas no siempre van a brotar de ti. A veces, pueden estar en otro lado, y si te asomas, podrás verlas, encontrarlas, manipularlas, transformarlas. ¿No se te ocurre nada?

 

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