Prehistóricos

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Gabriel Contreras

¿Cómo escribían Sor Juana, Shakespeare y Cervantes, si en sus días ni siquiera existía el paquete Office? A falta de un buen procesador, ellos utilizaban una pluma de ganso, que afilaban de vez en cuando y mojaban en un tintero cristalino. Ese era su software. Lo mismo harían en un futuro no muy cercano Zolá, Flaubert, Zweig y nuestro Alfonso Reyes, porque, como intelectuales de alto nivel, vivían al “último grito de la moda”, pero la vida no les daba mejor instrumento de trabajo que el lápiz o, lo más, la pluma.

Al paso de los años, y con la llegada de las innovaciones de la modernidad, grandes profesionales del pensamiento, como Mark Twain, Niestzche y John Reed, utilizarían la máquina de escribir. Nada menos. Es difícil imaginarse al periodista norteamericano John Reed, a caballo, portando una máquina metálica de veinte kilos. Pero así fue, y punto.

Hoy, aquella invención innovadora y revolucionaria, apenas se asoma en unos cuantos ejemplares repartidos en las mueblerías para pobres. Son sus últimos pasos, luego de haber sido transformada en un mero teclado…

Veamos un poco de su historia, fugaz pero importante.

Al despertar, apenas abrimos los ojos y encendemos la computadora. Antes de dormir, checamos algún posible mensaje urgente en el teléfono. La luz de la pantalla nos acompaña día y noche. Si no hay una pantalla encendida, la vida parece que desapareciera. No podemos llegar a una fiesta si el dispositivo GPS no nos indica cómo avanzar y dónde tenemos que dar vuelta, tal y como si fuéramos ciegos, tontos o pilotos de avión. Vivimos rodeados, ayudados y atrapados por máquinas. La odisea del espacio, de Stanley Kubrick, es prácticamente nostalgia para nosotros. Tomamos café preparado por una máquina y preferimos que una máquina atienda nuestras quejas en el banco. Nuestros cuerpos se desplazan, se agitan, se activan, disfrutan, e incluso mueren ineludiblemente ligados a numerosos complementos, a los que llamamos cariñosamente prótesis, y que no son otra cosa que extensiones tecnológicas, aditamentos.

Entre esas ayudas externas o prótesis, la máquina de escribir estableció un capítulo brillante y feliz en el horizonte de la cultura. Tuvo su momento estelar y entonces fue la reina. Como el libro, la máquina de escribir nos servía para proyectar, representar, reflejar e incluso extender el pensamiento. Algo así escribió en algún momento Borges, en sus siete conferencias, algo así. El caso es que el libro, la estilográfica, el bolígrafo y la máquina de escribir se distinguieron como artefactos de apoyo para el acto de pensar. Hoy, los vemos un poco como cacharros, con una sonrisa asomada, artilugios arrojados en el inagotable resumidero de la historia. Sin embargo, hay en esos pedazos de metal, tinta y papel historias que vale la pena considerar.

Desde la invención del libro y la máquina de escribir han pasado muchísimos años, y la herencia que nos dejaron puede considerarse inmensa y valiosa, no sólo por la importancia que tuvieron en sus primeros años en los que fueron puestos en acción, sino porque aún hoy siguen siendo, de alguna manera, útiles, latiendo escondidos en la trastienda de Facebook, You Tube, y los archivos PDF. Su creación, su diseño y su formato han ido evolucionando y transformándose al compás de la globalización de la cultura y el ascenso de las redes. Sin embargo, poco a poco, tienden a desaparecer, no sin antes sorprendernos con la influencia que siguen teniendo, como todo invento que haya vigorizado la vida humana. El libro, la pluma, el bolígrafo y la máquina fueron compañeros de muchos escritores, periodistas, filósofos, sacerdotes, etcétera. Fueron los instrumentos básicos de empresarios, poetas, contadores, y los ayudantes de una inmensa cantidad de personas que, para vivir, o sobrevivir, precisaban de tratar con la lectura y la escritura.

La idea de forjar una máquina de escribir nos conduce al Siglo XVIII, y ya en pleno Siglo XIX surgían diversos inventores empeñados en crear un dispositivo de escritura mecánica, que facilitara la tediosa, difícil y terrible labor de la escritura a mano, que por entonces era la única que se empleaba y constituyó el furor de la pluma.

Muchos de aquellos intentos fracasaron. La primera patente que se conoce respecto a una máquina de escribir, la entregó la Reina Ana, de Gran Bretaña , eso fue en1714. El afortunado inventor fue Henry Mill, pero el primer proyecto conocido, antecesor de este curioso artefacto, es el llamado “címbalo escribiente”, de un tal Giuseppe Ravizza, fabricado en 1837, y patentado en 1856. Ese, el mentado címbalo, fue el auténtico inicio de una gran cantidad de modelos, retos a la innovación, que surgieron conforme se perfeccionaba la técnica de la escritura mecánica.

Tuvieron que pasar muchos años antes de que la máquina de escribir se lograra estructurar con las características que poseen las típicas Olivetti, que hoy vemos de vez en cuando, de reojo, en los bazares de antigüedades. La primera de ellas, fue obra de dos estadounidenses: Sholes y Gidden, quienes a través de la empresa Remington and Sons, de Nueva York, fabricaron el primer modelo de estatura industrial. Hablamos del año1873. Esa fue la máquina de escribir Remingnton. Sin embargo, las primeras Remington escribían solo en mayúsculas, y no fue sino hasta 1878 que se hizo posible el cambio debido a dos inventos: la palanca y la tecla doble, permitiendo la adición de la letra minúscula, los números y otros símbolos, hoy por cierto ineludibles. (Dato importante: la Remington carecía de emoticones).

La historia de la máquina de escribir no termina, ya que en su ruta de innovación se une con el teclado de las computadoras y los teléfonos actuales. La máquina de escribir, pertenece, digámoslo así, a la prehistoria de la escritura digital.

Si hay algo que sobresale de la máquina de escribir es que fue una de las partes principales de la literatura de aquellas épocas, ya que gracias a su invención, escritores, periodistas y literatos lograron crear algunas de sus obras, buenas, malas o excelentes.

Hoy, cuando la cultura digital produce nuevas formas y soportes de escritura cada mes o dos meses, hay quien sigue atado de alguna manera a la máquina de escribir. Gente prehistórica, piezas de museo. Asombroso, pero real. Uno de esos casos es el norteamericano Paul Auster, y el otro es el del director de cine Woody Allen.

Como se sabe, Paul Auster pasó parte de su juventud en Francia, y allá su rutina de escritura no tenía otro recurso que una Olivetti, portátil y eficaz.

Al regresar a Estados Unidos, Auster se hizo de otra máquina, y hasta donde se sabe sigue tecleando en ella, más allá de que sus libros se procesan por los medios más actuales.

Woody Allen, uno de los más sorprendentes artistas de su generación, gusta de las muchachas jóvenes, pero en materia de tecnología es un tanto anticuado: musicaliza sus películas con discos de 33 RPM, y escribe sus guiones en una máquina, para corregirlos a base de pluma, tijeras y cinta Scotch.

Hoy, el uso de la máquina es cosa de museo, pero su sonido sigue haciéndonos pensar, con una secreta nostalgia, en Truman Capote, en Hemingway y, por supuesto, en García Márquez, Cortázar, Carlos Fuentes y Fitzgerald.

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