Por Ismael Vidales Delgado
Era el año de 1955 cuando llegué a Monterrey, procedente de Villaldama montado en el legendario tren “La Marrana” que hacía recorrido entre Monterrey y Nuevo Laredo y viceversa. Venía a estudiar en la Normal. Traía solamente una “red de mandado” y en ella un cambio de ropa. Me instalé con una generosa familia de Villaldama que ya radicaba en una modestísima vecindad por la calle de Carlos Salazar al Poniente.
Éramos alrededor de diez inquilinos que le hacíamos el gasto a esta generosa familia, decíamos en broma que éramos “una familia muy acomodada”, porque para dormir, nos acomodábamos como cigarros en el piso del pequeñísimo cuarto que de día era sala y comedor y por la noche dormitorio común. No tengo con qué agradecer tanta generosidad, y no olvidaré nunca esta muestra de solidaridad. ¡Dios los bendiga!
Los domingos me reunía en los patios del PRI por la calle de Pino Suárez entre las de Madero y Arteaga, con Arturo Ábrego y Jesús Iruegas que ya eran prominentes maestros, para jugar una “cascarita” de básquetbol. Eran evidentes mis penurias económicas, con escasos 16 años a cuestas y una miseria que me provocaba un ruidoso gruñir de tripas en la panza pegada al espinazo.
Nunca olvidaré esos partidos de básquetbol, nunca pagaré el primer par de tenis que me regaló Arturo ni los pantalones de vestir que me dio “Chito” Iruegas. Nunca me ganaron en básquet, pero me ganaron en el corazón, donde los llevo con especial afecto.
Debo agregar que obtuve buenas calificaciones en la Normal, sin embargo pasaban los días y no me daban trabajo, yo veía cómo mis compañeros salían de la oficina del Director de Educación Don Buenaventura Tijerina con su nombramiento, felices y yo… nada.
Un domingo, mientras jugábamos la “cascarita” me preguntó Arturo si ya tenía trabajo, le contesté que no y le mostré mi boleta de calificaciones. Dijo, mañana te espero en la Dirección (Washington y Juan Méndez) a las diez, llegué más que puntual, Arturo también, me presenté y me dijo, espérame aquí, subió a la oficina de Don Buenaventura y a los diez minutos, salió con mi nombramiento, era una tarjetita amarilla que aún conservo. Así llegué a la primaria Club de Leones No. 7 en la colonia Estrella, al Norte de la ciudad. Chito ya murió y a Arturo le mando un gran abrazo y pido a Dios que lo conserve con salud muchos años más. Como decimos en el Norte ¡De esas máquinas ya no salen!

