José Leal
Con excesivo optimismo Nissan y otras grandes automotrices anuncian sus primeros vehículos “cero emisiones” de producción masiva en lo que podría ser un fiasco mediático de proporciones globales. Se dice en la publicidad que coches como el Leaf, que funcionan totalmente a batería, servirán para reducir emisiones de CO2 en las ciudades más contaminadas. Todos esperamos con entusiasmo los avances tecnológicos que revertirán el enorme daño ambiental que la economía petrolera ha causado al planeta; el optimismo, sin embargo, debe ser cauteloso.
La compañía nipona ha invertido millones en publicidad para colocar sus automóviles ecológicamente “amistosos” en los mercados, pero lo que a primera vista puede parecer una idea magnífica que ahorrará millones en combustibles y mejorará la calidad de vida de todos, puede en realidad significar mucha más contaminación de la prevista. Un motor eléctrico impulsado con baterías ciertamente es libre de emisiones, pero cuando el conductor conecta su coche a la red para restablecer la carga del vehículo, demanda una energía cuya generación podría ser tanto o más contaminante que el escape de un motor pequeño. Irónicamente, un vehículo a baterías solo puede ser tan limpio como la fuente que lo recarga. En ciudades como Monterrey por ejemplo, donde casi toda la energía proviene de la quema de hidrocarburos, los vehículos eléctricos recargarían sus celdas de un sistema más contaminante que los motores a gasolina que se estarían sustituyendo.
La sustentabilidad ambiental va mucho más allá de lo obvio; las ciudades y las naciones deberán afrontar los retos ecológicos como prioridades de Estado promoviendo soluciones integrales reales a problemas que rebasan la capacidad de respuesta de las empresas y los mercados. Sólo mediante inversión y legislación efectiva lograremos liberarnos del yugo petrolero.
