Ausencias pandémicas

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Arq. Abiel Treviño Aldape

El barrio, la plaza, y en la escala mínima, la banqueta, son los elementos sine qua non para los encuentros vecinales. Los barrios ordinariamente tenderán a conservar su geometría germinal, las plazas y parques, son susceptibles de sufrir modificaciones por diversos motivos; habría tan sólo que recordar la brutal redelimitación que sufrió la alameda Mariano Escobedo, a manos del general Bernardo Reyes, que a veinticinco años de su creación, fue mutilada a la mitad de su tamaño original, para insertar la antigua penitenciaría —y vender los terrenos residuales—.[1]

Sin embargo y con fehaciente regularidad, las banquetas suelen ser mancilladas y vilipendiadas por una plétora de componentes urbanos. Varía desde su anchura —con un mínimo de 1.50 mts., de acuerdo con el artículo 196 de la Ley de Desarrollo Urbano de Nuevo León—, donde podemos encontrar desde postes para infraestructura (muchas veces, con sus retenidas), arbotantes, señalamientos viales, semáforos, rampas (ojo: para acceso cocheras, no para accesibilidad a discapacitados); hasta paradas para camión o transmetro, botes de basura adosados a postes, registros telefónicos, transformadores de C.F.E., tapas de registros, árboles, jardineras y arriates, e incluso rejas de cocheras que se apropian de parte de la acera, en fin, un espectro tan amplio como gravoso, elementos que la mayor parte de las veces obliga al peatón a caminar por el arroyo de la calle.

Recuerdo con nostalgia la década de los setenta, cuando era niño y podíamos disfrutar de las banquetas; mis padres, junto con casi la totalidad de los vecinos de la cuadra, sacaban las mecedoras por las tarde-noche, para convivir sanamente entre ellos (esto en pleno centro de la ciudad) —cuarenta años después, mis padres son el último bastión que mantienen esta rancia tradición (con las reservas, por motivos de seguridad) —.

Había también la libertad (y confianza) para reunirnos en la plaza que da nombre al barrio, la plaza “del chorro”, antiguo crisol de tiempos no tan lejanos; así como las puertas abiertas, de las casas de los compañeros de la primaria.

Las banquetas contemporáneas, lejos de coadyuvar a la integración social (como primer eslabón, después de la casa) dificultan la movilidad y accesibilidad. La ausencia de plazas que den identidad local, y sirvan de amalgama para forjar barrios fraternos, y a su vez, la falta de barrios que fortalezcan el entramado urbano, son dolencias pandémicas.

No todos los males duran cien años; pensemos en términos de comunidad, plasma de la vida urbana.

Bibliografìa

http://encicloregia.monterrey.gob.mx/


[1] Esto sucedió en 1886. Cabe mencionar que hasta 1912 ostentaba el nombre de “Alameda Porfirio Díaz”.

Fuente: http://encicloregia.monterrey.gob.mx/; consultado 01 de mayo del 2011.

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