Forjando ágoras

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Arq. Abiel Treviño Aldape

Habitualmente, damos por sentado el siguiente “axioma urbano”:

Espacio público = bien colectivo —incluyente

Espacio privado = bien particular —excluyente—.

Resulta (normalmente) una dicotomía de estas tipologías; puede pensarse que son antagónicas, que responden a soluciones formales situadas en las antípodas sociales.

El espacio público (de convivencia, por antonomasia) no solamente se genera mediante —o primordialmente— enhebrando andadores, corredores, plazas y parques en el tejido urbano.

Sabemos que el hubiera no existe, pero, si hubiera espacio público en las urbanizaciones privadas, sobre todo en los diferentes a desarrollos inmobiliarios (comercio, salud, servicios, etcétera) obtendríamos espacios intersticiales donde se coadyuve a desarrollar la vida y convivencia pública.

Un buen ejemplo —con la salvedad que es de uso público— de un edificio que le regala una zona de convivencia a la ciudad, es la planta baja del palacio de gobierno de Monterrey, que se aprovecha tanto como una extensión de las oficinas (durante cierto tipo de eventos o programas de gobierno), como para realizar actividades de convivencia familiar, de recreación, de cultura y de ocio. Podemos referir como un ejemplo de un desarrollo privado que cede parte de su predio —entiéndase propiedad— a la ciudad, al Rockefeller Center en Nueva York, con su plaza pública de usos múltiples (restaurante al aire libre en verano e inmensa pista de patinaje durante el invierno).

Pensar en estos nodos integradores —que pueden incluso convertirse en hitos, como el caso del ejemplo anterior— pergeñados desde el programa arquitectónico (no como resultado de un espacio residual), sin duda conlleva resultados positivos tanto a la vida pública como para la privada, forjando nuevos puntos de encuentro, de descanso, de diversión, de cultura, de relax, de ocio, de vida pública, de ayudar a “hacer ciudad”; logrando superar el paradigma de espacio privado = sitio excluyente, al integrar la ciudad, dejar que la ciudad (con su ciudadanía) “entre” (y de vida) al vestíbulo (un ágora contemporánea) de un edificio privado (que permite cierta permeabilidad urbana, una porosidad que admita que la ciudad vuelva a respirar).

Como colofón, me permito utilizar una sobria descripción de Attali sobre la arquitectura, que viene a apalancar esta breve reflexión: “No habrá más arquitectura al margen del urbanismo: ni un solo inmueble sin áreas de recreo y de ocio” (Attali: 43).

 

Bibliografía

ATTALI, Jacques; 2007 [1988]; Diccionario del siglo XXI; Bolsillo Paidós; España.

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