Indira Kempis
Fui caminando a esa cancha de pasto sintético verde, parece común, pero no lo es. Está atrás de las aulas de la secundaria y al frente de los salones que son para los talleres. El verde se queda en los ojos como abrumando la llegada de quien visita. Los estudiantes están en tiempo de clases. El silencio se hace aire, ahí sentado un muchacho, en la cera de al lado, otro.
¿Qué puede hacer una cancha de fútbol estéticamente diseñada y gratuita en una secundaria? Primero, reconociendo el ambiente cultural y deportivo de la ciudad, una cancha de fútbol no sólo representa el juego, el equipo, el entrenador y los jugadores, para muchos –la mayoría hombres- es sinónimo de vida, pasión, entrega, disciplina y diversión. Todos ellos tienen una historia detrás del balón. De tal modo que no es una simple cancha.
Como un “trofeo” en la mitad del terreno, se asoman las porterías bajo el rayo del sol. El director de la escuela relata que antes, cuando no existía, los muchachos que no van a la escuela se saltaban la barda para “rallarla”, ahora –aunque no deben hacerlo-, han dejado eso y cambiado por el fútbol, ¿cómo no habrían de hacerlo si la mayoría de estos jóvenes son unos niños?
Sergio Fajardo, en aquella conferencia que dio en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Nuevo León, explicaba su programa de intervención social cuyo lema era: “Lo más bello para los más humildes”… No para que lo admiren, sino para que vivan la belleza del vivir. Eso es esa cancha al ser usada. La mejor cancha del mundo, que más allá del juego, tiene una función importante, redirigir la energía para el deporte, la creatividad y la salud física. Oportunidades de abandonar las armas para jugar, porque, efectivamente, los niños y niñas de la “indepe”, sólo unos niños…
