La ciudad no se ve igual desde la Indepe

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Indira Kempis

Eran las aproximadamente las 10 de la mañana cuando se estacionó la camioneta en que viajaba en una secundaria de la Independencia. Al frente, ese edificio color crema con aromas de tiempos añejos, se convirtió en el punto de referencia para entender por qué el entorno, el paisaje, la infraestructura, influyen en nuestras formas de vida.

Una escuela de dos pisos con pasillos impecables alberga a jóvenes entre los 12 y los 15 años. El Director de la escuela y una madre de familia nos cuentan con detalles cómo era la vida escolar antes de  que se implementara el programa de intervención social que el  Gobierno del Estado de Nuevo León junto con empresas y sociedad civil han hecho en la colonia Independencia. Cuentan del mal estado de las instalaciones, de paredes grafiteadas y de poca participación de las madres de familia y los maestros para la colaboración mutua. Por ejemplo, antes no tenían opciones de aprender algo dentro de la escuela, ahora hay talleres de formación continua en diversas actividades deportivas, artísticas y académicas.

Esos programas están a cargo de algunas de las dependencias públicas relacionadas y lo hacen en una zona de salones que se construyeron específicamente con ese fin: servir de aulas públicas comunitarias para el conocimiento de quienes acompañan a los jóvenes en la travesía de ir a la escuela.

Hemos llegado a una de las aulas  que todavía “huelen a nuevo”. Siete madres de familia están tomando clases de Desarrollo Humano. La tutora les explica cómo es que la resolución de conflictos tiene que ver con poder asumirse como capaz de enfrentarlos sin violencia. Ellas lucen atentas, interesadas, por qué allá afuera, en sus calles,  hay muchas batallas que quizá parezca perdidas. “Ayer, hubo una balacera por mi casa”, cuenta una cuando nos hemos acercado a saludarlas.

Entusiasmadas, también hacen referencia a sus clases de baile, a las que acuden 80 personas en las mañanas. Se llama bailoterapia. Insisten en que les hace falta un espejo, eso dice la maestra, para que aprendan mejor. Parece que después de esta visita nuestra, se han convencido que tendrán que cooperarse para comprarlo.

Mientras recorro el inmueble y veo a través de sus ventanales a la escuela que está enfrente, mientras estoy tocando la puerta de su pequeño almacén en donde guardan el material, mientras veo a estas mujeres que aprenden cómo resolver conflictos, me queda claro que un salón de clases acondicionado puede cambiar el rumbo.

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