Pensar y repensar la ciudad

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Jorge García Murillo/ promotor cultural

Tarea de todos, sin duda, es la de participar en un proceso continuo que bien podríamos llamar “pensar y repensar la Ciudad”. ¿Cuál es la ciudad que queremos?, ¿cuál es la vocación –de entre muchas posibles- que anhelamos para nuestra ciudad?, ¿cuáles son los límites de la ciudad?, ¿hasta dónde la ciudad cumple nuestros deseos de vida y desarrollo?…Éstas y muchas otras interrogantes al respecto bien podrían ser las líneas directrices de nuestro pensar y de las conversaciones, análisis, discusiones y debates orientados a clarificar el paradigma que sustente los esfuerzos públicos y privados dirigidos al mejoramiento de Monterrey.

Flâner es el término con el que los franceses describen la acción (ahora en extinción) de recorrer las calles de una ciudad sin un propósito deliberado; simplemente caminar para ver, para disfrutar la ciudad, para regodearse en sus rincones, sus avenidas, sus calles, admirar sus edificios, las viviendas, compenetrarse en el carácter de sus barrios, descubrir la personalidad de sus monumentos, sus parques, sus jardines, sus fuentes, sus comercios, sus bares, de manera que el “flâneur” es cualquiera que camina su ciudad bajo una óptica de conversación y de descubrimiento, generalmente realizado en grupo pequeño –dos, tres, máximo cuatro-.

MIRADA HUMANA

Este recorrido conforma la visión “desde abajo” de una ciudad. Su contraparte es verla únicamente desde la perspectiva del cielo (ahora se hace desde helicópteros). Obviamente la perspectiva no es la misma. Ambas miradas son humanas, ¿cuál lo es más? Soy de los afortunados que, a fines de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, junto con amigos, caminamos toda la ciudad (el Monterrey de esos años) y lo hacíamos sin temor alguno, desde el atardecer al anochecer, con un gozo propio de la edad, pero sobre todo, alimentados con lo que la ciudad nos iba diciendo. Por supuesto que la misma ciudad despertaba en nosotros al “pequeño Hegel que todos llevamos dentro” pero también al “planificador urbano” que todos creemos ser, sin olvidar al arquitecto proyectista, al sociólogo, al psicólogo social, que de alguna manera todos sentimos que se mueve en nuestro imaginario; años felices aquéllos, en donde se forjó una visión de la ciudad, y el tiempo se ha encargado de confirmar o de derrumbar esas nuestras percepciones y nuestras apuestas.

NUEVAS TENDENCIAS

Lo global (el bosque, la selva) y el árbol, lo universal y lo local, nuevo binomio que debemos enriquecer cuando se habla de ciudades; se trata de las nuevas polaridades en donde se incrustan – entre muchas otras- las tendencias minimalistas en contraparte de las neobarrocas, las presencias de los despachos de arquitectos “galácticos” –vs- la arquitectura desde la ciudadanía.

Hay quienes opinan que una ciudad no cambia porque se erige en ella un Guggenheim. En el lejano oriente cada día hay más y más edificios desmontables que requieren de diseños y materiales que permitan ya no sólo funcionalidad y belleza, sino transportabilidad. Las discusiones sobre lo que importa más: ¿la edificación ó el suelo? pasando por la solución al candente problema de los usos de la tierra y la llamada “microzonificación”, la vocación de los espacios: ¿cuánto es más en materia de espacios para el arte y la cultura? Monterrey evolucionó rápidamente –como todo en la segunda parte del siglo XX- un poco como lo hicieran en el XIX las grandes ciudades europeas. Ahora vivimos un Monterrey, en donde el auto es condición (sine qua non) para disfrutar de la ciudad; cada día los espacios para caminar, simplemente caminar la ciudad, se han vuelto raros de encontrar, por no decir que el hacerlo es una peligrosa aventura.

TRANSFORMACIÓN DEL ENTORNO URBANO

El entorno citadino se ha transformado vertiginosamente, dejando de lado los conceptos que rigieron cincuenta años atrás, y qué bueno que así es. Ahora enfrentamos nuevos dilemas, nuevos desafíos, nuevos problemas  emográficos…la ciudad muta hacia otros horizontes que tienen que ver más con la intrincada red de relaciones con el mundo, que con la fina y delicada urdimbre que sustenta a la ciudad; es decir, con la red de ciudadanos que la habitamos. Ciertamente a un Balzac de nuestros días se le haría más difícil desentrañar la madeja citadina como lo hiciera con París el Balzac que conocemos.

Estamos enfrascados en los esfuerzos de llegar a ser una auténtica Logópolis, a convertirnos en una metrópoli intermedia de las llamadas de “clase mundial”. Me coloco del lado de los convencidos de que tenemos todo para alcanzar esa meta; es cuestión de alinear (que no de alienar) todas las fuerzas hacia esa consecución; señalo simplemente lo que ya parece lugar común en el discurso citadino: no lo lograremos si no participamos todos en la larga cadena que arranca desde antes del conocimiento y que termina con la inclusión del valor agregado del conocimiento en todas nuestras creaciones.

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