Metafísica
(Tomado de Words of wisdom, de Gareth Southwell. Traducción de Félix Ramos Gamiño)
Aristóteles pensaba que la esencia del hombre reside en su personalidad. Esto deriva de la idea de que hay diferentes almas o esencias para los diferentes niveles de vida. Así, por ejemplo, las plantas poseen un alma vegetal, capaz únicamente de crecer y reproducirse, en tanto que los animales poseen dos tipos de alma, una vegetativa y una sensitiva, que les permite –esta última- las capacidades adicionales de sensación y movimiento; sin embargo, los seres humanos poseen los dos tipos anteriores, pero también un alma racional, que les permite el pensamiento racional. Por lo tanto, la esencia del hombre reside en la actividad esencial de su más evolucionada y distintiva cualidad: su razón.
Estas ideas fueron fundamentales para colocar al hombre en la cima del orden natural, sobre los animales y por debajo de los ángeles, en la mediación entre los mundos natural y divino. Esto coincide perfectamente con el cristianismo, que otorga al hombre un lugar especial, central, en el mundo. Esta idea de la distinción del hombre permaneció indiscutida tantos siglos, que tuvimos que esperar hasta Darwin para que empezara a fraguarse un posible y real cambio de opinión (lo que a la fecha sigue siendo controversial).
Pero, ¿de verdad somos diferentes? La tendencia moderna ha sido la de cuestionar la racionalidad del hombre: por ejemplo, pensadores tales como Schopenhauer, Nietzsche y Freud atacaron la noción de que nuestras acciones están siempre conscientemente controladas, y también pusieron en duda el grado hasta el cual podemos estar racionalmente motivados. Una mirada superficial a la historia, a sus guerras, genocidios y crueldades parecería respaldar este punto de vista. Como lo plasmó el novelista norteamericano Mark Twain:
El hombre es el único animal que cae en esta atrocidad de atrocidades: la guerra. Él es el único que reúne a sus hermanos a su alrededor y sale con toda calma y sangre fría a exterminar a sus semejantes.
Y sin embargo, a pesar de todo esto, el hombre parece distinto. En tanto que los delfines y los monos pueden desarrollar ciertas habilidades lingüísticas o de conocimiento, el ser humano los supera por amplio margen. Lo que es más, resulta curioso que exista todavía una enorme laguna: si la racionalidad es –como lo es sin lugar a dudas- el punto más alto de la existencia evolutiva, ¿por qué otros animales ni siquiera se han acercado un poquito a ella?

