El águila dorada, víctima del oro verde

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Por Claudine Mulard

(Tomado de Le Monde. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

 

En estos días, cuando uno recorre California, ya sea por carretera o por los aires, se da cuenta de hasta qué punto el Estado Dorado, orgulloso de su sol y de sus vientos, se ha involucrado en el nuevo “oro verde”.

Los azulados paneles solares prosperan sobre los techos de las casas, de los edificios públicos y de las fábricas; y las gigantescas turbinas eólicas blancas son omnipresentes en las extensiones que un día fueron desérticas.

El problema es que, para las aves, las energías alternativas no son necesariamente una buena nueva. Algunas estimaciones citan la cifra de hasta 440 mil plumíferos que mueren cada año a causa de las turbinas eólicas en los Estados Unidos. En California, las águilas doradas –golden eagle, una especie amenazada, doblemente protegida por las autoridades federales (gracias al Acta del tratado de Aves Migratorias y al Acta de Protección del Águila Calva y del Águila Dorada) se cuentan entre las principales víctimas de las granjas eólicas.

Un centenar de kilómetros al noreste de Los Angeles, en pleno desierto de Mojave, en un año murieron seis águilas doradas, a causa de las 90 turbinas del nuevo sitio de la Pine Tree Wind Farm, administrada por el Departamento de Agua y Energía (DWP), de la ciudad de Los Angeles. Esa tasa de mortalidad, superior a la media de las granjas eólicas, ha dado lugar a una encuesta del organismo federal US Fish and Wildlife Service, anunciada el martes 2 de agosto.

Es una verdadera premiere en la historia de las energías alternativas y de su impacto eventualmente nocivo sobre el medio ambiente, que se supone deberían proteger.

Por otra parte, un reporte de consultores de BioResource (Ojai), ha fijado en mil 595 el número de aves muertas en Pine Tree, principalmente pájaros cantores migratorios, codornices y alondras (esta cifra incluye las muertes naturales y las víctimas de los predadores).

Si la encuesta federal desemboca en un cargo, el sitio eólico de Pine Tree, que brinda energía renovable a la ciudad de Los Angeles, sería la primera industria eólica acusada de atentar contra el medio ambiente.

Un acto de justicia representaría una derrota para las energías alternativas, en pleno desarrollo en el Estado de California, y complicaría la estrategia verde de la megaciudad, que se ha fijado la meta de alcanzar un umbral de 35 por ciento de energía renovable para 2020, al mismo tiempo que plantea una pregunta fundamental: ¿la energía del viento es forzosamente durable, y para quién exactamente?

Es una fábula moderna, los eolios o las águilas, la energía “limpia” del viento, que mata a “los reyes del cielo”; las aves, víctimas de las nuevas energías, y el hermoso desierto ocre de California, transformado en zona industrial. De un lado, las turbinas que pesan 200 toneladas, que miden más de cien metros de altura, con largas aspas de 40 metros, que giran a una velocidad de 300 kilómetros por hora. Del otro, águilas majestuosas, de dos metros de envergadura, que pesan alrededor de cinco kilos, acostumbradas a posarse en las torres de energía eléctrica para avistar a sus presas y después lanzarse sobre ellas, y a migrar a través de ecosistemas acogedores en otros tiempos, pero en los que zumban ahora las ruidosas turbinas.

Un expediente “verde contra verde”, capaz de crear un precedente jurídico, que revele la “vertiente negra” del oro verde, especialmente cuando otros sitios eólicos son objeto de vigilancia federal por los daños similares que causan a los ecosistemas.

Cerca de San Francisco, el área de el Altamont Pass Wind Resource y sus cinco mil turbinas causan la muerte de 67 águilas doradas al año –proporcionalmente menos que las 90 turbinas de Pine Tree. Por su parte, el grupo de lobby del sector, American Wind Energy, responde que un número todavía más alto de plumíferos mueren por colisiones contra inmuebles, torres de radio, aviones, automóviles y por encuentros con animales domésticos.

Las aves no son las únicas víctimas de los aparatos eólicos. Los residentes de estas zonas poco habitadas, venidos aquí para apreciar la soledad, los cactos y el silencio de las aldeas, se quejan del ruido particularmente enervante de las turbinas que, noche y día, ha reemplazado el canto de los grillos.

¿Y qué decir de la contaminación visual? Cada vez más, los sitios  solares y eólicos se muestran particularmente peligrosos para los obreros, no acostumbrados a la instalación de estas nuevas tecnologías en un sector aún poco regulado, aunque en pleno crecimiento.

¿Se negarán las autoridades a reaccionar a las infracciones de la industria verde, llamada “limpia?” “Es tiempo de considerar este problema con la seriedad que amerita, y las energías alternativas, solar y eólica, deben mejorar sus prácticas, sostiene Travis Longcore, presidente de la Sociedad Audubon de Los Angeles, que se consagra a la preservación de las especies animales y vegetales, “y con mayor razón por tratarse del inicio de una industrialización verde intensiva en la región.

“Y (es tiempo) de citar la elevada tasa de mortalidad de pájaros en España, atribuida al boom de la industria eólica, para plantear la pregunta: Para remediar el calentamiento climático ¿debemos adoptar prácticas todavía más peligrosas y sacrificar especies animales que van a desaparecer de nuestro cielo?”

 

Es la pregunta verde del día en California: ¿cómo proteger a la vez el planeta y a todas sus aves?

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