Cinthya Araiza
Reduciendo el impacto medioambiental de un bien necesario para la sociedad
Desde hace siglos, los seres humanos han sido enterrados al morir; los primeros en hacerlo fueron los egipcios, quienes embalsamaban y envolvían en plástico para introducirlos en pirámides con el fin de mantenerlos frescos y alejados de los rayos del sol. Con la llegada del Cristianismo y la necesidad de la inhumación dio pie a la creación de catacumbas, que eran cavidades subterráneas en las cuales los cristianos perseguidos se hacían enterrar lejos de las necrópolis paganas. Dotadas de inscripciones, las tumbas de los primeros cristianos llevaban decoraciones de imágenes talladas o pintadas en el muro.
Con el paso del tiempo y con la expansión del Cristianismo, diversas sociedades alrededor del mundo fueron adoptando estas costumbres ó tradiciones con el fin de recordar al difunto y transmitirlo a las generaciones siguientes, haciendo de los cementerios, lugares sagrados y de veneración. Además, esta es una manera efectiva de mantener limpia la urbe, evitando así infecciones y epidemias provenientes de los cadáveres en descomposición.
Hoy, con el crecimiento demográfico y por lo tanto de cadáveres, el número de cementerios en las ciudades ha ido en aumento, que aunque todos cuentan con capacidad para miles de tumbas, no se dan abasto. De alguna forma, esto también ha aumentado el impacto en el medio ambiente ya que según el Green Burial Council una organización estadounidense, los entierros tradicionales emplean cada año alrededor de 82,000 toneladas de acero, 2500 de bronce y cobre, además de 1.4 millones de cemento en la edificación de tumbas, datos que son solamente para un país. Ante esta problemática, se ha recurrido a otras alternativas de entierros ó entierros ecológicos, lo cuales se llevan a cabo en zonas naturales protegidas en donde el cadáver es sepultado en una especie de caja de cartón biodegradable. La GBC ya agrupa a 300 proveedores de estos servicios.
Los servicios de entierros ecológicos están clasificados en 4 grupos los cuales son: Terrenos de entierros híbridos, que son cementerios convencionales que ofrecen una opción de entierro sin ataúd ni caja de concreto u otros materiales; no se embalsaman los cuerpos y son inhumados en contenedores biodegradables. La segunda clasificación es la de Terrenos de entierro de bajo impacto, que son secciones de cementerios con prácticas de conservación de energía y materiales no tóxicos en donde se prohíbe el entierro de cuerpos con sustancias tóxicas, que además cuenta con un programa ecológico de control de plagas. La tercera opción es la de Terrenos naturales de entierro, que tienen las mismas condiciones que las del grupo anterior pero la diferencia es que éste grupo cuenta con un aspecto armónico con la naturaleza, utilizando plantas y materiales nativos de la región -de donde se encuentren- que van ad hoc con los ecosistemas que los rodean. La cuarta y última clasificación, es la de Terrenos de conservación, se trata de de terrenos que cuentan con los requerimientos de los terrenos naturales de entierro pero éstos, deben ser zonas tratadas como una auténtica reserva natural.
A pesar de que los cementerios ecológicos son una alternativa muy viable y que se debería adoptar en todo el mundo, en nuestro país nuestra cultura nos dicta que jamás olvidemos a nuestros muertos, creando ambientes festivos en torno a ellos, se organizan ofrendas y convivimos alrededor de sus tumbas, haciendo de los cementerios un lugar de descanso para ellos. Para muchos mexicanos tal vez sería como un insulto no disponer de las tumbas de sus seres queridos ó no volver a convivir con ellos por lo que la aplicación de dichos panteones sería algo difícilmente aceptado; los cementerios verdes tenderían que adaptarse a nuestra cultura. “…para el habitante de Nueva York, Paris ó Londres la muerte es la palabra que jamás se pronuncia por que quema los labios. El mexicano en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor es permanente…en su actitud hay quizá tanto miedo como en las de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén e ironía: si me han de matar mañana, que me maten de una vez” (Octavio Paz, El laberinto de la soledad, 1950)
