Paléo-fitness, gimnasio de la prehistoria

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Vivir y entrenar el cuerpo como lo hacía el hombre original es lo que propone el gimnasio de Paleo-fitness de Erwan Le Corre. Una experience extrema, en una paradisíaca isla de Tailandia

(Reportaje de Arnaud Bizot, tomado de Paris Match. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

Él sueña en un mundo descalzo: ”es excelente para la espalda, y las tensiones del cuerpo se escapan fácilmente por las 200 terminaciones nerviosas por centímetro cuadrado situadas bajo nuestras plantas. Un mundo sin carbohidratos –lo único que provocan es una sensación de saciedad- en que comeríamos grasa, como nuestros ancestros, porque las grasas buenas jamás han hecho engordar a nadie; un mundo, en fin, en que ayunaríamos con regularidad, por espacios de unas 12 horas, para que así descansara la máquina humana, lo mismo que sus agotadoras funciones digestivas“.

A los cinco años, su padre lo llevaba a caminar sobre rocas, en el bosque; ya de adolescente, tras su periodo de halterofilia, triatlón y vela, vive descalzo en París, con una banda de fadas. Erwan Le Corre, actualmente de 39 años de edad, escalaba las fachadas de edificios, las vigas de los puentes del Sena, del Museo del Louvre –lo que desencadenó la alarma y la carrera de los doberman. Él se hace encerrar de noche en el zoológico de Vincennes; alimenta a las bestias más salvajes pegando su boca, llena de pedazos de carne, contra los barrotes de sus jaulas. Así pues, no es sorprendente ver este cuerpo ideal moverse como Tarzán contra las rocas de esta cascada de Koh-Lanta.

El movimiento natural es la anti sala del músculo

Es en esta isla del sur de Tailandia donde Erwan Le Corre organiza, desde hace un año, estancias de una semana: MovNat, como movimiento natural, es la anti sala del músculo, pues todo el cuerpo se debe mover de manera natural y práctica, adaptándose al medio ambiente. MovNat quiere enseñar en ocho días el equilibrio de cada instante. Aprender a caminar, muchas veces en cuatro patas, a lo largo de cien metros; a correr bien, plantando los antepiés en el suelo; a trepar a los árboles; a transportar troncos; a utilizar los pulmones; a nadar eficazmente; a conocer, en fin, algunas prácticas de autodefensa y auxilio.

Nosotros seguimos, a lo largo de una semana, a cinco participantes venidos de Luxemburgo, de Montreal, de Nueva York, de París y de Cannes. Algunos se han enterado de Erwan Le Corre y de MovNat vía Internet; otros han leído el reportaje que le dedicó la revista “Men’s Health“ (cinco millones de ejemplares en los Estados Unidos) o el de “Outside“. Inagotable en su plática sobre el origen de la gimnasia, Erwan Le Corre se ha inspirado en Georges Hebert, cuyo acercamiento a la práctica deportiva fue muy popular a principios del siglo XX.

Cinco participantes, pues, ni especialmente deportistas ni especialmente formados, excepto, tal vez, Lee, de 38 años, ex hombre de negocios de Nueva York, y si bien hace mucha gimnasia, cardioentrenamiento, triatlón y kung fu, quiere “trabajar su equilibrio y nadar bien“. Julien, de 31 años, de Montreal, escribe libros de negocios. Practica la halterofilia y el alpinismo, pero busca adquirir más confianza y equilibrio; Etienne, de 36 años, parisino, exdirector de start-up, desea recuperarse de su falta de deporte y descubrir las posibilidades de su cuerpo. Paul, de 40 años, de Cannes, asesor en organización de empresas, se va a su trabajo a pie (cinco kilómetros diarios); quiere aprovechar la estancia para aprender “a pasar por sus complicados senderos de manera más autónoma“. En fin, Melanie, de 27 años, vive en Luxemburgo. Este año empieza a dar la vuelta al mundo. Ha practicado danza clásica y contemporánea. Esta estancia es para ella otra forma de moverse, de entrenarse y de entrar en contacto con la naturaleza.

Correr de espaldas, caer cerrando los ojos, caer corriendo…

Esa primera mañana, el desayuno fue a las 7:00 horas. Después, caminata rumbo a la playa; primero, descalzos sobre el pavimento; después, por un camino boscoso, entre estiércol de elefante y, en algunos lugares, pedazos pequeños de vidrio. En la arena, uno debe sentarse y levantarse sin ayudarse con las manos, correr de espaldas; caer cerrando los ojos, de frente y de espalda; caer corriendo ; zigzaguear entre estacas, de pie o en cuatro patas. “Uno no tiene la edad de sus articulaciones, tiene la edad de sus movimientos“, exclama Vic Verdier, de 43 años, auxiliar de MovNat. Este parisino vive aquí desde hace 15 años, y entrena a boxeadores thais (deporte nacional), para su equilibrio. Oficial de marina, instructor por diez años, clavadista en aguas profundas y, sobre todo, indulgente ante nuestras debilidades. Él nos hará “trabajar movimientos más bien que un grupo muscular“. Como los boxeadores thais, caminamos y saltamos en todos los sentidos, con los pies juntos, sobre un pie y media vuelta, sobre simples tarimas de madera colocadas sobre el suelo, en los jardines del Resort en que estamos instalados. “Todo movimiento es un ajuste del equilibrio. Una regla: nada de transferir el peso del cuerpo antes de haber encontrado un punto de apoyo“. lanza Vic Verdier sobre el grupo concentrado, que suda a mares y que se derrumbará esta noche, a las 20:30 horas, como todos los días de la semana.

Otra caminata, otros estiramientos: mover la cabeza; después, la nuca, los hombros, la cintura, las caderas, hasta la vuelta, y la misma cosa en el otro sentido. Después, uno camina como los patos, la espalda erguida y la respiración que ayuda a enderezar la columna vertebral. Una respiración eficaz: primero por el vientre, después, subiendo hasta los pulmones, para terminar en lo alto de la espalda.

La siguiente jornada, en una pequeña isla salvaje, ejercicio de apnea, recorrido en el agua con pesadas piedras que después se lanza uno. A la mañana siguiente, defensa propia; como plantear un problema al predador  que llega por sorpresa. “Ningún sistema de defensa es eficaz, sino cuando uno lo experimenta en la calle“, dice Vic Verdier. Un primer simple gesto: las manos detrás de la cabeza, los codos al frente, que se convierten en un arma“.

Y una cocina que nutre el organismo

Para trepar a los árboles, el arma son las plantas de nuestros pies. Los de nuestro instructor se aferran al tronco como si fueran ganchos. Le basta apoyarse en una sola mano. Lee, el neoyorkino descubre esta tarde, con gran alegría, un crawl efectivo: la cabeza bajo el agua hace que salga a flote todo el cuerpo, que él balancea a ambos lados, para disminuir la toma de agua. Los pies apenas se mueven. Y Vic Verdier explica : “los de Laure Manaudou, solamente tres veces cada 50 metros“.

El grupo ha tomado su ritmo. Los cinco participantes aguantan, pero aprenden, se dedican y se ayudan mutuamente. Ellos han desembolsado 2,300 euros, sin contar el traslado, lo que no es nada regalado. Última noche: barbacoa en la playa. Pescado, ensalada de frutas. A la hora de los alimentos, el de Cannes nos habla con frecuencia de carbohidratos, de lípidos, de proteínas y de ácidos grados, lo que pone mucho ambiente, porque nosotros lo choteamos un poco. Es un as de la cocina paleo que nutre nuestro organismo.

Mañana, que es el último día, ayunamos. A las 8 :00 horas, partida rumbo a la jungla, para combate a pie limpio.

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