Doctora Blanca López de Mariscal
Los relatos de viaje son una fuente riquísima de información, tanto sobre las regiones y las culturas de las que los viajeros narradores son testigos, como de lo imaginario, de lo que los mismos viajeros son portadores.
A lo largo de su recorrido, los viajeros de los siglos XVI y XVII describen constantemente su asombro por las características de los espacios que van encontrando a su paso; los ríos de enormes dimensiones, en ocasiones caudalosos y de muy difícil navegación, como el río marañón.
Las enormes montañas, los volcanes, los desfiladeros y los pasos “difíciles de tomar”; las variaciones en el clima; las tormentas amenazadoras y fenómenos naturales, como terremotos, inundaciones o avalanchas son algunos de los elementos de la naturaleza del Nuevo Mundo que maravillan a los narradores y sobre los que nos dan una riquísima información.
TORMENTAS EN EL CARIBE
Por ejemplo, siempre me ha llamado la atención la descripción de las tormentas en el mar Caribe, y, como contraste, la bonanza que acompañó a las tres carabelas del primer viaje colombino, aun y cuando la primera incursión de los europeos en aguas americanas se realizó en un período del año en que, hoy día, tiene lugar la temporada de huracanes. Parecería que la narración de la travesía colombina contenida en el Diario de a Bordo responde más a la descripción de un viaje utópico que a la de uno real, y no es sino hasta la carta, en la que relata el cuarto viaje, cuando encontramos la primera descripción de una tormenta tropical en aguas del Nuevo Mundo. Desde el momento de su llegada a la Dominica, Colón reporta que: “Esa noche que allí entré fue con tormenta grande y me persiguió después siempre…”. En el texto del cuarto viaje se percibe a un almirante mucho más preocupado por sus hombres que por el resultado de la travesía; seguramente la presencia entre la tripulación de su hijo Hernando, quien a la temprana edad de 13 años acompaña al padre en el cuarto viaje, le obliga a desarrollar una sensibilidad especial con respecto a los hombres que lo acompañaban. Por ello, el 12 de septiembre reporta:“Ochenta y ocho días avía que no me avía dexado espantable tormenta, a tanto que no vide el sol ni estrellas por mar; que a los navíos tenía yo abiertos, a las velas rotas, y perdidas anclas y xarcia, cables con las barcas y muchos bastimentos, la gente muy enferma y todos contritos y muchos con promesa de religión, y no ninguno sin otros votos y romerías. Muchas vezes avían llegado a se confessar los unos a los otros.“Otras tormentas se han visto, mas no durar tanto ni con tanto espanto Muchos esmoreçieron, harto y hartas vezes, que teníamos por esforzados”.
DESCRIPCIÓN DE UN HURACÁN
Este tipo de temporales, tan comunes en los mares de Centro y Norteamérica, serán descritos una y otra vez por cronistas y viajeros al Nuevo Mundo. Uno de los primeros en describir un huracán en las costas del Caribe es Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en el primer capítulo de sus Naufragios. Cabeza de Vaca era el tesorero que llevaba en su armada el gobernador Pánfilo de Narváez. Habían partido de San Lúcar de Barrameda el 17 de junio de 1527 y llegaron, como muchas de las otras flotas, primero a la isla de Santo Domingo y posteriormente a Santiago de Cuba, en donde un vecino de la villa de la Trinidad ofreció darles algunos bastimentos. Por tal motivo, Narváez envió a Cabeza de Vaca y a un capitán Pantoja para que “trujesen los bastimentos”. Una vez que llegaron al puerto de la Trinidad se desataron fuertes vientos: “…el agua y la tempestad comenzó a crecer tanto que no menos tormenta había en el pueblo que en la mar, porque todas las casas y iglesias se cayeron, y era necesario que anduviésemos siete u ocho hombres abrazados unos con otros para podernos amparar que el viento no nos llevase; y andando entre los árboles, no menos temor teníamos de ellos que de las casas porque como ellos también caían, no nos matasen de bajo”. Afortunadamente Núñez y Pantoja habían desembarcado, gracias a lo cual lograron sobrevivir y dar relación del momento en que el huracán toca tierra, además de una interesantísima alusión a las prácticas que los indígenas seguramente destinaban para alejar el peligro: “oímos toda la noche […] mucho estruendo y grande ruido de voces y gran sonido de cascabeles y de flautas y tamboriles y otros instrumentos, que duraron hasta la mañana, que la tormenta cesó”.
LA TRIPULACIÓN, DESAPARECIDA
Los miembros de la tripulación que quedaron en el barco corrieron peor suerte, ya que los que habían desembarcado no encontraron rastro del navío: sólo “hallamos –dice el narrador-la barquilla de un navío puesta sobre unos árboles, y a diez leguas de ahí, por la costa se hallaron dos personas de mi navío […] tan desfiguradas de los golpes de las peñas que no se podían conocer”.
ESCENAS DE NOVELA
La barca sobre la copa de un árbol y los cuerpos destrozados a más de diez leguas de la costa nos remiten a escenas propias de la novelística latinoamericana. Concretamente, estoy pensando en el lenguaje hiperbólico tan propio del realismo mágico de Gabriel García Márquez. Pero las escenas que hoy día presenciamos gracias a la televisión después de que un huracán de gran magnitud azota las costas de nuestras tierras, parecen remitirnos a esas primeras descripciones de un grupo de españoles atrapados en una tormenta de gran magnitud. Las escenas que Cabeza de Vaca describe una vez que ha pasado el huracán resultan también de dimensiones apocalípticas, no muy distantes de lo que las costas americanas viven hoy en día: “La tierra quedó tal que era gran lástima verla: caídos los árboles, quemados los montes, todos sin hojas ni hierba. Así pasamos hasta cinco días del mes de noviembre, que llegó el gobernador con sus cuatro navíos […]. La gente que en ellos traía y la que ahí halló estaban tan atemorizados de lo pasado, que temían mucho tornarse a embarcar en invierno”….Seguramente habrá causado un enorme impacto al narrador europeo la forma en que la exuberante vegetación tropical había sido devastada por los fuertes vientos. Los árboles arrancados de cuajo, raíces totalmente expuestas que alcanzan alturas similares a las del árbol mismo, mientras que el resto de la vegetación deshidratada muestra sus ramas deshojadas y presenta una coloración mortecina.No solamente en el Golfo de México y en el Caribe las costas se ven amenazadas por la furia del mar. También en el Océano Pacífico tenemos relaciones de catástrofes naturales que azotan a los habitantes. Uno de los relatos más interesantes a este respecto es el que nos ha legado Fray Diego de Ocaña.En el viaje narrado, Fray Diego de Ocaña parte del convento de Guadalupe en Extremadura, en 1599, con destino a América, en donde permanecerá hasta su muerte en 1608. El viaje tiene la finalidad de recabar limosnas entre los devotos de la virgen extremeña, y de asegurarse de que esas limosnas lleguen a la península. En su viaje, Ocaña recorre prácticamente todo el territorio comprendido entre Centro y Sudamérica, desembarca en Portobelo y desde allí inicia un largo periplo que lo llevará a Panamá, Lima, Coquimbo en Chile, Potosí, Chuquisaca (Sucre), Chuquiapo (La Paz), Arequipa, Cusco, Lima, hasta que finalmente embarca hacia la Nueva España, donde muere.Aunque Ocaña no describe tempestades marítimas, porque su viaje se realiza predominantemente por tierra, sí nos informa de lo penosa que resulta la navegación en el mar del sur:“Esta navegación de Panamá a Lima es penosísima y muy enfadosa porque de continuo vienen los navíos contra el viento, virando a la mar y a la tierra, dando vueltas a la una parte y a la otra, siempre a la bolina y el navío tan trastornado que nos podíamos tener en pie sólo asidos a unas guascas y cables.
TERREMOTOS Y MAREJADAS
Sorprende al viajero no sólo la forma tan diferente de navegar cuando el navío se enfrenta a nuevos vientos y nuevas corrientes, sino también la mudanza del cielo, cuando al pasar la línea equinoccial pierden de vista “el norte y algunas otras estrellas conocidas de España.” La narración de Ocaña resulta de sumo interés en los espacios en los que retoma la descripción de terremotos, algunos de ellos acompañados de actividad volcánica; otros, de grandes marejadas. En la ciudad de Ica lo sorprende un movimiento sísmico de enorme magnitud: “Sucedió en este tiempo, en estos reinos, un temblor tan grande de tierra, que no se ha visto cosa semejante, porque quedaron muchos pueblos del todo asolados y puestos por el suelo… Por la descripción del fraile jerónimo, podemos inferir que el epicentro se encontró en alta mar, ya que el relato se centra en la descripción de una enorme ola marítima que arrasa con una gran cantidad de poblados a lo largo de la costa chilena, llegando hasta el pueblo de Cañete, a veinte leguas de Lima. “Este mismo día y a la propia hora, salió la mar de sus límites, y de improviso cubrió todo el puerto del pueblo de Arica y no dio lugar a más de que la gente, corriendo y muy aprisa, se retirase; y así cubrió todas las casas e iglesias, y al retirarse a su madre se llevó tras sí todo el pueblo, de manera que lo barrió, de suerte que parece no haber habido en aquel sitio pueblo ninguno”.
POSIBLE TSUNAMI
Según la descripción de Ocaña, el golpe de mar cubre hasta seiscientas leguas, arrasando puertos como Pisco, el pueblo de Arica y el de Cañete, ya mencionado, de tal forma que se perdieron todas las construcciones y las cosechas, obligando a los habitantes a reconstruir los pueblos en espacios más altos y más seguros. Todo indica que lo que el autor describe es un fenómeno muy similar a los tsunamis que llegan a ocurrir en los países con costas en el Pacífico. Para los viajeros y los pobladores europeos del Nuevo Mundo los desastres naturales representaron tanto un motivo para maravillarse, como ocasión para mover al destinatario del relato a la compasión y el terror. Muchos de los fenómenos de los que los narradores son testigos les resultaban completamente desconocidos en Europa, ya fuera por sus características, como los huracanes y los tsunamis, ya por la magnitud y la frecuencia con la que se presentaban, como las erupciones volcánicas y los terremotos. Destaca en muchos de los casos la naturaleza providencialista de la recepción de los sucesos, que lógicamente se deja ver en la manera como éstos son aprovechados para mover a los lectores a prepararse para la muerte. Muchas de las cavilaciones se conectan por lo tanto con una reflexión sobre la fragilidad del ser humano, la vida eterna y el juicio final, o se explican como manifestaciones prodigiosas de la voluntad divina. En una gran parte de los casos se trata de relatos que encontramos no sólo en los textos de los viajeros, sino que también tuvieron vida propia en la tradición oral, pero es gracias a los textos de los primeros como la descripción de estos sucesos ha llegado hasta nosotros.
